CHAÏBIA TALAL: LA ARTISTA DEL COLOR

EL ATRIL

Por: Isabel Rezmo

El mes de febrero de 1929 la pequeña aldea de Chtouka, cerca de El-Yadida (Marruecos), acogería el nacimiento de Chaïbia Talal, una niña, por el momento, que repartía su tiempo entre las actividades agrícolas propias de su región y su mundo interior, cargado de creatividad y música.

La pequeña Chaïbia se traslada a la ciudad de Casablanca a la edad de 13 años, donde es forzada a contraer matrimonio a su temprana edad, da luz a los 14 y queda viuda a los 15. Desde este momento, la joven trabaja como empleada de hogar en una ciudad de Casablanca que se debate entre la agente presencia del colonialismo francés y la incipiente lucha por la independencia nacional. En este ambiente vivaz de contrastes, Chaïbia lucha por su propia independencia y por la educación de su hijo, que cultiva intensamente la inquietud artística hasta convertirse en artista plástico. Sin embargo, en las visitas de los críticos y coleccionistas a la residencia familiar en Casablanca, se toparon con la verdadera artista, la genuina Chaïbia, que pintaba en secreto, quizás volcando sobre los primitivos lienzos el éxtasis que experimentaba, desde pequeña, observando el trabajo artesano del telar y la música.

Era una niña diferente, soñadora y con una sensibilidad particular. Los vecinos del pueblo decían que estaba loca porque tenía la costumbre de quedarse absorta contemplando escenas cotidianas que para otros pasaban desapercibidas. Le fascinaba observar a las mujeres que trabajaban en los telares, siguiendo el movimiento de sus manos y el nacimiento de los colores en los tejidos. Aquella mezcla de ritmo y color se quedó grabada en su memoria y años más tarde la transmitiría a sus lienzos.

Cuando tenía apenas trece años, su familia decidió enviarla a Casablanca para casarse con un hombre mucho mayor que ella. El matrimonio, como ocurría con frecuencia en el contexto rural de la época, respondía a una decisión familiar y no a la voluntad de la joven. Un año después nacía su único hijo, Hossein. Apenas había empezado a adaptarse a su nueva vida cuando su marido murió y Chaïbia quedó viuda con tan solo quince años.

De repente se encontró sola en una ciudad grande y desconocida, con un bebé y sin recursos, lo que hizo que Casablanca se convirtiera en el escenario de una lucha cotidiana por sobrevivir. Durante varios años, Chaïbia trabajó en lo que iba surgiendo. Limpió lana, realizó tareas domésticas en casas de familias adineradas y aceptó cualquier empleo que le permitieran ganar lo suficiente para mantener a su hijo.

Nunca fue a la escuela, por lo que no aprendió a leer y escribir, una situación que en aquellos años era común entre muchas mujeres marroquíes. Sin embargo, tenía muy claro que debía dar a su hijo la oportunidad de llevar una vida diferente. Así que dedicó todos sus esfuerzos a que Hossein pudiera estudiar. Durante años trabajó incansablemente, convencida de que la educación podía abrirle un futuro mejor. Incluso rechazó varias propuestas de matrimonio, prefiriendo continuar sola antes que alterar la estabilidad de la vida que había soñado para él.

Mientras la vida seguía su curso entre trabajos y responsabilidades, surgió algo inesperado. Hay quien dice que, durante una visita a una zaouia, una mujer le anunció que poseía un talento oculto, pero la propia artista habla de un sueño en el que vio a varias personas que entraban en su habitación y le entregaban pinceles y papeles, animándola a pintar. Poco después, decidió comprar algunos materiales rudimentarios y probar suerte.

Sin haber recibido ninguna formación artística y sin conocer las reglas de la pintura académica, comenzó a experimentar de manera intuitiva. Sus primeros trabajos surgieron sobre cartones, trozos de madera o cualquier superficie que tuviera a mano. A veces utilizaba pinceles y otras aplicaba la pintura directamente con los dedos. Pintaba guiada únicamente por la intuición, sin preocuparse de técnicas o estilos.

Mientras tanto, su hijo crecía y desarrollaba su propia vocación artística. Con el paso de los años llegó a convertirse en pintor y empezó a relacionarse con el mundo del arte. En 1965, Hossein invitó a cenar a su casa a dos figuras importantes del panorama artístico, el pintor marroquí Ahmed Cherkaoui y el crítico y comisario francés Pierre Gaudibert, que en aquel momento era director del Museo de Arte Moderno de París. Ambos acudieron con la intención de conocer el trabajo del joven artista, pero durante la visita descubrieron también los cuadros que su madre pintaba.

Las pinturas que vieron esa noche fueron toda una sorpresa para ellos. Los colores intensos y las figuras nacidas espontáneamente en las obras tenían una fuerza difícil de explicar. Convencidos de que se encontraba ante una artista auténtica, animaron a Chaïbia a exponer su obra y ese consejo fue el comienzo de una nueva etapa.

