CERVANTES: EL LUGAR DONDE TODAVÍA CABALGAMOS

El Atelier

Por: Inma J. Ferrero

Hay nombres que pertenecen a la historia y hay nombres que, con el paso de los siglos, terminan perteneciendo al idioma. Miguel de Cervantes pertenece al idioma. No solo porque escribiera en una lengua que todavía hablamos, sino porque algunas de las palabras que dejó atrás adquirieron una vida propia. Quijote, Sancho, molino, aventura, locura, libertad. Las pronunciamos y, de algún modo, pronunciamos también una parte de nosotros mismos. Cervantes está en ese territorio donde la realidad y el deseo se encuentran y comienzan a confundirse. Por eso volver a él no significa regresar al pasado, sino regresar a una pregunta: qué somos cuando nadie nos mira y qué podemos llegar a ser cuando nos atrevemos a imaginarnos de otra manera.

Su vida conoció la guerra, el cautiverio, los viajes, las dificultades y una larga familiaridad con la incertidumbre. No escribió desde la comodidad de quien contempla la existencia desde lejos, sino desde su intemperie. En sus páginas hay algo de esa experiencia: una conciencia muy viva de la fragilidad, de la derrota, de las pequeñas victorias que permiten seguir adelante. Quizá por eso Don Quijote continúa tan cerca de nosotros. No solo por sus delirios, sino por su esperanza. Es un hombre que se niega a aceptar que las cosas sean únicamente lo que parecen. Allí donde otros ven molinos, él ve gigantes; donde otros encuentran una venta, él descubre un castillo. Su error es también su grandeza: se equivoca porque mira demasiado lejos. Y quizá toda poesía nazca de un error semejante. El poeta mira una piedra y encuentra una memoria; una ventana puede convertirse en ausencia; la noche, en una pregunta. Hay un momento en que las cosas, de tan repetidas, dejan de ser visibles. Entonces aparece la palabra y devuelve al mundo una parte de su misterio.

Cervantes comprendió ese poder. Don Quijote no es solamente la historia de un hombre trastornado por sus lecturas; es la historia de alguien que decide convertir lo leído en destino, hacer de su existencia una obra todavía no escrita. Alonso Quijano muere simbólicamente para que nazca Don Quijote, y su nuevo nombre abre una posibilidad. Ahí reside una de las intuiciones más hondas de Cervantes: no somos únicamente aquello que nos ha sucedido, sino también aquello que decidimos contar de nosotros mismos. Cuatro siglos después seguimos construyéndonos de esa manera. Ahora llevamos espejos en los bolsillos. Nos fotografiamos, nos narramos, escogemos qué mostrar y qué esconder; fabricamos versiones de nuestra vida para la mirada ajena. Cervantes habría reconocido en ello algo profundamente humano: la necesidad de convertir la existencia en relato. Pero también habría desconfiado de esa necesidad. Sabía que toda historia tiene un narrador y que todo narrador escoge; que contar una vida significa iluminar unas zonas y dejar otras en penumbra. Por eso su literatura está llena de voces, manuscritos, traducciones, autores ficticios, relatos que contienen otros relatos. El lector nunca está completamente seguro de quién posee la verdad, y esa incertidumbre hace del Quijote una obra sorprendentemente contemporánea.

Vivimos rodeados de relatos que llegan a nosotros antes de que podamos preguntarnos quién los ha construido. Imágenes, noticias, opiniones, consignas, vidas ajenas y versiones de la nuestra compiten por ocupar el mismo espacio de la mirada. Cervantes nos recuerda que mirar también exige elegir y que nosotros mismos somos, en parte, una narración: no una ficción falsa, sino algo que se transforma con la memoria, el deseo y el lenguaje. Somos lo que nos ocurrió, pero también aquello que hacemos con lo ocurrido. En ese sentido, Cervantes no inventó únicamente personajes: inventó seres capaces de inventarse a sí mismos. Sancho Panza es quizá el ejemplo más hermoso. Comienza siendo el hombre de la tierra, del hambre, del refrán y de la evidencia. Parece destinado a mantener los pies de su amo sobre el suelo. Sin embargo, el sueño de Don Quijote empieza a entrar en él. Y Don Quijote, a su vez, recibe de Sancho el peso de lo cotidiano, el sabor de las cosas sencillas. Ninguno sale indemne de ese encuentro. Entre ambos se establece una conversación que atraviesa toda la novela: la realidad frente al deseo, el cuerpo frente al sueño, la prudencia frente al impulso de ir más allá. Pero Cervantes no obliga a elegir. Deja que las dos voces convivan.

