Aquel sillón de cuadros
Por: Inma J. Ferrero

Me adentro en las páginas de «El Grito de los Girasoles» no como quien abre un simple libro de versos para pasar el tiempo, sino como quien cruza el umbral de un teatro abandonado donde las luces han quedado encendidas para una última e inaplazable confesión. Desde la primera palabra, la voz de Isabel Rezmo me atrapa con una fuerza que no es solo literaria, sino física; es una voz que no me pide permiso para entrar, sino que derriba las puertas de mi propia introspección. Me hallo ante una obra que se presenta como una autopsia lírica, un monólogo estructurado que me obliga a ser, simultáneamente, la actriz que declama y la espectadora que se estremece en la oscuridad de la platea. Aquí, la poesía no es un adorno, es un bisturí que disecciona mi existencia frente al abismo de una era que nos ha dejado desnudas, huérfanas de certezas y rodeadas de un silencio que solo el grito, ese grito de los girasoles que buscan una luz inexistente, puede romper. Siento, mientras avanzo por sus líneas, que cada verso es un recordatorio de mi propia vulnerabilidad, pero también de mi capacidad de resistencia en un mundo que parece haberse quedado sin brújula.
Al comenzar mi tránsito por estos versos, siento el peso de una atmósfera opresiva pero extrañamente lúcida. Me identifico de inmediato con ese «Mañana seré una cicatriz esculpida, / el viento sonando en el arrecife, / un eterno ímpetu en las orillas, un extraño influjo en el sueño.» que la autora menciona al mañana, esa sensación de ser un extraño influjo en mi propio sueño, una habitante de un espacio donde la realidad y el delirio se entrelazan como una hiedra venenosa que trepa por las paredes de mi consciencia. La pandemia, en este contexto, no es para mí un frío dato estadístico ni una noticia lejana que se desvanece con el cambio de canal; es el detonante que me confronta con mi propia finitud y fragilidad como mujer que habita un tiempo quebrado. Siento en mis propios huesos ese “¡Qué extraño este sol de septiembre!”, un sol que no calienta, que solo ilumina un desierto de puertas cerradas que deberían ser franqueables pero que se sienten como muros de hormigón infranqueables. Escucho, junto a la poeta, el eco de las sirenas de las ambulancias coqueteando con la inercia de un mundo que ha sido traspasado por el miedo, y me veo obligada a mirar mi propia piel, esa superficie que se duele, que se aterra, que ama o fornica bajo la sombra de una «maldición de Caín» que parece habernos infectado a todos por igual, despojándonos de la inocencia que creíamos eterna.
A medida que avanzo, la experiencia se vuelve más visceral, casi insoportable en su honestidad. Me pregunto qué es lo que realmente mueve mis manos, qué sabiduría ancestral o qué veneno encierran mis venas de mujer en este jardín de incertidumbres. Me estremezco ante la imagen del «jardín nauseabundo / de carne despedazada», una bofetada de realidad que me recuerda mi propia condición de ser biológico, de extraña que viaja por los tejados de la existencia, impertérrita frente al cristal de una soledad mezquina que nos hemos construido a medida, como un vestido que nos aprieta el alma. Me pregunto junto a la autora: «¿Qué es eso de amar?” “¿Qué es eso de morir lentamente mientras comemos niebla?». La respuesta que encuentro es amarga y bellísima a la vez: la niebla es mi único oasis, un manjar para esos girasoles que somos nosotros, girando obsesivamente hacia una claridad que a veces es solo el reflejo de nuestro propio incendio interno. Entiendo, con una claridad dolorosa, que el «ahora» es el único luminoso que queda encendido en la calle, el último escalón hacia la claraboya antes de que la demencia o el olvido me alcancen definitivamente y borren mis huellas del pavimento.

