LA NOSTALGIA DE LO IMPOSIBLE

El Atelier

Por: Inma J. Ferrero

Hay nostalgias que no tienen memoria. No nacen de una fotografía amarillenta, de una casa a la que ya no podemos volver ni de una voz que el tiempo ha ido borrando de nuestros días. No pertenecen a nada que hayamos perdido, porque nunca nos perteneció. Son nostalgias sin pasado, heridas sin acontecimiento, despedidas de aquello que jamás llegó a suceder. Y, sin embargo, duelen. Duelen con esa extraña intimidad de las cosas que parecen conocernos desde siempre, como si en algún rincón secreto de nuestra existencia hubiéramos vivido otra vida, una que no nos correspondió, pero cuyo recuerdo continúa respirando bajo la piel.

A veces, basta una calle desconocida para sentir que hemos regresado a un lugar que nunca pisamos. Una ventana encendida al otro lado de la noche, el rumor de una conversación en un idioma que no comprendemos, la silueta de una ciudad bajo la lluvia. Hay algo en esas pequeñas escenas que nos despierta una tristeza inexplicable, una especie de reconocimiento anterior a la memoria. Miramos y sentimos que algo nos falta, aunque no sepamos nombrarlo. Quizá no sea el lugar, sino todo lo que imaginamos que habría podido ocurrirnos en él. Quizá sea la vida que, por un instante, conseguimos vislumbrar al otro lado de lo posible.

La literatura lleva siglos intentando descifrar esta clase de misterios. Los escritores han encontrado en las palabras una manera de acercarse a aquello que la realidad apenas nos permite rozar: la memoria, el deseo, la pérdida y todas esas posibilidades que permanecen suspendidas en el tiempo. Hay libros que no necesitan hablarnos de nuestra propia vida para hacernos sentir que nos conocen. Basta una frase, un personaje o una ciudad inventada para despertar algo que creíamos dormido. Entonces comprendemos que leer no consiste únicamente en descubrir historias ajenas, sino también en encontrarnos con regiones de nosotros mismos que todavía no habíamos aprendido a nombrar.

Marcel Proust lo comprendió de una manera extraordinaria en En busca del tiempo perdido. En sus páginas, el pasado no permanece inmóvil, encerrado en una sucesión de recuerdos que podemos consultar a voluntad. A veces regresa inesperadamente, convocado por un sabor, un aroma o una sensación que parecía no guardar relación alguna con aquello que una vez vivimos. Una pequeña magdalena mojada en té basta para abrir las puertas de un mundo entero. Y lo que parecía perdido vuelve a adquirir una presencia casi física, como si el tiempo hubiera estado aguardando, en silencio, el instante preciso para devolvernos una parte de nosotros mismos.

Pero ¿qué ocurre cuando aquello que añoramos no pertenece a ningún recuerdo? ¿Qué sucede cuando la nostalgia no nace de lo vivido, sino de lo imaginado? Proust nos invita a pensar que el pasado puede sobrevivir en nosotros de maneras insospechadas; quizá la imaginación vaya todavía más lejos y nos permita sentir la pérdida de aquello que nunca formó parte de nuestra historia. Porque también estamos hechos de lo que no sucedió: de las palabras que no pronunciamos, de las despedidas que prolongamos hasta convertirlas en silencios, de las puertas que no abrimos y de los caminos que abandonamos antes de conocer su destino.

Nuestra historia no está compuesta únicamente por los acontecimientos que nos dieron forma, sino también por todas esas vidas que quedaron suspendidas en el territorio invisible de las decisiones. En alguna parte de nuestra imaginación sigue existiendo la persona que habríamos sido si hubiéramos elegido de otra manera; alguien que quizá aprendió a vivir en otra ciudad, que amó a otra persona, que descubrió una felicidad distinta o que encontró, lejos de aquí, aquello que nosotros llevamos años buscando. Nunca conoceremos sus días. No sabremos qué canciones habría escuchado al amanecer, qué nombre habría susurrado en la oscuridad ni qué clase de tristeza habría aprendido a soportar. Y, aun así, a veces la sentimos cerca. Como si su existencia, negada por el azar, hubiera dejado una sombra sobre la nuestra.

