UN TRANQUILO Y SOLEADO DÍA DE VERANO

Por: Tomás Sánchez Rubio

El año 1966 comienza en nuestro país con un singular incidente.  El martes 17 de enero un avión B-52 y un KC-135, ambos estadounidenses, chocaron en el aire, en una maniobra de abastecimiento de combustible, provocando la caída de cuatro bombas termonucleares, así como la muerte de siete del total de los once tripulantes que sumaban ambas aeronaves. El hecho tendría lugar sobre la localidad de Palomares, perteneciente al municipio de Cuevas del Almanzora, en Almería. Se trataba de bombas con un poder destructivo superior al desplegado por las dos atómicas lanzadas sobre Japón durante la Segunda Guerra Mundial. Dos de ellas quedaron intactas, una en tierra, cerca de la desembocadura del río Almanzora, y la otra sumergida en el Mediterráneo. Las demás cayeron sin paracaídas, una en un solar y la otra en una sierra cercana. Ninguna de estas dos bombas explotó, aunque sí se produjo la detonación del explosivo convencional que contenían, lo que, sumado al choque violento contra el suelo, hizo que ambas se rompieran en pedazos y que el polvo radiactivo de plutonio que contenían se dispersara por el terreno.

Si dirigimos, por otro lado, la mirada a las postrimerías de aquel 1966, debemos señalar como acontecimiento reseñable, a nivel político y social, la celebración de un referéndum sobre la nueva “constitución” española o Ley Orgánica del Estado. Dicha consulta se llevó a cabo el 14 de diciembre, permitiéndose votar a todos los ciudadanos mayores de veintiún años. En virtud de la mencionada Ley se instauraba el cargo de presidente del Gobierno de España, siendo este independiente de la jefatura del Estado. No obstante, ambas jefaturas, de Estado y de Gobierno, fueron ocupadas simultáneamente por Franco hasta 1973, cuando entregó la de Gobierno a Luis Carrero Blanco.

En el panorama cultural, fue 1966 el año en que saldrían a la luz las novelas Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé, y Cinco horas con Mario, de Miguel Delibes ─incluida esta en la lista de las Cien mejores novelas en español del diario El Mundo─. En el ámbito cinematográfico, se estrenaban en las salas, entre otras cintas, el musical infantil Zampo y yo ─con una Ana Belén de trece años como protagonista─, o La ciudad no es para mí, todo un éxito de taquilla protagonizado por Paco Martínez Soria. Asimismo, el 9 de noviembre tendría lugar el estreno de la película La caza, dirigida por Carlos Saura Atarés. Junto al realizador oscense, colaboraba en el guion el cineasta Angelino Fons.

El rodaje de La caza se había llevado a cabo durante cuatro semanas, en pleno mes de agosto de 1964, entre las localidades toledanas de Seseña y Esquivias, así como en la madrileña de Aranjuez. Su guion fue rechazado por varias productoras y el director tardó en encontrar a alguien que se hiciera cargo del proyecto, siendo finalmente Elías Querejeta quien lo acogió.

La película contaba una historia que transcurría en una sola jornada, y resultaba, para algunos, descarnada, cruel o sencillamente “incómoda”. Sin embargo, el tratamiento era sencillamente genial. Por ello fue recibida como una obra maestra, convirtiéndose en un auténtico hito del cine español. A su éxito internacional, avalado por el Oso de Plata al Mejor Director en el XVI Festival de Berlín, le siguieron, en el interior, una sucesión de galardones en la XXII edición de las Medallas del Círculo de Escritores Cinematográficos, así como en los XI Premios Sant Jordi. 

Sea como fuese, el estreno de la cinta sorprendentemente no tuvo problemas por parte de la censura española, quizá debido a la sutileza, revestida de alegoría y poderosa sucesión de símbolos, con que se hacía referencia al pasado, no demasiado lejano, de la guerra civil, y a su violencia y sus traumas sin sanar subsiguientes. A pesar de su crudeza, fue elogiada por su realismo, atmósfera opresiva e intensidad en los papeles interpretados.  

Un entonces treintañero Carlos Saura se consolidaba como figura clave de un cine heterodoxo y pionero, innovador y crítico con la sociedad que vivía bajo la dictadura. Había comenzado su carrera como realizador en 1955 con el corto documental Flamenco, si bien el primer largometraje sería el impactante Los golfos (1960), protagonizada en su mayor parte por actores no profesionales a excepción del gran Manolo Zarzo. Le seguiría Llanto por un bandido (1964), cinta sobre la figura de José María “El Tempranillo”, y que ya entonces le crearía problemas con la censura.

Para La caza, Saura se valió un plantel notable y solvente de actores que ya contaban con amplia experiencia en la interpretación, tanto en el teatro como en el cine, convirtiéndose, asimismo, en rostros populares para las siguientes generaciones gracias al espacio Estudio 1 de TVE.  Junto a Alfredo Mayo (Paco), Ismael Merlo (José) y José María Prada (Luis), cerraba el cuarteto protagonista un joven ─pero siempre creíble─ Emilio Gutiérrez Caba (Enrique).

