LA ARQUITECTURA DEL ASOMBRO: EL MAPAMUNDI DE LA DICHA

Aquel sillón de cuadros

Por: Inma J. Ferrero

Habitar la palabra no es distinto a habitar la intemperie; es comprender que el papel en blanco es una llanura donde el viento nunca calla y que cada trazo es un intento de construir un refugio contra la desolación del tiempo. Al abrir las páginas de No busques ser feliz: ¡consíguelo!, de Jaime Sanz Santacruz, uno no se encuentra con un manual de certezas prefabricadas ni con la cosmética espiritual que abunda en los estantes de la modernidad, sino con un espejo que devuelve, con una nitidez casi dolorosa, una imagen invertida de nuestra propia sed. El autor nos sitúa, desde el umbral mismo del texto, frente a la paradoja del helado de chocolate: ese placer inmediato, gélido y dulce que se deshace entre los dedos antes de que el alma pueda siquiera reconocer su nombre, siendo la metáfora perfecta de nuestra época, esa acumulación de instantes fugaces que no logran sumar una eternidad. Pero Sanz no se queda en la superficie del análisis sociológico, sino que, como quien limpia un fresco antiguo cubierto por siglos de hollín, comienza a retirar las capas de «bienestar» para revelar la estructura ósea de la «bienaventuranza». Hay una cadencia necesaria en la idea de que la felicidad no es un objeto que se adquiere, sino un estado que se desata a través de una entrega radical. Es una diferencia semántica que cambia por completo el destino del viaje, ya que no se trata de «buscar», un verbo que implica carencia, ansiedad y una persecución incansable del horizonte, sino de «conseguir», un verbo que en este contexto adquiere un matiz de conquista interior, de labranza y de maduración del espíritu. La felicidad aquí no es un trofeo de caza, es el trigo que nace después de que el grano ha muerto en la tierra, y esa es una verdad que solo se comprende cuando se entiende que solo en la entrega del propio lenguaje aparece la verdadera identidad. «Si quieres ser feliz lo primero que tienes que proponerte es olvidarte de ti mismo. El secreto de la felicidad no está en lo que recibes sino en lo que das».

El núcleo de la obra, el Sermón de la Montaña, se presenta no como una doctrina fría, sino como una estructura donde el lenguaje de los hombres se quiebra para dejar pasar la luz de lo divino, y Sanz lo aborda como quien traza un mapa para náufragos que han olvidado el nombre de las estrellas. Las bienaventuranzas son la cumbre de la contradicción vital: la riqueza de la pobreza, el consuelo del llanto, la posesión de la tierra a través de la mansedumbre, una geometría de la inversión que desafía toda lógica mundana. ¿Cómo explicarle al mundo, tan aferrado a la acumulación de ruidos y de objetos, que el vacío es la condición necesaria para la plenitud? El autor se detiene en la pobreza de espíritu con una delicadeza casi elegíaca, describiendo no la miseria que degrada y anula al ser humano, sino la desnudez que lo libera de las cadenas del ego y lo deja disponible para el asombro. El adorno excesivo suele ocultar la esencia de la realidad; en la vida, según nos advierte Sanz, el equipaje pesado de nuestras ambiciones nos impide subir la montaña donde la vista es clara. Esta reflexión debe ser, por fuerza, un canto a esa desposesión necesaria, recordándonos que solo el que tiene las manos vacías y el corazón ligero puede recibir el don de lo inesperado «Pobre es quien se presenta ante Dios con actitud humilde, sin méritos personales, considerando su realidad de pecador… Esta pobreza de espíritu le llevará a merecer el Reino de los cielos». Luego aparece el llanto, y la lágrima se revela como la tinta más honesta y el agua que fecunda el desierto de la existencia. El autor rescata la tristeza de su estigma clínico para devolverle su valor sagrado como forma de purificación y reconocimiento de nuestra vulnerabilidad esencial. En una sociedad que nos obliga a proyectar un éxito que no sentimos, el derecho a la aflicción se convierte en un acto de resistencia, donde la felicidad conseguida a través del consuelo es una nota sostenida que atraviesa el estrépito del mundo “El llanto es la consecuencia del sufrimiento, de una pena o de un dolor… Dios será quien nos consuele y nos llene de paz».

Hay una belleza técnica y mística en la forma en que Sanz disecciona la mansedumbre, presentándola no como la pasividad del cobarde o la debilidad del que no tiene voz, sino como la contención del fuerte, la fuerza del río que, siendo blando y adaptable, termina por dar forma a la roca más dura. Esta mansedumbre es una lección de estilo y de vida. El libro avanza entonces hacia el hambre y la sed de justicia, y aquí la prosa se vuelve profética, hablando de una justicia que no pertenece a los tribunales ni a los códigos civiles, sino de una sed de que el mundo sea, por fin, lo que fue llamado a ser en el origen de los tiempos. Sanz nos habla de un hambre que no se sacia con pan, sino con Verdad. El autor nos advierte contra los sucedáneos: el éxito efímero, el poder que corrompe y la imagen que nos aliena, pues todos ellos son espejismos en el desierto de la modernidad. Una ambición falsa, basada en la vanidad, puede arruinar la arquitectura de una vida entera. Y en medio de este camino aparece la misericordia, un concepto que en el libro palpita como un corazón expuesto, siendo quizás la forma más alta de la imaginación: ser capaz de sentir en la propia carne el dolor ajeno. Es la empatía elevada a la categoría de virtud, describiendo un mundo donde el perdón es la única llave que abre las celdas invisibles que nosotros mismos construimos con el rencor y la soberbia «La mansedumbre es una consecuencia de la humildad. Las dos virtudes van juntas, porque la persona mansa es dócil con Dios y con los demás».