El paisaje tras la ausencia se convierte entonces en mi propio terreno de duelo, un mapa de sombras donde aprendo a caminar sin muletas. Recorro páginas que son como lápidas recién talladas, donde visualizo un cerrojo arácnido cerrándose sobre la materia que alguna vez amé con una intensidad que hoy me parece lejana. «Después de ti: la muerte», me repito a mí misma, sintiendo cómo esa marea vespertina ahoga los silencios que quedaron rotos tras la pérdida, como trozos de cristal que se clavan en la memoria. No hay precio para esta muerte, no hay moneda que pague el vacío absoluto que deja la partida de lo que nos sostenía; solo queda una madrugada que cruza el tedio y una «naranja exiliada» que simboliza la mitad desahuciada de mi propio ser, esa parte de mí que se fue con los que ya no están. Sin embargo, en medio de esta desolación absoluta, hallo un resquicio de esperanza, una luz pequeña pero firme que me recuerda que siempre hay tiempo para preguntar, para dudar, para ser. Siento que la poeta me toma de la mano para enseñarme que el dolor, aunque sea inmenso y parezca infinito, es también una forma de identidad, una manera de decir «estoy aquí».
Esta revelación es el bálsamo que necesito para enfrentar la verdad de los muertos, a quienes ahora veo no como sombras lejanas o figuras de humo, sino como puñales clavados en mi presente, como dedales abandonados en la costura de mi propia historia personal y colectiva. Isabel Rezmo me revela que los muertos tienen una vida paradójica a partir de la no vida, obligados a respirar por el aceite que inunda cada segundo de mi memoria y que los mantiene presentes en el brillo de cada objeto cotidiano. Comprendo que el dolor no es un espectáculo para redes sociales ni una receta que se pueda aprender en manuales de autoayuda; es el vértigo puro, la claudicación de lo amado y la resolución de todas mis raíces hundiéndose en una tierra que ya no me pertenece del todo. Veo a los hijos que nadie reclama, asolados por la ventisca del desinterés y la crueldad de un sistema que ignora su llanto, rompiendo el poema en sus bocas mientras fenecen en una soledad universal que me desgarra el pecho y me obliga a cuestionar mi propia comodidad, mi propia indiferencia frente al sufrimiento ajeno que también es el mío.
Al final de este viaje extenuante pero necesario, la voz de la poeta se transforma en mi propia guía de supervivencia en un océano de incertidumbre. «Toma el poema como propio. / Abandónalo cuando te salves», me susurra Isabel desde el centro de su incendio creativo, y yo, como mujer que busca su propio lugar en el caos, acepto el desafío con el corazón acelerado. Acepto que la palabra es la única vacuna real contra la plaga que somos nosotros mismos, contra esa frialdad que nos carcome por dentro más que cualquier virus biológico. Me enfrento a la idea de que hay que salvarse incluso de la propia poesía, porque es ella la que me rescata en el último instante de mi inocencia perdida, cuando todo lo demás ha fallado. Los girasoles, al final, no son flores estáticas que se limitan a seguir al sol; son guerreros que atacan la luz de las paredes mientras el sol afirma, a mis espaldas, que el laberinto y los agujeros negros son parte del mismo diseño celestial que me habita y me define.
Termino mi lectura sumergida en una orfandad milimétrica, contemplando lo que antes me estaba prohibido por el vuelo de un cuervo que ahora reconozco como mi propio miedo ancestral a la verdad. Recito estos versos detrás de una pantalla, de una mascarilla, de una mentira tecnológica que nos aleja de los elementos primordiales, pero siento que el grito de Isabel Rezmo ha roto el cristal de mi apatía y ha dejado entrar el aire frío de la realidad. No salgo ilesa de este libro; salgo con las manos manchadas de polen, de tierra y de sangre simbólica, sabiendo que mientras dure el poema, mientras alguien, mientras yo misma, se atreva a decir «yo soy la plaga y la palabra», todas las estrellas seguirán sonando como relojes exactos, marcando el tiempo de mi propia y necesaria redención. Es una obra que me ha obligado a mirar al sol hasta quedar ciega de belleza y de dolor, recordándome que incluso en la noche más oscura del alma, los girasoles que llevo dentro siguen gritando hacia el centro de la tierra, buscando desesperadamente la luz que solo la verdad poética puede otorgar. Es, en definitiva, el testimonio de una mujer que ha decidido no callar ante el derrumbe del mundo, y en su grito, he encontrado finalmente el eco de mi propia voz, recuperada del silencio.

Autor: Isabel Rezmo
ISBN: 979-13-991222-1-3
Editorial: Eris Ediciones