HAY ESTRELLAS QUE ILUMINAN LA ETERNIDAD: Sobre «El maestro y Margarita», de Mijaíl Bulgákov.

Aquel sillón de cuadros

Por: Inma J. Ferrero

Hay libros que se leen y libros que, de alguna manera misteriosa, nos leen a nosotros. Libros que abren una puerta en mitad de la realidad y nos invitan a cruzar, sin advertirnos de que al otro lado nada volverá a ser exactamente igual. El maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov, pertenece a esa estirpe de obras que parecen escritas con tinta, pero también con fuego, con ironía, con sangre y con una fe obstinada en el poder de la imaginación. Una novela que se burla del mundo para revelar sus miserias, que convoca al diablo para hablar de los hombres y que convierte el amor en una fuerza capaz de desafiar incluso a la muerte.

Publicada de manera póstuma, después de que su autor trabajara en ella durante años y hasta los últimos días de su vida, la novela tiene algo de testamento secreto, de mensaje lanzado desde una habitación a oscuras contra la inmensidad del tiempo. Bulgákov escribió en una época en la que la libertad podía convertirse en una condena y la verdad, en una forma de suicidio. Conoció la censura, la incomprensión y el dolor de ver cómo el mundo literario se transformaba en un territorio vigilado por funcionarios de la obediencia. Quizá por eso su libro está habitado por escritores perseguidos, artistas humillados, burócratas ridículos y hombres que han aprendido a mentirse con tanta naturalidad que ya ni siquiera reconocen el rostro de la mentira. Pero Bulgákov, en lugar de levantar un monumento solemne a su sufrimiento, decide convocar al diablo. Y entonces comienza el espectáculo.

Woland llega a Moscú acompañado por una comitiva tan extravagante como inquietante. Hay en él algo de príncipe oscuro, de filósofo cansado y de espectador que conoce de antemano el desenlace de todas las representaciones humanas. Su presencia desata una sucesión de episodios delirantes en los que la ciudad se convierte en un circo grotesco y la respetabilidad de sus habitantes se desmorona con una facilidad extraordinaria. Los hombres que se consideran sensatos pierden la cabeza; los que se creen honrados exhiben sus miserias; quienes se proclaman dueños de la realidad descubren que basta una pequeña grieta en sus certezas para que todo el edificio se venga abajo.

Lo fascinante es que el diablo no necesita inventar demasiado para poner al descubierto la naturaleza humana. Le basta con agitar un poco las aguas. Bajo los trajes, los discursos y las buenas maneras aparecen la codicia, la vanidad, el miedo y esa mezquindad que tantas veces se disfraza de virtud. La sátira de Bulgákov es feroz, pero nunca pierde su alegría de bufón endemoniado. Uno ríe y, casi al mismo tiempo, siente la incomodidad de quien descubre que el chiste también va dirigido contra sí mismo. Porque acaso el infierno no sea siempre un lugar de llamas y condenados: a veces tiene oficinas, reuniones interminables, escritores que adulan al poder y hombres dispuestos a sacrificar su dignidad por una pequeña parcela de seguridad.

Sin embargo, reducir esta novela a su sátira sería como contemplar una tormenta y quedarse únicamente con el ruido de los truenos. En su corazón late una historia de amor que le concede al libro una profundidad inesperada. Margarita ama al maestro, un escritor herido por el rechazo, la persecución y el derrumbe de su propia confianza. Él ha escrito una novela sobre Poncio Pilato y Jesucristo, una historia que parece pertenecer a otro tiempo, pero que también habla de la cobardía, del poder y de la incapacidad humana para sostener la verdad cuando esta amenaza nuestra tranquilidad. Su manuscrito, como su autor, ha sido condenado al silencio. Y en ese silencio comienza a crecer una de las intuiciones más hermosas de Bulgákov: que hay derrotas que el mundo proclama definitivas, pero que no tienen la última palabra.