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios», esta es la promesa definitiva para quien busca la belleza y la verdad en cada rincón de la realidad. El libro de Sanz es una invitación a limpiar la lente del alma, entendiendo que la impureza no es solo un concepto moral, sino una distorsión de la mirada que nos impide ver las cosas como son, obligándonos a verlas solo como nos convienen para nuestros fines particulares. La limpieza de corazón es la transparencia del cristal que permite que la luz pase sin ser retenida ni desviada. Buscamos siempre esa transparencia, ese momento milagroso en que el lenguaje deja de ser un obstáculo para convertirse en un puente hacia lo inefable. El autor nos propone una estética del espíritu: la belleza interior como reflejo de una pureza recobrada a través de la lucha diaria contra el narcisismo. Pero la montaña se vuelve escarpada y el texto no nos ahorra la dureza de la persecución; ser portador de paz en un mundo en guerra es donde la obra alcanza su tono más épico. La felicidad de la que habla Sanz no es un refugio seguro, es una trinchera de luz frente a la oscuridad del cinismo. El aislamiento del que no se vende, del que no traiciona su voz por un aplauso fácil, encuentra en estas páginas una justificación trascendente y un hogar «Limpios de corazón para amar al prójimo, respetando la intimidad del otro, con exquisita delicadeza, sin pisotear su conciencia».

A lo largo de este extenso recorrido, Jaime Sanz Santacruz realiza una operación sobre el sujeto contemporáneo, ese ser hipertrofiado y frágil al mismo tiempo, alimentado por la ansiedad de la comparación constante y la validación externa. El autor propone un éxodo espiritual: salir de uno mismo para encontrar el centro en el Otro. Esta es la tesis más audaz del libro: la felicidad es un subproducto del amor. Si la buscas directamente, como quien persigue una mariposa en un campo abierto, se te escapará siempre, pero si te dedicas a amar, a servir y a limpiar las heridas de los que caminan a tu lado, la felicidad se posará sobre tu hombro sin previo aviso, como una gracia inesperada. Sanz utiliza el término «misericordia entrañable», una expresión que evoca las vísceras y el lugar donde se gesta físicamente la vida, recordándonos que no estamos ante un concepto abstracto, sino ante una presencia física y transformadora. El libro se aleja definitivamente de la autoayuda porque no confía en las fuerzas limitadas del individuo, sino en la apertura a lo que nos trasciende, convirtiéndose en un gran alegato a favor de la humildad y la aceptación «La felicidad no se logra persiguiéndola para uno mismo. Si uno busca ser feliz él solo, aunque ponga los medios para lograrlo, fracasa».

Al llegar a la conclusión de este itinerario, se comprende que no ha terminado un libro, sino que ha iniciado un camino de transformación. Sanz ha logrado lo más difícil en la literatura espiritual de nuestro tiempo: ser profundo sin caer en la oscuridad y ser sencillo sin caer en la superficialidad. Su análisis sobre la diferencia entre la terapia y la dirección espiritual es una pieza de discernimiento; mientras la primera busca reparar el mecanismo, la segunda busca dar un sentido último al viaje del alma. No somos solo mentes que necesitan equilibrio, somos almas que necesitan destino y belleza “La felicidad es aquello que se alcanza cuando no se busca. Jesucristo no nos pide que seamos felices, nos pide que amemos a Dios, a uno mismo y a los demás». La obra cierra con una llamada vibrante a la autenticidad, instándonos a no buscar la felicidad como quien busca un objeto en un catálogo, sino a conseguirla como quien conquista una cima: con esfuerzo, con caídas, con los pulmones ardiendo por la falta de oxígeno en las alturas, pero con la mirada fija en el horizonte donde el sol de la Verdad nunca se pone. La bienaventuranza es la rima perfecta entre el deseo infinito y la respuesta inagotable de la Vida. Jaime Sanz Santacruz nos ha entregado un texto que es, a la vez, ancla y vela; ancla para no perdernos en la deriva de lo efímero y vela para captar el viento que siempre sopla hacia lo alto. Este texto es un recordatorio de que nuestra palabra más alta es siempre un agradecimiento y nuestra acción más noble es siempre una entrega. La felicidad no es el final del camino, es el aliento que permite seguir caminando, y en este libro, ese aliento se vuelve luz y se vuelve un encuentro definitivo con aquello que siempre hemos buscado. Es, en última instancia, la crónica de un regreso a casa, a ese lugar donde la sed se apaga y el espíritu encuentra por fin su silencio pleno y habitado «No hay mayor felicidad que la que Jesús logra con su vida de entrega… no hay amor más grande que dar la vida por los amigos. ¡Esta sí que es la verdadera receta para conseguir la felicidad!».


Escritor: Jaime Sanz Santacruz

Colección: Palabra Hoy. Vida cristiana

ISBN 978-84-1368-544-1

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