En 1966, Chaïbia realizó su primera exposición en el Goethe-Institut de Casablanca. La muestra despertó un interés inmediato y ese mismo año sus pinturas también se expusieron en el Museo de Arte Moderno de París. A partir de entonces su nombre comenzó a circular en el mundo del arte y sus obras empezaron a exhibirse en diferentes ciudades europeas como Rotterdam, Copenhague o Frankfurt.

Durante las décadas siguientes sus cuadros viajarían desde París hasta Nueva York, pasando por España, Alemania y Dinamarca, encontrando su lugar en el panorama artístico internacional. Hoy puede verse en instituciones como el Museo Mohammed VI de Arte Moderno y Contemporáneo de Rabat, donde forma parte de la colección permanente, así como en el Arab Museum of Modern Art de Doha y en numerosas colecciones privadas.

La pintura de Chaïbia Talal posee una energía fácilmente reconocible. Sus lienzos están dominados por colores primarios muy intensos que se desarrollan en amplias superficies cromáticas. La artista solía delinear las formas con negro, lo que reforzaba el contraste y la fuerza visual de las composiciones. Trabajaba con gouache, tinta china y pintura al óleo, aplicando los pigmentos directamente desde el tubo, sin mezclarlos previamente. Ese simple gesto hace sus cuadros reconocibles y muy especiales.

Por otro lado, las escenas pintadas parecen llenas de movimiento. Las figuras no permanecen quietas, sino que transmiten un ritmo que recuerda a las celebraciones populares. Muchas de sus pinturas evocan recuerdos de la vida rural marroquí, desde las mujeres trabajando en el campo, a las festividades locales, pasando por escenas cotidianas que quedaron alojadas en la memoria de la artista. En obras como L’Amoureuse o Aïcha aparecen figuras femeninas con vestimentas tradicionales y tocados regionales, reflejando una mirada profundamente vinculada a la cultura popular.

Durante mucho tiempo la obra de Chaïbia fue clasificada como arte naïf. También se ha relacionado su pintura con el art brut, que valora precisamente las expresiones surgidas fuera de los circuitos culturales tradicionales. Algunos críticos encontraron incluso afinidades con el movimiento CoBrA, reconocido por su libertad expresiva y su uso intenso del color.

Mientras el mundo del arte se empeñaba en clasificar su obra y los cuadros de la artista empezaban a recibir reconocimiento en el extranjero, la reacción en Marruecos fue ambivalente. Durante los años sesenta, muchos artistas marroquíes, en su mayoría hombres, trataban de construir una imagen moderna del arte nacional. En ese contexto, algunos artistas consideraban que el estilo espontáneo y popular de Chaïbia ofrecía una imagen demasiado rudimentaria para sus intereses.

Con el tiempo, sin embargo, esa percepción fue cambiando. Su obra terminó siendo reconocida como una aportación singular al arte marroquí contemporáneo y su trayectoria comenzó a verse como un ejemplo extraordinario de superación. La niña campesina que nunca había ido a la escuela se convirtió en una de las artistas más célebres de Marruecos. Sus cuadros llegaron a alcanzar precios muy elevados en el mercado artístico y su nombre pasó a figurar entre los artistas marroquíes más cotizados.

Chaïbia Talal falleció el 2 de abril de 2004 en Casablanca, a los setenta y cinco años, como consecuencia de un ataque al corazón. Tras su muerte, su legado artístico continuó vivo gracias a su hijo Hossein Talal, también convertido en un pintor de renombre. Fue él quien se convirtió en el guardián de su obra.

Años más tarde, en 2015, el cineasta marroquí Youssef Britel llevó la historia del artista al cine con la película documental Chaïbia, La Paysanne des Arts, convertida en un homenaje a una mujer que supo atrapar el amplio universo del color en su obra. Hoy, al contemplar sus cuadros, es fácil imaginar a aquella niña que observaba el entramado de los hilos de colores que las manos de las artesanas entretejían.

Su vida no fue la de una artista convencional. Nadie hubiera imaginado que aquella mujer humilde, viuda desde muy joven y dedicada a los trabajos domésticos, acabaría exponiendo en museos y galerías internacionales y teniendo un nombre propio en el arte del siglo XX. Su particular manera de mirar el mundo encontraría su lugar en la pintura décadas más tarde. Chaïbia Talal pintó recuerdos, emociones y fragmentos de una vida que encontró en el color su forma más libre de expresión.

Las pinturas de Talal, que hoy lucen en la exposición permanente del Museo Mohammed VI de Arte Moderno y Contemporáneo de Rabat  y que han recorrido el mundo desde París a Nueva York, pasando por España, Alemania o Dinamarca,  nos hablan de su pueblo natal, Chtouka, de las celebraciones populares y de sus mujeres en los campos de labranza, que, a través de la pincelada gruesa y de los colores primarios, quedan representadas en escenas dinámicas donde la forma y el color dominan.

El genio de Chaïbia nos habla de una forma diferente de hacerse presente en el arte, una forma que, dentro del enfoque intercultural, quiere ser puesto en valor, pues se consideran los diferentes saberes y experiencias que pueden tejer historias y conocimientos culturales.

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