FEDERICO SOLÁ, PROFESOR DE LATÍN

Por: Tomás Sánchez Rubio

Entre los muros del cementerio de San Amaro, en la Coruña, yacen numerosos gallegos ilustres como es el caso del poeta Eduardo Pondal. Nacido en Puenteceso, escribiría tanto en castellano como gallego, siendo recordado sobre todo por su poema Os pinos, cuyas primeras estrofas darían lugar a la letra del himno de Galicia. También se encuentran allí los restos de Manuel Curros Enríquez, escritor de Celanova con una profunda conciencia social; o bien los de Manuel Martínez Murguía, creador de la Real Academia Gallega y destacado impulsor del Rexurdimento gallego, y los de los hijos que tuvo con la admirada e inmortal Rosalía de Castro. No obstante, esta poeta, como sabéis, no reposa junto a aquellos, sino que su cuerpo fue trasladado, años después de su prematura muerte, desde Adina, en Iria Flavia, al Panteón de Gallegos Ilustres, situado en la iglesia del convento de Santo Domingo de Bonaval, en Santiago de Compostela.

El caso es que en un panteón familiar ubicado dentro del histórico camposanto de San Amaro se halla también enterrado el escritor y periodista coruñés Wenceslao Fernández Flórez (1885-1964). Este autor pronto consagrado, que ya en 1926 recibiera el Premio Nacional de Literatura por su obra Las siete columnas, no solamente fue testigo, sino también víctima directa ─como tantas otras─ de los terribles avatares que le tocó vivir a nuestro país en los años 30.  Por otra parte, como creador, es bien conocido que, con un estilo peculiar cargado de simbolismo e ironía, transmite en casi todas sus novelas un mensaje de escepticismo, e incluso pesimismo, hacia un mundo que cambiaba solo en su superficie, mientras descuidaba unos valores espirituales y morales permanentes.  Sus novelas fueron escritas en castellano, y algunos de sus cuentos en gallego. El total de las obras publicadas asciende a unas cuarenta novelas y libros de relatos de humor, caracterizados estos por un fino humor irónico de sesgo gallego a veces cercano a lo fantástico. La crítica señala que algunos de sus rasgos de humor se contemplan como sorprendentemente cercanos a los que, años después, se verían en el propio García Márquez. Parece haber, en efecto, una curiosa simbiosis espiritual y estilística entre la fraga de Cecebre (el cosmos gallego creado por Wenceslao Fernández Flórez en El bosque animado, de 1943) y Macondo (el mítico territorio caribeño edificado por Gabriel García Márquez en Cien años de soledad, de 1967).

Los personajes de Fernández Flórez son curiosamente reales, moviéndose entre la frustración y el fracaso. Se habla de las reminiscencias de Stendhal, así como de sus coincidencias con el universo de José Maria Eça de Queiroz ─de quien era gran conocedor─. Se ha comparado además su estilo, lleno de ironía escéptica, con el de Anatole France.

Se muestra ciertamente el autor muy sensible hacia el paisaje galaico, al que envuelve en un profundo lirismo. Muchas de sus novelas y relatos poseen contenidos simbólicos. No se muestra un innovador en cuanto a las formas y estructuras novelísticas, sino que sigue académicamente los modos de la narrativa tradicional. No obstante, fue un pionero en muchos aspectos, revelando una mente abierta no muy común en aquellos tiempos.

El caso es que se da en este autor una serie de rasgos que hacen de su literatura algo imperecedero y atractivo, lo que ha llevado a que varios de sus trabajos hayan conocido adaptaciones al cine ─a veces varias de la misma obra─. En ellas vale la pena detenerse. Tal es el caso, por ejemplo, de la novela Volvoreta, publicada en 1917, y que obtuvo el premio del Círculo de Bellas Artes. El texto, que narra los amores prohibidos entre una sirvienta y su joven señor en el marco de la Galicia rural, conocería una versión cinematográfica en 1976 de la mano del cineasta segoviano José Antonio Nieves Conde. Con anterioridad, El malvado Carabel (1931), sería llevada al cine, sucesivamente, por el inconmensurable Edgar Neville en 1935, por Fernando Fernán Gómez en 1956 ─donde el propio director es también protagonista─ y por el realizador mexicano Rafael Baledón en 1962. Como en otras de sus obras, se ironiza aquí sobre la hipocresía colectiva, ofreciendo una visión desencantada de la sociedad bajo la apariencia del humor. También la entrañable y disparatada novela El sistema Pelegrín (1949), fue adaptada al cine por Ignacio F. Iquino poco después de su publicación. No obstante, sería El bosque animado (1943) la obra que contaría con una versión cinematográfica más popular, la dirigida por José Luis Cuerda, con guion de Rafael Azcona en 1987, que ofrecía la memorable actuación de Alfredo Landa en el papel del protagonista, Xan de Malvís, labrador que harto de las escasas ganancias que da el campo y la labor de la tierra, decide echarse al monte y convertirse en el ladrón de la fraga, bajo el sobrenombre de “Fendetestas”. Con anterioridad había sido llevada al cine por José Neches en 1945. Aparte de eso, en 2001 Ángel de la Cruz y Manolo Gómez harían una adaptación libre en animación 3D, un hito tecnológico en su época por ser pionera en Europa, ganando el premio Goya al mejor largometraje de animación. Esta versión animada tuvo una secuela directa en 2008 llamada Espíritu del bosque. Por si fuera poco, existe también un antecedente menor en formato de cortometraje titulado Fendetestas (1975), dirigido por Antonio F. Simón.

