CRISTINA CAVALLI: LA MÚSICA MÁS ALLÁ DE LAS NOTAS

Por: Inma J. Ferrero

Hay músicas que se escuchan con los oídos y otras que nos llegan directamente al alma. Hay palabras que se escriben con tinta y otras que parecen nacer de una melodía. La poesía y la música comparten ese misterio: ambas buscan dar voz a lo invisible, nombrar lo inefable y despertar emociones que a veces creíamos dormidas.

Hoy tengo el privilegio, desde mi sensibilidad de poeta, de conversar con Cristina Cavalli, pianista de reconocida trayectoria internacional, cuya vida artística transita entre los escenarios, la enseñanza y la búsqueda constante de una voz propia a través de la música.

A lo largo de esta entrevista nos acercaremos a su universo musical, a sus maestros, a sus experiencias sobre los escenarios del mundo y a esa profunda relación entre el intérprete, la obra y el alma de quien escucha.

Cristina, gracias por aceptar esta invitación y por abrirnos las puertas de tu experiencia y de tu sensibilidad artística. Es un honor compartir contigo este espacio en el que, más allá de las palabras, esperamos que también hable la música.

1. Su trayectoria la ha llevado a actuar en prestigiosas salas de Europa, Asia y América. Si mira atrás, ¿qué momentos considera decisivos en su evolución como pianista y qué experiencias han marcado más profundamente su carrera?

Más que momentos aislados, hubo etapas que cambiaron mi manera de escuchar. La primera fue la Accademia «Incontri col Maestro» de Imola. Allí entendí que el nivel no se mide por lo que uno consigue tocar en casa, sino por lo que es capaz de sostener delante de otros, cada día, ante maestros que no dejan pasar nada.

La segunda fue empezar a profundizar la partitura como nunca había hecho antes. Siempre tuve cierta facilidad, tanto en la lectura como en llevar la pieza a nivel muy bueno… y eso era exactamente lo que me detenía de llegar realmente a la maestría. Revolucionar mi manera de trabajar ha sido fundamental para dar ese salto que pensaba no necesitar.

La tercera fueron las giras largas, sobre todo la de China, con conciertos y masterclasses en una ciudad distinta cada pocos días. Salir al escenario del Shanghai Symphony Hall o del Wuxi Grand Theatre después de horas de viaje te enseña algo que no está en ningún tratado: un concierto se prepara durante meses, pero se decide en los diez minutos antes de salir a escena.

Recuerdo mi primer concierto de esa gira a China, después de tres vuelos seguidos, varias horas de espera en el aeropuerto de Beijing y una noche casi sin dormir por el jet-lag, despertándome con 38 grados al 98% de humedad y teniendo que dar masterclass y enseguida concierto. Llegué al teatro con la ilusión de poder hacer un ensayo en el piano, por le menos una horita, después de varios días sin tocar además de lo descrito antes… el teatro estaba lleno ya, todos sentados en las butacas y en el escenario alrededor del piano… en ese momento comprendí que la vida real era muy diferente de la que se daba en el conservatorio. Fue bien, nunca se aprende a sacar recursos como cuando estas obligado a usarlos.

2. Durante su formación tuvo la oportunidad de estudiar con músicos como Sergio Fiorentino, Pier Narciso Masi y Marisa Somma. ¿Qué aprendió de cada uno de ellos y de qué manera sigue presente su influencia en su forma de entender e interpretar la música?

De Sergio Fiorentino aprendí que la fluidez se siente dentro de uno mismo antes de poderla producir en el piano. Podía hacer cantar una línea por encima de una textura muy densa sin que pareciera esfuerzo, y detrás de esa naturalidad había un control absoluto. De todos mis maestros ha sido el que tenía el talento más asombroso, es imposible describir las posibilidades que tenía como dones innatos. Cuando un alumno que tocaba un concierto para piano y orquesta con el (que tocaba la parte de la orquesta, siempre de memoria) se paraba o no entraba cuando era el momento, él empezaba a tocar a la vez la parte del solista y la de la orquesta, sin esfuerzo ninguno. Y muchas más cosas impresionantes.