Hay una obra que parece habitar precisamente ese territorio: Noches blancas, de Fiódor Dostoievski. Su protagonista es un soñador solitario que encuentra en su imaginación una forma de compañía y que parece vivir con más intensidad aquello que sueña que aquello que realmente le sucede. Durante unas noches, el encuentro con otra persona abre ante él la posibilidad de una vida diferente, la promesa de que quizá el mundo exterior pueda llegar a parecerse a ese universo que ha construido en secreto. Pero las promesas no siempre se convierten en destinos. A veces, la realidad nos concede apenas un instante de aquello que deseábamos y después nos obliga a regresar a nuestra soledad.

Lo que conmueve de esta historia no es únicamente la tristeza del soñador, sino la manera en que la imaginación puede llenar una vida y, al mismo tiempo, mantenerla a una distancia dolorosa de la realidad. Hay personas que parecen enamorarse tanto de lo que podría suceder como de lo que sucede. Personas que, antes de conocer a alguien, ya han imaginado las conversaciones que tendrán, las calles que recorrerán juntas y las despedidas que todavía no han ocurrido. Quizá todos llevemos dentro una pequeña habitación semejante a la del soñador de Dostoievski, un lugar donde las posibilidades permanecen intactas porque nunca han tenido que enfrentarse a las consecuencias de existir.

La realidad, en cambio, nos obliga a elegir. Cada decisión abre un camino y clausura otros tantos; cada vida que comenzamos deja atrás una multitud de vidas que nunca sabremos cómo habrían terminado. Crecer consiste, en parte, en aprender a despedirnos de ellas. Sin embargo, hay algo profundamente humano en nuestra incapacidad para hacerlo del todo. Seguimos regresando a las posibilidades abandonadas, reconstruyendo conversaciones, inventando desenlaces, preguntándonos qué habría ocurrido si una tarde hubiéramos llegado cinco minutos antes, si hubiéramos tenido el valor de decir aquello que todavía recordamos, si alguien se hubiera quedado cuando todo en nosotros estaba pidiendo que lo hiciera.

A veces convertimos esas preguntas en una forma de castigo, como si existiera una versión perfecta de nuestra vida que hubiéramos estropeado por no saber elegir. Imaginamos que, en algún lugar, hay una existencia sin errores, un amor que nunca se marchó, una felicidad que no conoció la pérdida. Pero ninguna de esas vidas imaginadas habría estado a salvo del dolor. También en ellas habrían existido los desencuentros, las noches interminables, las palabras equivocadas y las pequeñas tragedias que nos recuerdan nuestra fragilidad. Idealizamos lo que no vivimos porque la imaginación nos permite contemplarlo desde la distancia, sin las decepciones que desgastan las cosas reales. Lo imposible conserva su belleza porque nunca ha tenido que envejecer.

Tal vez por eso la literatura nos conmueve tanto cuando habla del tiempo. En La casa de Bernarda Alba, Federico García Lorca construye un mundo donde los deseos chocan contra las paredes de una realidad asfixiante, donde la vida que las mujeres imaginan para sí mismas parece estar siempre a punto de comenzar y, sin embargo, nunca encuentra una salida verdadera. Las ventanas, el calor, el silencio y el espacio cerrado adquieren una fuerza que va mucho más allá de lo material. La casa se convierte en el lugar de todas las posibilidades reprimidas, de todo aquello que podría haber sido y que, por la imposición de los demás, permanece sin realizarse. Hay destinos que se rompen antes de empezar, sueños que se marchitan en habitaciones cerradas y personas que terminan añorando no lo que perdieron, sino aquello que jamás tuvieron permiso para vivir.

Quizá la nostalgia de lo imposible nazca de esa conciencia: la de saber que nuestra existencia está hecha también de renuncias, algunas elegidas y otras impuestas. No añoramos necesariamente una vida mejor, ni siquiera una vida que nos hubiera hecho más felices. Añoramos la posibilidad, esa región interminable donde todas las versiones de nosotros mismos continúan intactas porque ninguna ha tenido que enfrentarse a las consecuencias de existir. En la imaginación, el amor no ha pronunciado todavía su última palabra, los viajes no han encontrado su regreso y las personas permanecen suspendidas en el instante en que todavía podían convertirse en cualquier cosa.

Y, sin embargo, no quisiera pensar que toda esta nostalgia es una forma de engaño. Hay algo valioso en las vidas que imaginamos, algo que quizá merezca ser escuchado. A veces, la persona que soñamos ser revela una parte de nosotros que todavía no ha encontrado su lugar en el mundo. La ciudad que nos despierta una tristeza inexplicable puede estar nombrando nuestra necesidad de empezar de nuevo. El amor que inventamos quizá hable de nuestra manera de desear, de aquello que esperamos encontrar en otra persona o de lo que todavía no hemos aprendido a ofrecernos a nosotros mismos. No todas las vidas que imaginamos están destinadas a permanecer en la imaginación. Algunas son una forma de intuición, una llamada que no sabemos interpretar, una ventana abierta hacia aquello que todavía podríamos llegar a ser.