Margarita es, para mí, una de las grandes presencias femeninas de la literatura. No porque sea perfecta ni porque responda a ningún ideal de virtud, sino porque está dispuesta a atravesar la oscuridad para rescatar aquello que ama. Su amor no es una contemplación resignada ni una emoción delicada que se marchita ante el primer golpe de la adversidad. Es decisión, riesgo, vértigo y metamorfosis. Margarita no espera a que el mundo le devuelva al hombre que ha perdido; se interna en el territorio de lo imposible y acepta convertirse en otra cosa para llegar hasta él. En su transformación hay una libertad feroz, una negativa a obedecer las leyes de una realidad que pretende dictarle cuánto puede amar, hasta dónde puede llegar y qué debe sacrificar para ser aceptada.

Su vuelo nocturno, su alianza con Woland y su participación en el gran baile de Satán poseen la belleza inquietante de los sueños en los que el alma abandona por un instante las limitaciones del cuerpo. Hay algo profundamente poético en esa mujer que atraviesa la noche mientras la ciudad duerme, como si el amor le hubiera concedido unas alas que ninguna autoridad podría confiscarle. Margarita desciende a las regiones más oscuras sin perder la capacidad de la ternura. Y quizá esa sea su verdadera grandeza: no sale indemne del encuentro con las tinieblas, pero tampoco permite que las tinieblas decidan quién es.

Como poeta, encuentro en esta novela una celebración de la imaginación entendida no como evasión, sino como una forma de resistencia. Bulgákov mezcla lo cotidiano con lo sobrenatural, la farsa con la tragedia, la carcajada con el espanto, y lo hace con una libertad narrativa que parece desafiar cualquier frontera. Sus escenas se suceden con la lógica imprevisible de una pesadilla y la precisión de una composición musical. Hay momentos en los que la prosa adquiere una extraña luminosidad, como si el autor hubiese encontrado una rendija por la que se filtra una verdad que el lenguaje ordinario no alcanza a nombrar. La realidad se vuelve porosa, los símbolos respiran y los personajes parecen moverse entre dos mundos: el que habitamos y ese otro que intuimos cuando soñamos, cuando amamos o cuando nos asomamos al abismo de nuestra propia conciencia.

También la historia de Poncio Pilato y Jesús introduce una dimensión que va más allá del ingenio satírico. En ella resuenan la culpa, el miedo y la tragedia de quien reconoce una verdad, pero carece del valor necesario para defenderla. Pilato comprende más de lo que se atreve a admitir. Su condena no nace únicamente de la maldad, sino de una debilidad mucho más reconocible: el temor a perder su posición, su poder y la protección de quienes gobiernan por encima de él. Bulgákov parece recordarnos que hay ocasiones en las que la cobardía constituye la verdadera catástrofe moral, porque basta un instante de silencio para cambiar el destino de un hombre y, acaso, el sentido entero de una vida.

Las distintas historias de la novela se entrelazan hasta formar un universo en el que ninguna frontera resulta del todo segura. El Moscú soviético, con su materialismo y sus pequeñas tiranías, convive con la Jerusalén de los últimos días de Jesús y con un reino sobrenatural donde el bien y el mal revelan una complejidad que incomoda nuestras certezas. Nada es tan sencillo como parece. El diablo puede mostrarse más lúcido que los hombres respetables; quienes son considerados culpables pueden conservar una dignidad que sus jueces han perdido; y el amor puede conducir a una mujer hasta las puertas del infierno para devolverle, paradójicamente, la posibilidad de la paz.

No todo en El maestro y Margarita es igualmente fácil de seguir. Su estructura es deliberadamente desbordante, sus cambios de registro pueden desconcertar y algunos pasajes parecen obedecer a una lógica que solo el sueño conoce. Pero esa exuberancia forma parte de su encanto. Bulgákov no construye una máquina narrativa perfectamente domesticada, sino un universo vivo, caprichoso y febril. La novela tiene algo de carnaval metafísico, de aquelarre literario y de poema narrativo que se niega a aceptar que la realidad termine donde empiezan nuestras explicaciones. Leerla exige entregarse a sus desvíos, aceptar que no todo debe quedar resuelto y comprender que algunas obras no nos piden tanto que las descifremos como que aprendamos a habitarlas.