Con Pier Narciso Masi descubrí la escucha del otro, y no solo en la música de cámara. Masi enseñaba a tocar solo como si siempre hubiera alguien más en el escenario: el bajo, una voz interior, la sala misma; a “lasciarmi suonare” (dejar que la música actuase por medio de mi).

A Marisa Somma le debo la profundización que desde hace siempre necesitaba mi forma de tocar, y el empiece de un camino musical personal que sigo ahora con mis proprios estudiantes.

Hoy, cuando trabajo con un alumno sobre un pasaje, muchas veces reconozco en mis propias palabras una pregunta que me hizo alguno de ellos hace años. Eso es una escuela: no un estilo que se imita, sino una forma de preguntar que se hereda.

R.P. Su repertorio abarca desde la música del siglo XVII hasta la creación contemporánea. ¿Cómo consigue encontrar un equilibrio entre el respeto a la tradición interpretativa y la libertad necesaria para acercarse a las obras de nuestro tiempo?

C.C. Para mí no son dos actitudes distintas. La tradición interpretativa es un conjunto de soluciones que otros pianistas encontraron a problemas reales, y conviene conocerla bien. Pero no es un reglamento.

Ante una obra contemporánea sin historia previa leo el texto con la misma pregunta que ante Bach: ¿qué está pidiendo exactamente el compositor, y qué deja abierto? Y ocurre algo curioso: después de meses con una partitura nueva, vuelvo a Scarlatti o a Schumann con los oídos limpios, sin los clichés que se acumulan en las obras muy tocadas. Cada repertorio protege al otro de la rutina.

R.P. Varios compositores europeos y estadounidenses le han dedicado obras, y ha participado en estrenos mundiales en ciudades como Milán, Shanghái, Londres y Helsinki. ¿Qué significa para usted ser la primera intérprete de una obra y cómo cambia su relación con la partitura cuando no existe una tradición interpretativa previa?

C.C. Significa una responsabilidad concreta: la primera versión que el público escucha se convierte, durante un tiempo, en la obra misma. Si el estreno no convence, a menudo la pieza no tiene una segunda oportunidad.

Sin tradición, la partitura muestra lo que realmente es: un texto lleno de decisiones que nadie ha tomado todavía. El pedal, la respiración entre secciones, cuánto dura de verdad un calderón. No hay ninguna grabación que te diga «así se hace». Es un ejercicio de autonomía total, y es exactamente la autonomía que intento desarrollar en mis alumnos, incluso cuando tocan un repertorio que ya han escuchado cien veces.

R.P. Cuando trabaja con un compositor vivo, ¿hasta qué punto participa en la construcción de la obra durante el proceso de preparación? ¿Ha habido alguna ocasión en la que el diálogo con un compositor haya transformado radicalmente su manera de interpretar una pieza?

C.C. Muchos compositores, hoy en día, escriben en el papel algo que en el instrumento suena de otra manera: una disposición de acordes que se empasta, un tempo metronómico que en la sala resulta demasiado rápido. Mi trabajo es devolverles el sonido real de lo que han escrito, y a partir de ahí deciden ellos.

Más que una ocasión aislada, le experiencia constante en esto me llevó a la conclusión de que nasa es absoluto: es literalmente imposible para un compositor expresar de manera completa lo que realmente desea con una tal serie de sonidos escritos en la partitura, y la prioridad número uno es render el sentido de la música de la forma más eficaz, en vez de quedarse estancados en querer respectar a toda costa,  de forma académica, la partitura en sí.

Es algo que aplico también a Beethoven o a Chopin: detrás de cada indicación hay una intención sonora, y la indicación es solo la aproximación más cercana que encontró el compositor para escribirla.

R.P. Ha actuado en países con culturas y tradiciones musicales muy diferentes, desde China y Mongolia Interior hasta Argentina y Finlandia. ¿Ha percibido diferencias en la forma en que el público recibe la música clásica en cada lugar? ¿Hay alguna experiencia internacional que recuerde de manera especial?