La literatura, en ese sentido, no nos invita únicamente a escapar de nuestra existencia, sino también a regresar a ella con una mirada distinta. Después de leer, el mundo puede parecernos más vasto, como si las cosas cotidianas hubieran adquirido una profundidad que antes no sabíamos reconocer. Una despedida contiene todas las despedidas posibles; una habitación vacía guarda el eco de las vidas que pasaron por ella; una persona desconocida lleva consigo un universo entero que jamás llegaremos a conocer. Aprendemos que cada ser humano es una historia inaccesible, una multitud de recuerdos, deseos y futuros que no nos pertenecen. Y comprendemos, quizá con cierta tristeza, que vivir consiste también en aceptar nuestra condición de extraños ante casi todo lo que existe.

Hay, además, una forma de nostalgia que no pertenece a ninguna vida concreta, sino a la sensación de que el tiempo nos aleja continuamente de todo cuanto somos. En Elegías de Duino, Rainer Maria Rilke se acerca a la fragilidad de la existencia, a la belleza que nos sobrepasa y a la dificultad de habitar plenamente el mundo. Su poesía parece recordarnos que la vida no se vuelve preciosa a pesar de su brevedad, sino también a causa de ella. Lo que existe está expuesto a desaparecer; lo que amamos no puede permanecer para siempre bajo nuestra mirada. Quizá por eso intentamos salvarlo mediante las palabras. Escribimos para acercarnos a lo que se marcha, para concederle una forma a aquello que el tiempo amenaza con volver invisible.

Pero hay noches en las que me parece que la imaginación desobedece esa condena. Pienso en todas las personas que nunca llegaremos a ser, en las ciudades que no nos verán envejecer, en los amores que solo existirán como una posibilidad remota dentro de una conversación que jamás tendrá lugar. Pienso en los libros que todavía no hemos leído, en las palabras que alguien escribió hace siglos y que, sin saberlo, parecían destinadas a encontrarnos. Y entonces me pregunto si las cosas necesitan suceder para formar parte de nosotros. Si una vida tiene que ser vivida para dejarnos una huella. Si lo que imaginamos, lo que deseamos y lo que amamos desde la distancia no constituye también una forma, por pequeña que sea, de existencia.

Quizá no todo lo que existe necesita un cuerpo. Quizá hay ciudades que nacen únicamente cuando alguien las sueña, personas que sobreviven en la memoria de quien nunca las conoció y amores que encuentran su única morada en unas páginas que alguien leerá una tarde de lluvia. Quizá las vidas que no vivimos no desaparecen del todo, sino que permanecen en alguna región de nosotros donde el tiempo todavía no ha aprendido a cerrar las puertas. No podemos regresar a ellas, porque nunca estuvimos allí. No podemos despedirnos, porque jamás llegaron a comenzar. Solo podemos sentir, de vez en cuando, el roce de su ausencia, como quien escucha una música lejana sin saber de qué casa procede.

Y tal vez eso sea, en el fondo, la literatura: el lugar donde lo imposible encuentra una manera de doler, donde lo inexistente consigue dejarnos cicatrices y donde una palabra puede levantar, durante unos instantes, todo aquello que la realidad no nos concedió. Escribimos porque hay cosas que no sucedieron y, sin embargo, continúan pidiéndonos una forma. Leemos porque, en medio de nuestra única vida, sospechamos la presencia de todas las demás. Y volvemos a las palabras porque a veces necesitamos que alguien nos recuerde que no estamos hechos únicamente de lo que nos ocurrió, sino también de aquello que fuimos capaces de imaginar.

Al final, quizá nunca sepamos si es posible añorar lo que no existió. Tal vez la pregunta esté mal formulada, tal vez aquello que nunca ocurrió no pueda perderse y, sin embargo, permanezca en nosotros como permanecen las estrellas apagadas cuya luz continúa viajando mucho después de su muerte. Hay cosas que terminan antes de comenzar y lugares a los que solo podemos llegar cerrando los ojos. Hay vidas enteras que caben en una posibilidad, océanos que jamás cruzaremos y nombres que nunca pronunciaremos, pero que, por alguna razón, nos dejan una tristeza semejante a la del hogar cuando nos marchamos.

