Por: Tomás Sánchez Rubio

Continuamos con nuestra breve sección mensual en la revista Proverso, que, con el nombre Al encuentro de las palabras, está dedicada a profundizar en la raíz u origen de determinados vocablos del idioma castellano. Ya sabéis, amigas y amigos, de mi afición por este tipo de cuestiones etimológicas, las cuales nos deparan sorpresas y anécdotas muy curiosas.
Hoy comentaremos el peculiar término Serendipia.
Según el Diccionario de la lengua española de la RAE, serendipia se define como un «hallazgo valioso que se produce de manera accidental o casual». Es un término que describe el descubrimiento de algo afortunado o importante inesperadamente, cuando se estaba buscando otra cosa, diferente a la hallada finalmente. De igual manera, puede referirse a la habilidad de un sujeto para reconocer que ha hecho un descubrimiento importante, si bien no tenga relación con lo que busca.
El caso es que en la historia de la ciencia son frecuentes las serendipias. Recordemos cómo en 1928 Alexander Fleming dejó placas de Petri con bacterias sin limpiar antes de irse de vacaciones. A su regreso, un hongo (Penicillium) había contaminado una placa y destruido las bacterias, descubriendo así el primer antibiótico. También en 1945, Spencer Silver, mientras trabajaba con magnetrones para radares, notó que una barra de chocolate en su bolsillo se había derretido, lo que llevó al descubrimiento de la cocción por microondas. Por supuesto seguramente habréis leído en alguna parte que un conocido producto farmacéutico nació cuando unos científicos en los años 80 del siglo XX investigaban un medicamento para la angina de pecho, descubriéndose durante el proceso que dicho compuesto poseía efectos secundarios significativos relacionados con el remedio para la disfunción eréctil.
También son frecuentes los casos de serendipia en obras literarias: es el caso de un autor o autora que escribe sobre algo que ha imaginado y que no se conoce en su época, y, no obstante, se demuestra posteriormente que eso existe tal como lo definió el escritor, con los mismos detalles. Ello no debe confundirse con la anticipación o la ciencia ficción, donde se adelantan inventos mucho más genéricos que casi todo el mundo cree que probablemente existirán algún día. Y es que, por ejemplo, Jonathan Swift, en su genial novela Los viajes de Gulliver (1726), describió dos satélites naturales de Marte, Fobos y Deimos, nada menos que ciento cincuenta y un años antes de su descubrimiento oficial en 1877. Años más tarde de la referencia de Swift, Voltaire, en su relato Micromegas (1752), también mencionó que Marte poseía dos lunas, lo cual fue un hallazgo sorprendente considerando la óptica disponible entonces.

No obstante, el caso más estremecedor de serendipia en el campo literario sigue siendo el de la novela corta Futility, or the Wreck of the Titan (Futilidad, o el naufragio del Titán), cuyo autor fue Morgan Robertson, oficial estadounidense de la marina mercante —probable inventor del periscopio, además de escritor—. En Futility se narra el naufragio de un barco llamado Titan. Dicho libro fue escrito en 1898, catorce años antes del naufragio del Titanic, siendo las coincidencias asombrosas. De entrada, el nombre de ambos barcos, Titan y Titanic; el hecho de haber chocado con un iceberg, tras aludir a un mar muy tranquilo, “como un espejo”, cercano a la isla de Terranova; sus dimensiones y tonelaje similares, o bien el apellido del capitán en ambos casos —Smith—. También coinciden ambos sucesos en la existencia de insuficientes botes salvavidas, así como en el número —aproximado— de personas fallecidas, muchas de ellas multimillonarias. Realmente escalofriante.
Profundizando en la procedencia del término serendipia, leemos que es una adaptación del inglés serendipity. Sería el británico Horace Walpole, IV conde de Orford, quien acuñara este neologismo a mediados del siglo XVIII. Walpole (1717-1797), político, escritor y arquitecto innovador, es célebre, sobre todo, por su célebre novela, precursora del género gótico, El castillo de Otranto, pero también dejó para la posteridad una sustanciosa correspondencia, en la que destaca el epistolario conservado Marie de Vichy-Chamrond, marquesa du Deffand. El caso es que, en una de sus cartas, fechada en febrero de 1754, utiliza el término serendipity, que él dijo derivado de una fábula siria que había leído una vez: The Three Princes of Serendip (Los tres príncipes de Serendip). Es este un cuento tradicional persa llamado, en el que los protagonistas, unos príncipes de la isla Serendip —antiguo nombre de la isla de Ceilán, la actual Sri Lanka— solucionaban sus problemas a través de increíbles casualidades. No obstante, hay que decir que Las versiones inglesas del relato provienen del libro Peregrinaggio di tre giovani figluoli del re di Serendippo, publicado en Venecia en 1557 por el editor e impresor italiano, cuya actividad se desarrolló en Venecia Michele Tramezzino, según traducción de Christoforo Armeno. El cuento se recoge en el libro de poemas de 1302 Hasht Bihist (Ocho paraísos) de Jursan Amir, conocido también como Amīr Khusrow, considerado por otro lado, el padre de la música qawwali.

El caso es que El concepto y el término fueron rescatados en 1989 por el químico y profesor universitario norteamericano, Royston M. Roberts, en su libro de divulgación científica Serendipia. Descubrimientos accidentales en la ciencia. En este ensayo, Roberts, propone el término «pseudoserendipia» para, describir las situaciones en las que el investigador, tras haber investigado mucho sobre algo sin obtener resultados, consigue finalmente su objetivo, pero a causa de un accidente o una revelación.
Para finalizar este artículo, creo interesante señalar la existencia de la zemblanipia (del inglés zemblanity), como antónimo de serendipia. El término fue acuñado por el escritor escocés William Boyd (nacido en 1952) para definir el hallazgo fortuito de algo negativo, inútil o desdichado. Su origen etimológico se basa en la isla ártica, y propiedad de Rusia, Nova Zembla (Novaya Zemlya), un lugar frío y árido que contrasta con la exuberante Serendip (Sri Lanka). Un ejemplo de zemblanipia sería, en el campo de las ciencias, que, en la investigación de un nuevo material, el resultado —inesperado— sea una sustancia altamente tóxica o inestable.
Para saber más:
https://sebastiandres.xyz/stories/2021-01-22-post-tres-principes-serendip.html
https://psicologiaymente.com/cultura/ejemplos-descubrimientos-serendipia