C.C. Sí, y son diferencias que se sienten físicamente desde el escenario. En China me impresionó la edad del público: salas llenas de jóvenes y de niños; en Argentina, en el Teatro Colón de Mar del Plata, el público respira con la música y lo demuestra sin pudor, tengo uno de mis recuerdos más bonitos de todo el teatro levantado de pie al final del 5º concierto de Beethoven, hace un par de años: una emoción preciosa. En Finlandia el silencio antes del primer acorde tiene una densidad casi material.

Lo que he aprendido es que la concentración de una sala se contagia en los dos sentidos. Un pianista que sale con una idea clara del sonido que quiere crea el silencio que necesita, en Shanghái igual que en Madrid.

R.P. Su colaboración con el bandoneonista Héctor Ulises Passarella en el Dúo Passarella-Cavalli abre un espacio de diálogo entre dos instrumentos con personalidades muy distintas. ¿Qué le aporta esta colaboración a su identidad artística y qué posibilidades expresivas descubre al trabajar con el bandoneón?

C.C. El bandoneón respira: el fuelle sostiene, crece y se apaga como una voz. El piano, en cambio, parece empezar a morir en cuanto se toca la nota: no es verdad, hay que saber crear las vibraciones que sobrepasan la duración física de la nota. Tocar junto a Ulises Passarella me obliga a construir con el piano una ilusión de continuidad y de respiración que antes buscaba sobre todo en Chopin o en Schumann.

Su manera de vivir el tiempo, elástica y siempre con un pulso de fondo que no se pierde, me ha dado una libertad rítmica que luego se nota en todo mi repertorio. El tango, el repertorio clásico y la música contemporánea conviven en el dúo sin jerarquías, y eso me recuerda continuamente que el estilo es una cuestión de escucha, no de etiquetas.

R.P. Actualmente compagina su actividad concertística con la docencia en la Universidad Alfonso X el Sabio de Madrid y en el Conservatorio de Música de Sassari. ¿Cómo influye su experiencia como intérprete en su manera de enseñar y qué considera fundamental transmitir a las nuevas generaciones de pianistas, más allá de la técnica?

C.C. Enseño desde el escenario, no desde la teoría. Cuando un alumno me dice que en casa la obra sale y en la audición no, sé exactamente de qué habla, porque lo he vivido. Y sé que tiene solución: el escenario se prepara igual que un pasaje difícil, con un trabajo específico sobre la memoria, la concentración y la gestión de la tensión, que se entrena semana a semana.

Más allá de la técnica, lo fundamental es la autonomía: que el alumno salga de mi clase sabiendo estudiar solo, tomar decisiones interpretativas propias y defenderlas delante de un tribunal o de un público. Un pianista que depende de su profesor para cada decisión no está preparado para una carrera.

En la Universidad Alfonso X el Sabio trabajo en dos niveles. En el Grado acompaño la construcción completa del músico durante los años en los que se decide casi todo: el sonido, el método de estudio, el repertorio de base. La Alta Especialización está pensada para quien ya tiene un objetivo concreto, como un concurso, una prueba de acceso o un programa de concierto; o, incluso, para quien quiera trabajar de forma intensiva a su maduración musical y solucionar asuntos técnicos  – siempre los dos aspectos están profundamente conectados –  con tranquilidad, sin la presión de la enseñanza reglada universitaria. Es totalmente modular: el número de clases, el calendario y las horas se acuerdan directamente conmigo, sobre el repertorio y los plazos de cada alumno.

Las recompensas más bonitas para mí son los resultados de mis alumnos: muchos de ellos ya tuvieron su debut en salas notables en Europa, participo con ganas a la construcción de su solidez, pero también de esa adrenalina positiva que les apoya en el momento que salen en escenarios importantes y que es un reto muy peligroso para quienes no saben cómo enfrentarse a ello.

R.P. Desde 2023 preside WPTA Italy y participa en iniciativas como el León Piano Meeting. En un contexto en el que los jóvenes músicos se enfrentan a una gran competencia y a un panorama musical en transformación, ¿qué oportunidades y dificultades encuentra para quienes desean desarrollar una carrera profesional como pianistas?

