CARMEN LAFFÓN. UNA MIRADA AL HORIZONTE

Por: Lourdes Páez Morales

La tercera acepción del término “horizonte” en el DRAE lo define como un conjunto de posibilidades o perspectivas que se ofrecen a un asunto, situación o materia, y da como ejemplo “horizonte cotidiano”. Pues es precisamente esa acepción la que podría definir mejor el mundo creativo de Carmen Laffón (Sevilla, 1934 – Sanlúcar de Barrameda, 2021)

Su obra se mece entre la brisa de La Jara, su paisaje más querido, en Sanlúcar de Barrameda, y los entornos urbanos de Sevilla y Madrid. Y es en la capital madrileña donde, hasta el 27 de septiembre próximo, podemos ver la exposición que quizá pueda resumirse como el retrato definitivo de la artista sevillana. Cinco años después de su fallecimiento en 2021, el Museo Thyssen-Bornemisza ha reunido en la exposición Carmen Laffón. Variaciones, setenta y siete obras, entre pinturas y esculturas, de Carmen Laffón, que hacen un recorrido sentimental y poético por sus iconografías más frecuentes, evitando el frecuentado corsé cronológico, para mostrarnos frente a frente a la artista y a su universo visual, coincidente con las pequeñas cosas cotidianas de las que se rodea y a las que sabe sacar su lado bello.

Porque la belleza es su máxima creativa. La artista se va despojando, a lo largo de toda su carrera, de lo accesorio, como la figura humana, que aparece en sus primeras obras, y que se va desvaneciendo para dar paso a la conexión íntima de Laffón con el paisaje, en el que vuelca su mirada, y transmite su presumible paz interior. El acierto del montaje, muy cuidado como de costumbre en el museo madrileño, se culmina con un brillante documental que pone el broche final al recorrido, con la participación de quienes pueden dar aún testimonio directo y cercano de las inquietudes artísticas y también personales de Carmen Laffón, como Estrella de Diego, el que fuera director del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, Juan Antonio Álvarez Reyes, su sobrino Manuel Laffón, o el poeta Jacobo Cortines, entre otros. El vídeo, que dura unos treinta minutos, recorre la vida y la obra de la artista, aportando imágenes inéditas de su álbum fotográfico, que nos revelan a una Carmen divertida y dinámica, activa en el icónico proyecto del Museo de arte abstracto español de Cuenca, o en Arco, la mayor feria de Arte Contemporáneo de España, auspiciada por la sevillana de adopción Juana de Aizpuru. Es el documental el que nos muestra rasgos de su personalidad que completan a los visitantes el puzle de la personalidad de la artista, como la seducción que sentía por el azar, al que debía buena parte de su sentido compositivo. 

Desde las primeras escenas donde retrata a familiares, la figura humana se va perdiendo progresivamente –salvo en contadas ocasiones, como las obras donde la protagonista es su hija Inés, aún bebé– para centrarse en los objetos cotidianos, e incluso en la muñeca Marcelina, a la que pinta en varias de sus pinturas. Es en ese momento donde surge su amor por el bodegón: una mirada siempre frontal, ordenada, milimétrica, unos escasos objetos colocados sobre una mesa, y su deliciosa mirada bastan para transmitir la cercanía y la calidez de un hogar.

El conocimiento de artistas como Marc Chagall hacen evolucionar su pintura hacia horizontes más oníricos, y es cuando comienza a retratar las azoteas de sus diferentes casas difuminando los contornos, con perfiles difusos en que la pincelada se suelta y gana libertad.

Pero será el río Guadalquivir y todo el entorno de la desembocadura del río, en Sanlúcar, y más concretamente en La Jara, donde la artista encuentre su verdadera razón de crear y conocerse. Una mirada limpia sobre el paisaje, sobre el color, la conducen casi a tangenciar incluso la abstracción, como en la serie de las salinas. En el documental, el galerista Íñigo Navarro cuenta una anécdota preciosa en que Carmen Laffón vuelve al estudio, en la parte alta de Sanlúcar de Barrameda, que había dejado años atrás y que se había mantenido intacto hasta que sus primas deciden vender la casa. Y todos esos objetos abandonados inspiran a Carmen para convertirlos en poéticas esculturas que prolongarán en el tiempo esa quietud y ese abandono… 

Casi de lo mejor de la exposición ha sido ver al público, yendo en volandas por la exposición, descubriendo a cada paso la mirada cuidadosamente pulcra, estética y elegante de la artista sevillana. Si tienes oportunidad aún, no te la pierdas. Está, como digo, hasta el 27 de septiembre en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid. 

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