ENTRE CUERDAS Y ACORDES: UN PUENTE ENTRE MUNDOS

Por: Inma J. Ferrero


Durante mucho tiempo nos enseñaron a escuchar la música en compartimentos estancos. Yo misma crecí creyendo que lo clásico pertenecía a un territorio distinto del pop o el rock, como si cada uno exigiera una disposición emocional específica, casi una educación sentimental distinta. Pero con los años —y con la escucha— esa frontera empezó a resquebrajarse. Entre una sinfonía y una canción pop fui percibiendo un diálogo persistente, una respiración compartida que no habla solo de estilos, sino de cómo una sociedad se recuerda, se narra y se emociona.

A lo largo de mi camino musical, la cercanía con un mentor pianista clásico me ayudó a afinar la escucha: aprendí a reparar en la musicalidad de cada frase, en la respiración que sostiene la emoción, sin que eso interfiriera en mis exploraciones personales, ya fuera en el jazz, el flamenco o la música popular. Descubrir cómo sostener una frase, dejar que el aire siga su curso natural y acompañar la emoción en lugar de empujarla, me mostró que la música es también una manera de habitar el tiempo. Quizá por eso nunca me resultó convincente la idea de que la música clásica y la música popular pertenecieran a mundos separados. La música también ha sido un aliado silencioso de la poesía: me ha enseñado a sentir el ritmo de las palabras, a escuchar el compás de los silencios y a darle aire a las imágenes.

La música clásica y el pop o el rock suelen imaginarse como realidades separadas por una línea invisible. De un lado, la tradición, el peso de la historia, el silencio atento de las salas de concierto; del otro, la inmediatez, la cultura juvenil, la circulación constante de canciones en radios, pantallas y auriculares. Pero esa línea es más cultural que musical. Basta detenerse a escuchar —escuchar de verdad, con el cuerpo— para advertir que ambos lenguajes comparten una raíz común y una misma vocación: dar forma sonora a la experiencia humana.

La música clásica no es solo un repertorio heredado, sino una manera de pensar el tiempo y de habitar la emoción. Incluso quienes nunca han asistido a un concierto sinfónico reconocen intuitivamente cuándo una melodía anuncia algo, cuándo la tensión necesita resolverse o cuándo un crescendo prepara una revelación. Estos gestos, que sentimos casi físicos, son el resultado de siglos de escucha acumulada, de una memoria sonora que sigue actuando en el presente de forma silenciosa y persistente.

La música popular contemporánea no surge en el vacío. El pop y el rock dialogan con esa herencia de manera constante, a veces consciente, a veces intuitiva. Lo percibo cada vez que una canción se permite crecer sin prisa, cuando un piano sostiene una voz frágil o cuando unas cuerdas transforman una letra mínima en una experiencia emocional amplia. Como oyente con formación musical, reconozco en muchas voces del pop actual una comprensión profunda del fraseo y de la respiración, aunque se exprese en otros códigos y otros cuerpos sonoros.

Este diálogo tiene también una dimensión social profunda. Cada época produce la música que necesita. Los compositores clásicos escribían para cortes, iglesias o salones burgueses; su música respondía a sistemas de poder, a creencias compartidas, a una forma concreta de organizar el mundo. El pop y el rock, en cambio, nacen y se transforman en una sociedad acelerada, fragmentada, atravesada por la tecnología y la exposición constante. Aun así, en ambos casos la música sigue siendo un lugar de reconocimiento, una forma de decir: esto es lo que nos pasa.

Cuando, a lo largo del siglo XX, muchos músicos de rock comenzaron a incorporar elementos de la música clásica, no se trató solo de una búsqueda estética. Fue también un gesto cultural y político. Tomar recursos asociados a la llamada “alta cultura” y llevarlos al territorio de la música popular implicaba cuestionar jerarquías, disputar legitimidades y ensayar otras formas de sensibilidad. Esa tensión no se ha agotado; sigue latiendo, a veces de manera evidente, a veces subterránea, en muchas de las canciones que hoy escuchamos.

Desde entonces, la ambición artística dejó de ser patrimonio exclusivo de la música académica. El pop y el rock demostraron que podían ser espacios para la complejidad emocional, la duración, la ambigüedad. Como oyente —y como poeta formada en el canto— agradezco esas canciones que no se consumen de inmediato, que no buscan solo acompañar, sino permanecer, insistir, abrir una zona de resonancia.

En el plano estético, esta relación continúa transformándose. El piano sigue siendo un lugar de intimidad; las cuerdas, una forma de expandir la emoción hasta volverla casi corporal; los coros, una imagen de comunidad. Estos sonidos conectan lo individual con lo colectivo, lo íntimo con lo compartido, y por eso regresan una y otra vez en la música contemporánea, sin perder su capacidad de conmover.

La tecnología ha ampliado aún más las posibilidades de este encuentro. En los estudios de grabación actuales, lo acústico y lo electrónico conviven sin conflicto. Motivos que remiten a formas antiguas se entrelazan con ritmos contemporáneos; estructuras heredadas sostienen letras que hablan de cuerpo, ansiedad, deseo, pérdida o esperanza. La tradición no se repite: se desplaza, se transforma, y en ese movimiento encuentra su vigencia.

También ha cambiado nuestra forma de escuchar. Hoy pasamos de una obra clásica a una canción pop dentro de la misma escucha, a menudo sin darnos cuenta. Esta convivencia revela una relación más libre con la cultura, menos preocupada por las etiquetas y más atenta a la experiencia. Escuchar así es, quizá, una forma discreta de resistencia frente a la fragmentación.

La música clásica, al integrarse en el imaginario popular a través del cine, las series o los nuevos formatos digitales, ha dejado de percibirse como un espacio distante. Aparece ligada a emociones reconocibles, a escenas compartidas, a recuerdos colectivos. Lejos de perder fuerza, este contacto constante la mantiene viva, respirando en otros contextos.

En última instancia, la conexión entre la música clásica y el pop o el rock actual nos invita a repensar la cultura no como un sistema de compartimentos, sino como un territorio en movimiento. La división entre lo culto y lo popular se vuelve frágil cuando comprendemos que ambas tradiciones se necesitan. La música, en cualquiera de sus formas, sigue siendo un lugar donde pensar el mundo, habitar el tiempo y reconocernos.

Escuchar esa continuidad, más allá de las etiquetas, es para mí un gesto íntimo y político. Un modo de desacelerar la mirada, de afinar el oído y de recordar que, aunque cambien los formatos y los nombres, la música sigue ofreciéndonos un espacio común donde sentir, comprender y nombrar lo que somos.

Un comentario en «ENTRE CUERDAS Y ACORDES: UN PUENTE ENTRE MUNDOS»

  • enero 22, 2026 a las 7:38 am
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    Soy bailarín, y, aunque no estoy muy puesto en lo que es la música, todo lo que he leído se trasponla directamente al baile y de verdad que la autora tiene toda la razón, me identifico con ese artículo.
    Mis felicitaciones, es buenísimo.

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