C.C. Desde la mesa de un jurado se ve con mucha claridad lo que separa a un buen candidato de uno que se recuerda. Casi todos llegan con una preparación técnica sólida. Los que pasan a la final tienen dos cosas más: una voz reconocible y fiabilidad bajo presión. Las dos se pueden formar, pero no aparecen solas, y desde luego no aparecen en las últimas tres semanas antes de un concurso.

La dificultad real hoy no es la competencia, sino la dispersión: muchos jóvenes saben tocar, pero no saben construir un recorrido coherente. La oportunidad es que nunca ha habido tantas maneras de tener una carrera: el recital, la música de cámara, la creación contemporánea, la docencia, la organización de proyectos propios.

El León Piano Meeting nació precisamente de esta idea: un nivel muy alto y, al mismo tiempo, un espíritu de comunidad, en el que los pianistas comparten el trabajo en lugar de vivirse como rivales. Una cosa no excluye la otra. Al contrario: se aprende más rápido cuando se escucha a los demás trabajar.

R.P. En 2017, su álbum Ritratti estuvo entre los ganadores de los Global Music Awards de Los Ángeles, y su trayectoria ha recibido reconocimientos internacionales. Más allá de los premios y los escenarios, ¿qué le gustaría que el público se llevara consigo después de escucharla tocar? Y, mirando al futuro, ¿hay algún repertorio, compositor o proyecto musical que todavía sueñe con explorar?

C.C. Me gustaría que alguien saliera del concierto habiendo escuchado una obra conocida como si fuera la primera vez. Para mí ese es el verdadero reconocimiento: no que recuerden a la pianista, sino que la música les haya llegado sin filtros. Estoy feliz no cuando las personas vienen después del concierto y me dicen “felicidades”, sino cuando me dicen “gracias” sinceramente porque les ha llegado algo, que a veces no saben explicar, y de hecho no hace falta.

Estoy pensando en una próxima grabación, música que significa mucho para mi desde hace siempre pero, por una razón u otra, nunca me acerqué hasta ahora – noticias dentro de final de año.

Y hay un proyecto que ya está en marcha y que me importa mucho: ver crecer a los pianistas que trabajan conmigo, en Madrid, en Milán y en León, hasta que encuentran su propia voz. Es la parte de mi trabajo que más tiempo dura.

Llegamos al final de esta conversación con la sensación de que algunas respuestas no terminan cuando se pronuncia la última palabra, sino que permanecen resonando dentro de nosotros, como esas notas que siguen viviendo en el silencio después de que el piano ha callado.

Cristina Cavalli nos ha permitido asomarnos a una vida consagrada a la música, al rigor del estudio, a la libertad interpretativa y a la generosidad de enseñar. Sus palabras nos recuerdan que el verdadero arte no consiste únicamente en dominar una técnica o alcanzar un escenario, sino en encontrar una voz propia y lograr que algo de nuestra humanidad llegue al corazón de los demás.

Como poeta, encuentro un hermoso punto de encuentro entre su universo y el mío: la música y la poesía nacen de distintas fuentes, pero ambas buscan ese instante extraordinario en el que la emoción encuentra su forma y el silencio adquiere significado.

Querida Cristina, gracias por tu tiempo, por tu generosidad y por compartir con nosotros no solo tu trayectoria, sino también tu manera de comprender y sentir la música. Gracias por recordarnos que el arte más verdadero no necesita explicarse por completo: basta con que nos conmueva, nos transforme y deje en nosotros una huella.

Que nunca te falten las partituras por descubrir, los escenarios donde compartir tu talento y los alumnos en cuyos corazones puedas sembrar la semilla de la música.

Y que, cuando la última nota se extinga, siempre quede esa emoción que ni el tiempo ni el silencio pueden borrar.

Porque, al fin y al cabo, la música y la poesía tienen algo en común: ambas nos enseñan que hay sentimientos que no necesitan traducción, solo un corazón dispuesto a escucharlos.

Muchas gracias, Cristina, por esta conversación y por permitirnos escuchar, a través de tus palabras, un poco de la música que habita en ti.

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