CUANDO LA MÚSICA TUVO NOMBRE DE MUJER

The classic side

Por: Inma J. Ferrero

Durante siglos, la historia de la música se ha narrado como una sucesión de grandes nombres masculinos elevados a la categoría de genios universales. Esta forma de contar el pasado, aparentemente neutra, ha dejado fuera a numerosas mujeres compositoras cuyo talento y aportación artística fueron sistemáticamente minimizados o directamente borrados. No se trata de una ausencia casual, sino del resultado de una tradición cultural que limitó el acceso de las mujeres a la educación, a los espacios públicos de creación y al reconocimiento institucional.

Desde la Edad Media, las mujeres que componían lo hacían en contextos restringidos y, a menudo, protegidos por instituciones religiosas o círculos privados. Hildegard von Bingen, figura excepcional del siglo XII, demuestra hasta qué punto esta exclusión no respondía a una falta de creatividad. Su música, profundamente expresiva y original, revela una voz autoral poderosa que durante mucho tiempo fue interpretada más desde lo anecdótico que desde su valor artístico real. Su caso no fue único, aunque sí extraordinario por haber logrado atravesar los siglos.

En el Barroco, la profesionalización de la música no significó una apertura real para las mujeres. Compositoras como Barbara Strozzi lograron publicar y difundir su obra, pero pagaron un alto precio social por ello. Su prestigio fue constantemente cuestionado y su figura desdibujada por prejuicios morales que nada tenían que ver con la calidad de su música. La historiografía posterior heredó esas sospechas y contribuyó a relegarla a una posición marginal dentro del relato oficial.

El Romanticismo del siglo XIX consolidó una división clara entre lo público y lo privado. A las mujeres se les permitió interpretar música en el ámbito doméstico, pero la composición de obras ambiciosas siguió considerándose un territorio masculino. Fanny Mendelssohn encarna con claridad esta contradicción: poseía una formación y una capacidad creativa equiparables a las de su hermano Félix, pero fue educada para ocultar su autoría. Muchas de sus obras circularon sin su nombre, diluyendo su identidad artística en favor de una figura masculina más aceptable para la sociedad de la época.

Algo similar ocurrió con Clara Schumann, cuya fama como pianista eclipsó durante décadas su trabajo como compositora. Las exigencias familiares, las expectativas sociales y una interiorización profunda de los límites impuestos a las mujeres condicionaron su producción. Sin embargo, las obras que nos dejó revelan una voz musical propia, sensible y compleja, que cuestiona directamente los estereotipos sobre la supuesta falta de genio femenino.

El siglo XX trajo avances significativos en el acceso a la educación musical, pero no una igualdad plena en el reconocimiento. Lili Boulanger, primera mujer en obtener el Premio de Roma, demostró que el talento femenino podía ocupar los espacios más prestigiosos. Aun así, su obra quedó durante años en un segundo plano. Otras compositoras, como Ruth Crawford Seeger, Germaine Tailleferre o Sofía Gubaidúlina, participaron activamente en la construcción de los lenguajes musicales contemporáneos, aunque su presencia en los programas de conciertos y en los relatos históricos sigue siendo limitada.

El olvido de las compositoras responde a una construcción cultural que ha definido quién merece ser recordado y quién no. Los criterios que han configurado el canon musical no han sido neutrales, sino profundamente atravesados por relaciones de poder. Esta exclusión ha empobrecido nuestra comprensión del pasado musical y ha transmitido la falsa idea de que las mujeres apenas contribuyeron a la creación artística.

En las últimas décadas, revistas culturales, intérpretes y musicólogas han comenzado a revertir este silencio. La recuperación de partituras, la programación de conciertos y la revisión crítica de la historia están permitiendo que estas voces resurjan. No se trata de una moda ni de una corrección superficial, sino de una ampliación necesaria del relato cultural.

Escuchar hoy a las compositoras olvidadas es, en el fondo, un gesto íntimo y revelador. Es detenerse ante una música que estuvo siempre ahí, esperando ser oída, como una voz que atravesó el tiempo sin perder su fuerza. Sus obras no llegan desde el pasado como reliquias frágiles, sino como presencias vivas que aún tienen algo que decirnos, capaces de conmover, incomodar y ampliar nuestra sensibilidad.

Tal vez el verdadero acto de justicia no consista solo en nombrarlas, sino en escucharlas sin etiquetas ni excepciones, dejándolas ocupar el espacio que siempre les correspondió. Porque cada partitura recuperada no corrige únicamente un olvido histórico: abre una grieta en el relato heredado y permite que la música vuelva a respirar con todas sus voces. Y en ese acto de escucha atenta, la historia deja de ser un archivo cerrado para convertirse, una vez más, en una experiencia abierta y profundamente humana.

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