Y, por encima de todo, permanece una idea que atraviesa el libro como una corriente subterránea: la creación no se somete fácilmente a la destrucción. El maestro ha sido silenciado, su obra ha sido rechazada y su espíritu parece haber quedado reducido a cenizas; sin embargo, su historia persiste. Bulgákov conocía demasiado bien la fragilidad de un escritor ante los poderes de su tiempo, pero también sabía que ninguna autoridad puede garantizarse el dominio absoluto sobre el porvenir. Los libros pueden ser censurados, escondidos, mutilados o condenados a desaparecer. Pueden dormir durante años en la oscuridad, esperando que alguien vuelva a encontrarlos. Pero existe en ellos una obstinación que se parece a la vida misma: una vez que han sido escritos, comienzan a pertenecer a un tiempo que ningún verdugo controla.

Quizá por eso el título de la novela contiene una promesa tan íntima. El maestro y Margarita. Él y ella. La fragilidad y el coraje. El hombre que ha perdido la fe en su propia voz y la mujer que se niega a aceptar que esa voz haya desaparecido para siempre. En torno a ellos gira el diablo, se agita la historia, se derrumban las apariencias y se revela la miseria de los poderosos. Pero lo que permanece en el centro no es el escándalo, ni la magia, ni siquiera la lucha entre el bien y el mal. Es el vínculo entre dos seres que, en medio de un mundo empeñado en destruir cuanto no comprende, encuentran una razón para seguir existiendo.

Al cerrar el libro, uno tiene la sensación de haber asistido a una ceremonia extraña, a un juicio celebrado por las sombras y presidido por una carcajada inmortal. Pero también queda algo más delicado, una música que persiste cuando el estruendo ha terminado. Porque El maestro y Margarita no nos deja únicamente la imagen de una ciudad enloquecida, de un diablo que conoce nuestras debilidades o de una mujer capaz de desafiar las leyes del universo por amor. Nos deja la sospecha de que la realidad es mucho más vasta que el miedo con el que intentamos reducirla, y de que la imaginación, cuando se niega a obedecer, puede convertirse en una de las formas más altas de la libertad.

Y entonces, cuando todo parece haber concluido, cuando las últimas páginas se cierran y el mundo vuelve a reclamar sus horarios, sus relojes y sus miserables certidumbres, uno comprende que hay libros que no terminan: se quedan ardiendo en algún lugar secreto del alma. Allí donde el amor se confunde con la eternidad, donde los muertos todavía pueden hablarnos y donde las palabras, incluso después de haber sido condenadas a la hoguera, conservan el fulgor de las estrellas. Allí sigue Margarita, atravesando la noche con el corazón convertido en ala; sigue el maestro, rescatando de las cenizas la obra que creyó perdida; sigue Woland, sonriendo ante la comedia interminable de los hombres; y sigue Bulgákov, el escritor que miró a los ojos de su tiempo y se atrevió a imaginar un universo más poderoso que sus verdugos. Porque hay una victoria que no necesita ejércitos, una llama que no se extingue con el último soplo del viento y una forma de amor que ni el diablo puede comprar ni la muerte puede reclamar como suya. Y cuando la historia haya olvidado los nombres de los censores, cuando los palacios del poder sean polvo y las estatuas se desmoronen bajo la lluvia de los siglos, todavía habrá alguien que abra estas páginas y escuche, en la penumbra, el rumor de unas alas. Entonces comprenderá que la literatura es ese milagro que nos permite desafiar a la noche sin dejar de ser mortales, que la poesía es una manera de encender el infinito dentro de una palabra y que el amor, cuando alcanza su más alta temperatura, deja de pertenecer a los hombres para convertirse en una fuerza del universo. Y allá, sobre las ruinas de todo lo que quiso imponerle límites al sueño, brillará para siempre la última certeza de Bulgákov: que el mundo puede condenar a un hombre, que el tiempo puede cubrir de ceniza su nombre, que la oscuridad puede reclamarlo todo, menos aquello que ha sido escrito con el alma y amado hasta el fin. Porque hay obras que son estrellas, y hay estrellas que, aun después de apagarse, continúan iluminando la eternidad.

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