Completaban el elenco el magnífico secundario Fernando Sánchez Polack (Juan, el guarda), la niña Violeta García, como Carmen, sobrina del anterior; así como María Sánchez Aroca ─que ya había actuado en Llanto por un bandido─, en el papel de la anciana madre de Juan.

El argumento de La caza puede resumirse como sigue:

En un día de calor sofocante, tres amigos de mediana edad, José, Paco y Luis van a cazar conejos a un coto situado en un pueblo castellano y que pertenece al primero. El inhóspito paraje había sido escenario de una batalla durante la guerra, donde precisamente los tres lucharon en el bando vencedor. Los acompaña el joven Enrique, cuñado de Paco. Todos ellos están pasando por momentos difíciles en su vida. José, ahogado por las deudas debido a su divorcio, está viviendo más allá de sus posibilidades con una mujer más joven. Su principal motivación para haber organizado la cacería es pedirle dinero a Paco, hombre de negocios mezquino, básico pero astuto, también desgraciado en el amor y en busca de mujeres más jóvenes. José se ha traído consigo a Luis, que ahora es empleado de su fábrica: un individuo pusilánime, triste y alcoholizado, recientemente abandonado por su esposa y aficionado al género de la ciencia ficción.

Juan, el guarda del coto, y su sobrina Carmen ayudan a los amigos en la cacería, proporcionándoles unos hurones que entrarían en las madrigueras para hacer salir a los conejos. Los acompaña la perrilla Cuca.

La aparente alegría y euforia, tras una prolífica recogida de piezas en la primera parte de la jornada, dan paso a una escalada en la tensión entre unos y otros, pues las diferencias entre sí de los miembros del grupo, que se habían hecho patentes desde primera hora ─al recordar, sobre todo, hechos del pasado─ empiezan a manifestarse con mayor vehemencia. El alcohol, sin duda, contribuirá al enfrentamiento. Después de unos tragos, José le pide a Paco el préstamo, que este le niega. Seguidamente, Luis, en estado de embriaguez, provoca un incendio que casi llega a descontrolarse. José abofetea entonces a Luis, quien no hace frente a la humillación. Cerca del final, Paco mata a uno de los hurones ante la consternación del guarda. Se trata de un acto claramente no accidental, aunque él afirme lo contrario.

El odio latente y las frustraciones de los tres adultos alcanzan el clímax cuando Paco es alcanzado por un disparo de José y cae, herido de muerte, en un riachuelo. Luis, enfurecido, trata de matar a José atropellándolo con un Land Rover. José dispara a Luis, que logra sobrevivir el tiempo suficiente para matar de un tiro a José antes de caer él mismo. Enrique, ileso, se queda solo en medio de la tragedia; atribulado, huye a la carrera de la carnicería. La película termina con un primer plano “congelado” del chico… Su actitud ingenua y sencilla durante la cinta es clave para revelar los secretos y la ira latente de los otros.

La música de Luis de Pablo, así como la fotografía impecable e impactante de Luis Cuadrado, complementan la capacidad narrativa del director para crear una atmósfera tensa y asfixiante. El carácter innovador del rodaje se basaba en una serie de recursos llamativos en la época, como el hecho de que Saura decidiera filmar la película siguiendo el guion por el mismo orden en el que este había sido escrito. Tal esquema de rodaje influyó de manera positiva en los actores, ya que fueron descubriendo a sus personajes a medida que avanzaba la acción. Por otro lado, cabe destacar las escenas explícitas ─de un realismo extremo─ de los animales desollados, afectados de mixomatosis o sencillamente acorralados; también los primeros planos de los rostros de los personajes que van acompañados de la expresión de su voz interior. Por otro lado, un erotismo nada sensual planea por toda la cinta, reconocible producto de la represión de la época. Igualmente, aparece una serie de detalles esenciales por su valor simbólico o metafórico, como es la alusión a Arturo, un “cuarto” amigo, que había puesto fin a su vida tiempo atrás; la presencia de un esqueleto que el dueño de la finca guarda en una cueva como si fuera un preciado tesoro, la presencia de una icónica pistola Luger, o bien la foto de grupo ─en pose macabra y ridícula─, hecha por Enrique, con los correspondientes trofeos de la mañana… Y como contrapunto al inminente desastre, un transistor emitiendo el éxito del cantante melódico Federico Cabo, ganador de Benidorm, Tu loca juventud


Para saber más sobre el tema:

https://www.eldiario.es/cultura/cine/caza-aniversario-saura-censura_1_3757325.html

https://camerastylo.ecib.es/2017/02/08/la-caza-de-carlos-saura

https://cineconn.es/la-caza-pelicula-carlos-saura-leyenda

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