Por: Lourdes Delgado

París, 1964
Es la hora del lobo y un hombre de cincuenta y tres años transita las oscuras calles de una ciudad silente. Se llama Emil Cioran y lleva treinta años, a pesar de su insomnio, caminando con la pretensión de existir. Ha rellenado páginas y páginas confesando lo inconfesable para el ser humano, que la vida carece de sentido.
Al otro lado de Montparnasse, está la Maga, una muchacha de veintiocho años que hace equilibrios en el puente del Sena encima del pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Su amigo Julio la encuentra allí y la coge delicadamente por la cintura; la invita a jugar a la Rayuela. Él sabe que ella quiere morir. Se llama Alejandra Pizarnik.
Dos personas, dos mundos que nunca pudieron mirarse a los ojos y comprobar que el otro sufría de la misma enfermedad, no saber cómo se vive la vida.
Filósofo y poeta fueron arrojados a un mundo inhabitable donde solo los locos y los tontos viven, el resto sobrevive, cada uno como puede. Los lúcidos vivimos la vida como un problema porque necesitamos justificárnosla cada mañana.
Cioran nunca quiso estar aquí, y entonces ideó con su lucidez una salida a la condena de estar vivo: el suicidio. Era una posibilidad, una poderosa arma de disidencia contra una vida que no se entiende, que descomprende al hombre y desoye su sufrimiento. Alejandra quería vivir, pero no sabía cómo, nadie le enseñó los gestos.
¿Qué hacemos, entonces, con una vida que no queremos?
Cioran enfrenta la pregunta como un problema filosófico y se distancia. Alejandra la vive desde dentro, como experiencia íntima, como una herida. Hay días en los que el mundo hace demasiado ruido, y uno se siente tan pequeño que hay que debe esconderse en una habitación propia para poder continuar. Cioran sabe que ninguna explicación puede salvarnos. Alejandra lo desconoce y piensa que quizás basta con extraer la piedra de la locura. Y escribe, escribe, escribe para salvarse, para darle sentido al sufrimiento, pero se cansa, se cansa mucho, se cansa tanto porque la vida, para dolerla, toma tantas formas extrañas… y ella ya no sabe qué cara viste.
¿Por qué estamos vivos si cuesta tanto?
Nacer es una tragedia que nos imponen. Nadie nos preguntó si queríamos existir. Nos trajeron obligados a un mundo que ya estaba en marcha con unas reglas propias que nada tienen que ver con el hombre; y es por eso que nacer es un desastre, para nada es motivo de celebración, sino el inicio de un martirio que dura eternamente. La vida no es más que un vértigo constante, una caída sin fondo, y Alejandra sabe mucho de pozos. Es terrible estar despierto en un mundo que no tiene nada que decir. Estar vivo es un trabajo sin sentido, una imposición que duele. Y uno se hace todas las preguntas para darse cuenta que no va a poder responder ninguna.
Cioran acepta caminar en el mundo de todos los días sin saber por qué estamos aquí y que probablemente nunca lo sabremos. Alejandra se desdobla ¿Quién es esta que habita mi vida? se pregunta. Tiene que fracturarse para poder habitarse desde el verso.
“Yo no soy de este mundo confesaba. Yo habito con frenesí la luna. No tengo miedo a morir. Tengo miedo de esta tierra ajena, agresiva…”
Ninguno de los dos, ni el lúcido filósofo de la desesperación ni la poeta de la desaparición escribieron porque hubieran encontrado sentido a la vida, sino para poder soportar la tragedia de estar vivos. ¿Qué clase de vida es esa que necesita escribir sobre la muerte para seguir viviendo? ¿Y si seguir escribiendo fuera paradójicamente un modo de seguir del lado de la vida? Cioran y Alejandra habían descubierto que ponerle palabras al dolor podía aplazar la muerte. La escritura se convierte en una especie de tierra media, en una especie de tierra de nadie: no exactamente vida, no exactamente muerte.
Cioran descubre el absurdo de la vida; Pizarnik lo vive en el vacío que nunca se llena, en la noche oscura del alma, en el naufragio unánime de las ruinas circulares, en la soledad inconmensurable, que maúlla y que es insoportable. Cioran piensa la soledad, tal vez con exceso de lucidez, y los excesos nunca fueron buenos. Alejandra la oye, con exceso de sensibilidad.
La pregunta que se abre aquí es ¿qué hace que alguien, que ha dejado de encontrar una razón para vivir, siga viviendo?
Un día Cioran viene a saber de Alejandra. Descubre que cerca de él había vivido una desesperada, él que tanto había hablado sobre la desesperación; y que probablemente se habrían cruzado por Montparnasse y nunca llegaron a conocerse. Cioran descubre que una mujer que residía a pocos metros de donde él emborronaba cuartillas sobre el suicidio, se había suicidado. De pronto la filosofía de Cioran se encuentra con algo que ninguna filosofía puede resolver: el no haber podido hacer nada con el dolor del otro. Cioran había hecho de la tentación del suicidio el eje de su pensamiento, pero cuando el suicidio deja de ser una idea y baja de las cimas de la desesperación a la podredumbre del mundo, y adquiere el rostro de una joven poeta, la cosa cambia. Hasta ese instante la muerte para Cioran había sido un concepto, y Pizarnik la convirtió en persona. Alguien que había respirado el mismo aire que Cioran, que se había mojado con la misma lluvia, que había vivido el mismo derrumbe todos los días al levantarse y comprobar que estamos vivos sin saber por qué,ahora estaba muerta. Cioran que llevaba consigo la muerte, y con ella las palabras para poder nombrarla, no pudo hablar. No hubo encuentro. No hubo confesión. No hubo consuelo.
Cioran diría al respecto:” Cuántas veces me habré cruzado con esa desconocida, que llevaba consigo una desesperación que yo comprendo tan bien, y para la que podía haber dado consuelo”.
¿Qué hizo que uno continuara y otro no?
Cioran se pasó la vida conversando con la muerte, pero siempre supo cuando llegó la hora de levantarse de la mesa antes de que acabara la conversación. Alejandra, que sintió en cada célula de su cuerpo el vértigo de estar viva, que sufrió el derrumbe constante, íntimo, silencioso, que acaece todos los días cuando amanece y tomamos conciencia de que estamos vivos sin saber por qué, se rindió ante un mundo que la desconocía y que solo era habitable a través del grito silencioso y la herida, se cansó de exhalar en los versos, y en una de esos diálogos con la muerte decidió no levantarse de la mesa.