El Atelier
Por: Inma J. Ferrero

Desde hace muchos años, Henry David Thoreau —nacido en Concord, Massachusetts, en 1817 y fallecido apenas cuarenta y cuatro años después— se ha mantenido como uno de mis más fieles compañeros de viaje. Conocí su obra siendo una adolescente durante mi tercer curso en el instituto, cuando mi profesor de literatura, siempre atento a todo aquello que leía, hizo caer en mis manos una versión abreviada de Walden, o la vida en los bosques. Aquella lectura, aparentemente inocente, se convirtió en una revelación. Yo también empezaba a sospechar, con una timidez que aún no sabía nombrar, que el mundo estaba construido sobre capas de imposturas, convenciones inútiles y verdades huecas. Thoreau me habló en voz baja, pero con una claridad luminosa, y desde ese momento no dejó de acompañarme: en mis maneras de ver, de soñar, de relacionarme con los otros y de interrogarme sobre mi propio rumbo.
Durante estos dos últimos años he regresado a él con una intención renovada. Nuevas casualidades —o señales, quién sabe— me devolvieron a Walden, y su relectura abrió la puerta a otros textos que no había explorado aún con la profundidad que merecen. Entre ellos, Desobediencia civil ha adquirido un significado especial: un ensayo de una lucidez casi dolorosa, escrito hace siglo y medio y, sin embargo, tan contemporáneo que parece pensado para nuestras calles, nuestras dudas y nuestras luchas. Me anima ver que Thoreau sigue ocupando espacio en mi estantería, ya que no ha sido arrinconado como una excentricidad de mi pasado.

Mi hallazgo más reciente ha sido Cartas a un buscador de sí mismo, publicado por la editorial errata naturae. Se trata de la correspondencia que Thoreau mantuvo con su amigo Harrison G. O. Blake, un hombre que deseaba, con la humildad de quien se sabe aprendiz, encontrar autenticidad en un mundo empeñado en lo contrario. Las cartas son un tesoro: un manual de vida, una invitación a pensar sin tutela, a respirar fuera del corsé de lo establecido. Mientras las leía no podía evitar sonreír antes los pocos libros de autoayuda que he leído y que prometen plenitud sin cuestionar nada y que siempre me han parecido inútiles para quién de verdad buscan es poco de plenitud en su vida. Thoreau, en cambio, nos reta: nos insta a mirar el mundo con una valentía casi infantil, esa que se atreve a ver más allá de las apariencias.
Me pregunto cuántos Thoreau necesitaríamos hoy, en un tiempo en el que las encuestas revelan un desánimo generalizado y un temor creciente a lo desconocido, como si al abandonar los viejos marcos —la estabilidad, la moneda única, la falsa seguridad de lo conocido— no hubiera nada más allá que el vacío. Qué necesario sería un pensamiento capaz de recordarnos que la libertad, la dignidad y la justicia no son eslóganes, sino conquistas diarias. Por fortuna, sus libros siguen ahí, dispuestos a multiplicarse en cada lector que decide internarse por los senderos del pensamiento propio.
Si algo me conmueve profundamente es la vigencia de sus causas. Thoreau defendió a esclavos perseguidos, a pueblos originarios expulsados de sus tierras, a cualquier persona que padeciera injusticia. Imagino sin dificultad de qué lado estaría hoy: del de los desahuciados, de los migrantes forzosos, de quienes se niegan a aceptar una existencia reducida a producir y consumir. Su pensamiento, tan adelantado a su época, encaja sin esfuerzo con los movimientos que hoy reclaman dignidad en las calles de tantas ciudades.
En Desobediencia civil y otros escritos, Juan José Coy habla en su prólogo del elogio de la “buena pereza” que propone Thoreau: no la inactividad estéril, sino una resistencia activa frente a la vorágine productivista. Una forma de preservar el interior, de evitar que las lógicas económicas y sociales nos devoren. Esa defensa del tiempo propio es, para mí, una de las enseñanzas más valiosas de Thoreau. Trabajar sí, pero lo justo; trabajar para vivir, no vivir para trabajar.