Y si alguna noche sentimos esa nostalgia inexplicable, si una calle desconocida nos parece el recuerdo de un sueño o si al cerrar un libro nos invade la pena de abandonar una vida que nunca fue nuestra, quizá no debamos apresurarnos a olvidarla. Tal vez exista una belleza secreta en llevar dentro todo aquello que no pudo suceder. Porque también hay flores que solo crecen en la imaginación, jardines que nadie ha pisado y primaveras que no necesitan llegar para llenar de luz una habitación.

Quién sabe si, en alguna parte del tiempo, todas nuestras vidas posibles siguen esperándonos, intactas, con las ventanas abiertas y las lámparas encendidas. Quizá allí alguien conserva la carta que nunca escribimos, alguien recuerda el beso que no nos atrevimos a dar, alguien camina por una ciudad donde jamás aprendimos a perdernos. Quizá esa otra versión de nosotros también se detiene algunas noches, sin comprender por qué siente que le falta algo, y mira hacia una vida que nunca llegó a conocer.

Y entonces, entre esa vida y la nuestra, entre lo que fuimos y lo que no pudimos ser, queda suspendida una tristeza sin nombre, leve como el polvo que flota en una habitación abandonada, antigua como la luz de una estrella muerta. No podemos tocarla, no podemos regresar a ella, no podemos siquiera demostrar que alguna vez existió. Solo sabemos que, de vez en cuando, su ausencia nos encuentra.

Y quizá vivir sea eso: aprender a despedirnos de todas las vidas que no tendremos sin dejar de amarlas; comprender que el tiempo nos entrega un solo camino, pero que el corazón, desobediente, continúa abriendo puertas hacia todos los demás. Porque hay cosas que nunca suceden y, aun así, nos acompañan hasta el final. Hay personas que jamás conoceremos y que, sin saberlo, dejan un lugar vacío en nuestra historia. Hay mundos que se desvanecen al despertar y que, durante unos segundos, nos hacen llorar por haberlos perdido.

Y quizá, cuando la última página de nuestra propia vida se cierre, cuando ya no quede nadie para recordar nuestros pasos y el mundo continúe girando bajo un cielo indiferente, todas esas vidas que no vivimos se reúnan en algún lugar imposible, como pájaros que regresan al árbol del que nunca partieron. Quizá allí nos esperen, sin reproches, todas las versiones de nosotros mismos que dejamos atrás, con sus manos llenas de cartas no enviadas y sus ojos encendidos por todos los amaneceres que no llegamos a contemplar.

Y nosotros, que habremos pasado la vida buscando aquello que nos faltaba, descubriremos que también hemos estado hechos de ausencias, que algunas de nuestras heridas tenían la forma de una puerta y que ciertas nostalgias eran, en realidad, el eco de un mundo que nuestra alma había inventado para no quedarse sola.

Entonces comprenderemos que no todo lo perdido estuvo alguna vez entre nuestras manos, que no todo lo amado necesitó existir y que hay sueños cuya única manera de permanecer consiste en no cumplirse jamás.

Y quizá, justo antes de desaparecer, volvamos la mirada hacia esa vida imposible y la veamos alejarse lentamente, como un barco que se pierde en la niebla, como una luz que se apaga al otro lado del mar. No intentaremos alcanzarla. Ya no habrá caminos que elegir ni futuros que lamentar. Solo quedará el silencio, inmenso y sereno, y dentro de él, por última vez, la dulce tristeza de haber podido ser tantas cosas.

Porque tal vez no hemos venido al mundo para vivir todas las vidas que imaginamos, sino para soñarlas lo suficiente como para que, por un instante, también ellas puedan vivir en nosotros.

Y si alguna vez alguien pregunta dónde fueron a parar las vidas que no vivimos, dónde descansan los amores que nunca tuvieron nombre, las ciudades que nunca nos vieron llegar y los futuros que se marchitaron antes de amanecer, me gustaría pensar que no desaparecieron del todo.

Me gustaría pensar que se convirtieron en estrellas.

Que cada posibilidad abandonada encontró un lugar en la oscuridad, que cada sueño imposible encendió una pequeña luz en algún rincón del universo y que, desde entonces, todas las noches brillan sobre nosotros esas vidas que jamás tuvimos.

Y que quizá por eso, cuando levantamos la mirada hacia el cielo, sentimos una nostalgia que no sabemos explicar: porque, en el fondo, estamos contemplando todo aquello que pudimos haber sido, ardiendo en silencio, a millones de años luz de nuestra única vida.

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