Tal vez todos llevemos dentro algo de Sancho y algo de Don Quijote. Una parte de nosotros calcula, mide, recuerda las consecuencias; otra conserva la secreta esperanza de que todavía pueda suceder algo extraordinario. Una conoce el tamaño exacto de la herida; la otra imagina que de ella puede nacer una canción. Cuando una de las dos desaparece, algo esencial se pierde. Por eso la literatura de Cervantes no envejece. Sus personajes no son figuras inmóviles: se equivocan, desean, exageran, fracasan, se contradicen. No están hechos de una sola pieza porque nosotros tampoco. Cervantes no nos simplifica; nos devuelve nuestra complejidad. Y esa complejidad resulta especialmente valiosa en un tiempo que tantas veces intenta reducir al ser humano a una etiqueta, una opinión, una imagen o un perfil. Sus personajes se resisten a quedar encerrados en una definición. Siempre hay algo que se escapa, incluso en la derrota. Don Quijote pierde muchas veces. Es objeto de burlas, recibe golpes, conoce la humillación. Sin embargo, conserva algo que nadie consigue arrebatarle: la facultad de mirar el mundo como si todavía pudiera ser distinto. Quizá esa sea una de las formas más profundas de libertad.

Una vida sin imaginación puede ser perfectamente razonable y, al mismo tiempo, estar vacía. Cervantes sabía que soñar tiene un precio, pero también que renunciar al sueño tiene otro. Entre ambos abismos coloca a sus personajes y nos deja caminar con ellos. Por eso su importancia actual no reside solamente en que haya escrito una obra universal, sino en que todavía puede enseñarnos a mirar: a detenernos ante lo evidente, a sospechar que detrás de lo que vemos hay algo más. Para quien escribe, esa enseñanza adquiere una intensidad particular. Escribir consiste muchas veces en negarse a aceptar que las cosas terminen en su primer nombre. Una palabra puede rescatar del olvido algo que parecía perdido; una metáfora puede devolver profundidad a aquello que la costumbre había vuelto invisible. Cervantes entendió esa operación con una libertad extraordinaria. Por eso sigue llegando hasta nosotros, no como una estatua ni como un nombre que deba ser reverenciado por obligación, sino como una voz que todavía sabe incomodarnos. Abrimos sus páginas y encontramos preguntas que no han envejecido: qué significa ser libre, cuánto de nuestra vida pertenece a los demás, dónde termina la realidad y empieza el relato, cuánto necesitamos soñar para no convertirnos en simples espectadores de nuestra propia existencia.

Quizá ese sea el verdadero milagro de la literatura: que un hombre pueda morir y, sin embargo, continuar llegando. Cervantes continúa llegando cuando un lector abre el Quijote y descubre una tristeza que creía exclusivamente suya; cuando una palabra devuelve misterio a un paisaje; cuando alguien, después de una derrota, levanta los ojos y decide no aceptar que el mundo termine exactamente donde otros le han dicho. Entonces comprendemos que los molinos nunca fueron el verdadero asunto. El asunto era la mirada: una mirada capaz de enfrentarse al mundo sin renunciar a soñarlo, una mirada que Cervantes dejó abierta para nosotros, como una ventana que cuatro siglos no han conseguido cerrar. Porque el mundo es real, sí, pero no está terminado. Y quizá mientras exista alguien dispuesto a imaginar lo que todavía no existe, mientras una voz humana se atreva a nombrar de otro modo aquello que parecía definitivo, Cervantes seguirá cabalgando.

No hacia el pasado, sino hacia nosotros.

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