Soy de las que subrayan los libros, de las que llenan los márgenes de anotaciones, de las que no temen hacer de un ejemplar un territorio íntimo. Sin embargo, con Thoreau me sucede algo desbordante: todo me parece digno de ser marcado, todo parece una chispa que enciende otras reflexiones. Me provoca una mezcla de gratitud y asombro que su obra siga siendo tan poco conocida en la educación formal, tan ausente de los programas que moldean a las nuevas generaciones. Qué diferente sería el mundo si su pensamiento se leyera en escuelas y liceos. Quizá esta esperanza sea ingenua, pero me gusta reclamar para mí el derecho a esa ingenuidad.
En una de sus cartas, Thoreau escribe: “Los hombres aprenden toda clase de oficios, pero no a convertirse en hombres”. Y añade, casi con tristeza: “¿De qué sirve construir una casa si no soportas el planeta en el que está levantada?”. Son reflexiones que parecen escritas para nuestra urgencia ecológica actual. Él mismo vivía con lo imprescindible, combinando sus conferencias con su trabajo como agrimensor, sosteniéndose con lo justo para seguir escribiendo, caminando, respirando la naturaleza que consideraba el verdadero hogar del espíritu.
No es casual que Gandhi lo considerara un referente. Emerson, su mentor y amigo, compartía con él la pasión por el trascendentalismo, esa corriente que confiaba en la capacidad del ser humano para conectarse con una verdad más alta a través de la experiencia, la intuición y la sencillez. De ese modo, Thoreau se convirtió en un precursor de la desobediencia civil no violenta y en un modelo de independencia moral.
En momentos como los actuales, al volver sobre Desobediencia civil, me impresiona su claridad ética. Su afirmación de que la riqueza tiende a disminuir la virtud —pues obliga al hombre a encadenarse a aquello que posee— es más vigente que nunca. También su defensa del derecho a la revolución, entendida no como violencia sino como negativa a colaborar con un sistema injusto. Él mismo lo practicó: se negó a pagar impuestos que consideraba inmorales y acabó en la cárcel por ello.
Cuando leo a Thoreau siento que me afina la mirada. Me recuerda que admirar al rico solo porque es rico nos empobrece espiritualmente; que lo verdaderamente valioso en un ser humano es su capacidad de solidaridad, de creatividad, de bondad. Sus palabras me invitan a detenerme, a escuchar el silencio, a recordar que no somos el centro del universo. Somos apenas una brizna de hierba, pero una brizna capaz de mirar al cielo.
Es imposible no evocar sus descripciones de la naturaleza cada vez que camino por un bosque, contemplo el mar o asciendo una montaña. El mundo natural que él retrató en Walden está también en los paisajes que yo atravieso hoy: ardillas que se acercan sin miedo, sonidos misteriosos, amaneceres que transforman el ánimo.
Podría llenar páginas enteras con todo lo que he aprendido de él, pero si tuviera que escoger un solo libro para recomendar su pensamiento, sería este reciente Cartas a un buscador de sí mismo. Allí encuentro un Thoreau más íntimo, más irónico, más humano. También a un hombre profundamente sensible que escribe frases tan bellas como: “Debe haber valor y heroicidad en nuestro amor, como en las mañanas invernales”.
El libro termina con una pincelada maravillosa sobre Walt Whitman. Thoreau habla del poeta con una admiración que contagia: “Es terriblemente bueno”, dice. Y es imposible no sonreír, pensando en cómo dos espíritus tan libres se reconocieron mutuamente. Yo propongo hacerles caso a ambos: crecer un poco cada día, como decía Whitman, y no perder el alma a cambio del mundo, como advertía Thoreau.
Ambos siguen siendo faros para quienes buscamos una vida más plena, más justa y más nuestra. Y quizás eso sea, hoy, más necesario que nunca.