No obstante, debo señalar que, de entre las películas de nuestro cine dedicadas a Fernández Flórez, para mí destacan notablemente las dos versiones para la gran pantalla de su relato largo (o novela corta), publicado en 1929, titulado El hombre que se quiso matar. Curiosamente, ambas adaptaciones cinematográficas fueron realizadas por el popular director Rafael Gil. La primera, del año 1942, con guion de Luis Lucia y el propio Wenceslao Fernández, estaba protagonizada por el genio de la comedia dramática Antonio Casal, acompañado de Rosita Yarza. La segunda, de 1970, con guion de Rafael J. Salvia, contaba con un elenco encabezado por la gran Elisa Ramírez y el inconmensurable Tony Leblanc ─madrileño nacido en el Museo del Prado y casado con Isabel Páez, una sevillana del Cerro del Águila─.  Esta segunda versión, algo más extensa que la primera, quizá no de mejor calidad que esta y menos fiel al original, por cuanto presenta notables variantes ─como es el caso del oficio del protagonista─, me resulta especialmente grata. Por ello me gustaría comentar algunos aspectos de la misma que ya cuando la vi por vez primera, a una tierna edad, me resultaron de especial interés.

Creo que una de las cosas más significativas para mí de la película era, ni más ni menos, el televisor que aparece al comienzo de la cinta. En efecto, Federico Solá, profesor de latín en un colegio de Segovia y opositor perpetuo, pusilánime y apocado, se encuentra en casa de su novia, Enriqueta, en Madrid. Solo se ven los fines de semana y poco más hacen, pues, para desesperación de la familia de ella, él no se decide a casarse por su escuálido sueldo. En la escena citada, él se encuentra ensimismado viendo un reportaje que rememoraba el cálido recibimiento a los astronautas que habían llegado a la Luna el 21 de julio de 1969. El receptor es el mismo modelo que existía en mi casa, un recio Aspes de color gris, teclas y lámparas en blanco y negro, y que, por supuesto, nos duraría lo indecible. También el denostado oficio del protagonista es llamativo, pues el “ideario tecnocrático”, con su defensa del sentido de lo práctico en un mundo cambiante, y que subyace en varios personajes ─como el Sr. Argüelles, prócer local─ no hace más que reflejar la situación del régimen político y la sociedad de la época. Recuerden, a este respecto, la famosa anécdota que años antes protagonizaron en las Cortes el ministro Solís y el profesor Adolfo Muñoz con el latín como protagonista.

El caso es que, siguiendo con el argumento de la cinta, el pobre Federico decide desaparecer por una serie de factores como son la devaluación y pérdida de su trabajo, el desprecio a sus conocimientos y la frustración ante los zarpazos en las lides sociales y amorosas: pierde su trabajo, sufre la humillación continua por parte de un individuo mediocre ─otro más de entre quienes lo rodean─ como es el matón Requejo y su novia de toda la vida lo deja por un protésico dental de halagüeño futuro… No obstante, se vislumbra el final feliz tras la total transformación de la actitud del protagonista, y que supone un verdadero alarde de las dotes interpretativas y la ductilidad de un gran actor como Leblanc. Junto a, Elisa Ramírez, su compañera en la cinta, ambos forman parte de un plantel verdaderamente de lujo: a una solvente Enma Cohen, en el papel de compañera “progre” de la pensión de Segovia, acompañan Rafael Alonso, Antonio Garisa o los magníficos veteranos Aurora Redondo, Julia Caba Alba y José Orjas, por ejemplo.

No puedo dejar de mencionar, para terminar, la escena en la que el protagonista abandona el aula ante la indiferencia de su alumnado. En la pizarra, Federico borra con amargura los cuatro versos iniciales de los Tristia (I,3) de Ovidio, obra que expresa la pesadumbre del poeta de Sulmona tras su destierro a orillas del Mar Negro:

Cum subit illius tristissima noctis imago,
qua mihi supremum tempus in Vrbe fuit,
cum repeto noctem, qua tot mihi cara reliqui,
labitur ex oculis nunc quoque gutta meis.

«Cuando se me aparece la tristísima visión de aquella noche que fue para mí mis últimos momentos en Roma, cuando de nuevo revivo la noche en que tuve que dejar tantas cosas para mí queridas, todavía ahora de mis ojos resbalan las lágrimas».

No se pierdan la película, amigas y amigos.

*Para saber más:

Paz, Héctor. «»El hombre que se quiso matar», frustración, subversión, ¿sumisión?» Volvoreta. Revista de literatura, xornalismo e historia do cinema, Nº6, 2022 (págs. 9-18).

https://www.victoriaarmesto.es/wp-content/uploads/2019/07/1987-Amistad-con-fernandez-Florez-1.pdf

https://antiguosanunciosdeantes.blogspot.com/2019/11/aspes-electrodomesticos-18-anuncios.html

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