UT NATURA PICTURA. ARCIMBOLDO, ENTRE LA NATURALEZA Y LA IMAGINACIÓN.  

Por: Lourdes Páez Morales

A lo largo de la Historia del Arte hay artistas cuyas obras son absolutamente reconocibles por el gran público debido a la particularidad de su arte. Tomar un conjunto de coloridas frutas y colocarlas estratégicamente sobre una mesa para componer un bodegón posiblemente le resultaba demasiado aburrido al artista al que queremos recordar hoy desde estas líneas de Proverso. Quizá alguien pueda no recordar su nombre, pero es casi seguro que la mayoría de quienes estáis leyendo este artículo en estos momentos seríais capaces de visualizar en vuestra mente alguna pintura suya, como, por ejemplo, un retrato construido con frutas y verduras. Nos referimos al pintor italiano Giuseppe Arcimboldo (Milán, ha. 1526 – 1593).

¿Qué lleva a un artista en pleno siglo XVI a confeccionar misteriosos retratos antropomorfos con flores o frutas? ¿Cómo llega a la fama −con este tipo de obras y en pleno Renacimiento− un artista que bien pudiera encuadrarse dentro de las vanguardias históricas del siglo XX? Y algo que a veces no nos planteamos… ¿Existió un Arcimboldo previo a esos delirantes retratos tan “modernos” para su época?

Comencemos por responder a la última de las preguntas. Sí, existió un primer Arcimboldo que pintaba de manera absolutamente convencional. El artista inicia su carrera pictórica de la mano de su padre, el también pintor Biagio Arcimboldo. Sus primeras obras, en las que ejerce de ayudante de su progenitor, se encuentran en la iglesia milanesa de San Maurizio al Monastero Maggiore. Concretamente son las pinturas murales que decoran la capilla de San Juan Bautista, con escenas de la vida del Precursor de Cristo, como la del nacimiento o Salomé con la cabeza del Bautista. Sin embargo, cuando el artista tenía en torno a veinte años, incursiona en una técnica peculiar: la pintura de vitrales. Así, en 1549 realiza las pinturas de escenas del Antiguo Testamento y de la vida de Santa Catalina de Alejandría para las vidrieras de la catedral de su ciudad natal. Antes de marcharse de su tierra para probar fortuna en Centroeuropa, Arcimboldo se dedicará a otra actividad artística, el diseño de tapices.

Pongamos ahora un poco de contexto. Las cortes europeas, en pleno siglo XVI, miraban hacia Italia en busca de pintores que perpetuaran su imagen física. Giuseppe Arcimboldo recala en la corte vienesa del emperador Fernando I de Habsburgo, hijo de Juana de Castilla y Felipe el Hermoso y nieto de los Reyes Católicos, que lo convierte en su pintor de cámara. Bajo su gobierno y el de su hijo, Maximiliano II, Arcimboldo realizará numerosos retratos de toda la familia imperial, conservados la mayoría en el Kunsthistorisches Museum de Viena. Todos ellos siguen el estilo del retrato cortesano renacentista: los personajes, vestidos con las mejores galas, miran al espectador con poses hieráticas y altivas. Entre ellos, podemos destacar el busto de la archiduquesa Ana, hija de Maximiliano II, más cercano quizá que los demás, donde la joven aparece representada con una enorme frescura y naturalidad. Estos linajes buscaban la inmortalidad y la perpetuación a través de su imagen, y los retratistas de corte son su instrumento para materializarlos, si bien es preciso señalar que los artistas también están tomando conciencia de su ascenso social y comienzan a autorretratarse con frecuencia. Conocemos cómo era físicamente Arcimboldo por su autorretrato a lápiz conservado en la Galería Nacional de Praga.

Autorretrato a lápiz (Ha. 1570), por Giuseppe Arcimboldo. Galería Nacional de Praga. Imagen de creative commons.

Es en este momento donde cabe retomar las dos preguntas que habíamos dejado en el aire. La primera de ellas, ¿cómo llega Arcimboldo a los rostros confeccionados con frutas? La segunda, ¿cómo su particular producción alcanza la fama en la corte centroeuropea de los Habsburgo? Pues bien, sabemos que fue en el verano de 1563 cuando realiza las primeras composiciones con flores y frutas. Se trata de las famosas cuatro alegorías de las estaciones, repartidas entre el Kunsthistorisches vienés, que conserva tres de ellas, encontrándose la cuarta en suelo español, concretamente en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, adonde llegó no sabemos cuándo, pero seguramente −según testimonia la propia pinacoteca madrileña− por mediación de Felipe II, o bien de alguno de los monarcas de la dinastía borbónica.

Parece que estas composiciones no fueron totalmente de su invención, dado que colaboró en idearlas un paisano de Arcimboldo, el poeta humanista Giambattista Fonteo. La serie incluía el maridaje de las cuatro estaciones y de los cuatro elementos (el aire y la primavera, el fuego y el verano, la tierra y el otoño, y finalmente el agua y el invierno), que juntos todos ellos simbolizaban el poder imperial. Estas composiciones se conocen hoy como las teste composte o cabezas compuestas. La mezcolanza de elementos salidos de la tierra eran metáforas recogidas por escrito por Fonteo para ensalzar la magnanimidad y virtudes del emperador, su valentía, su acertada política, su sabiduría. La corriente de pensamiento humanista está, pues, detrás de estas conocidísimas composiciones, que encierran, como en tantas otras obras en el Renacimiento, códigos ocultos cuya lectura solo es apta para iniciados.

La primavera (1563), por Giuseppe Arcimboldo. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Imagen de creative commons.

Muerto en 1564 Fernando I, asciende al trono su hijo Maximiliano II, y el pintor sigue confeccionando sus cabezas compuestas para el nuevo emperador, que convertirá al milanés, por mor de su ingenio y florida inventiva, en diseñador de arquitecturas efímeras. A la mano de Arcimboldo se atribuye el retrato de la familia imperial de Maximiliano II que se conserva en el Kunsthistorisches Museum vienés. En este retrato vemos en el centro de la escena al que luego sería su sucesor, Rodolfo II, quien, tras tomar las riendas del imperio, mantiene como pintor de cámara al pintor.

Rodolfo había recibido una esmerada educación de su tío, el rey español Felipe II, y, por parecerle en exceso fría la capital vienesa, acaba trasladando pronto su corte a la ciudad de Praga, reuniendo allí, bajo su mecenazgo, a una camarilla de científicos, músicos y artistas, entre los que se encontraban Johannes Kepler, Tycho Brahe, Phillipe de Monte, Jakub Petelin «Gallus» y el propio Arcimboldo, que convierten la ciudad checa en un boyante centro cultural humanístico.

Con más de sesenta años, en 1587, viendo cercana la muerte y tras muchos intentos infructuosos de volver a su tierra por la negativa del emperador, Arcimboldo consigue finalmente el permiso imperial. El artista vuelve a Milán para ya jamás volver a pisar Praga. Sin embargo, continúa realizando desde suelo italiano sus delirantes composiciones para su comitente, Rodolfo II, a quien retrata como dios de las estaciones en 1591, en una de sus más reproducidas obras, Vertumnus. Por los servicios que había prestado tantos años a la corte imperial, Arcimboldo es distinguido poco tiempo después por Rodolfo II con honores. Morirá en su ciudad el 11 de julio de 1593.

Vertumnus (1591), por Giuseppe Arcimboldo. Skokloster Castle (Suecia). Imagen de creative commons.

Para saber más:

https://www.europeana.eu/es/stories/arcimboldo-the-artist-who-made-portraits-with-nature

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