The classic side
Por: Inma J. Ferrero

Hay un instante anterior a toda palabra, cuando el silencio aún no conoce su nombre y la oscuridad guarda, intacta, la posibilidad de todas las cosas. A ese territorio primordial nos conduce Génesis, el proyecto internacional de Baruj Berliner, una travesía artística hacia el nacimiento del mundo y los abismos de la conciencia humana, allí donde la creación y la libertad se encuentran y el destino todavía parece una página en blanco.
Desde el principio de los tiempos, el ser humano ha sentido la necesidad de imaginar cómo comenzó todo. Hemos levantado mitos, pronunciado plegarias, escrito poemas y contemplado las estrellas buscando una respuesta a esa pregunta que permanece intacta bajo todas las demás: de dónde venimos y qué sentido tiene nuestra presencia en el universo. Pero quizá la fascinación de los orígenes no resida únicamente en descubrir lo que ocurrió antes de nosotros, sino en comprender qué parte de aquella historia continúa sucediendo dentro de cada uno.
En esa frontera entre lo universal y lo íntimo nace Génesis. Baruj Berliner, compositor, matemático, filósofo y escritor, convierte los primeros relatos bíblicos en una obra musical que no se limita a narrar el nacimiento del mundo, sino que explora las fuerzas que determinan la experiencia humana. Su poema sinfónico recorre siete episodios fundamentales: la Creación, Adán y Eva, la expulsión del Paraíso, Caín y Abel, Noé, el Diluvio y la Alianza con la humanidad. Sin embargo, bajo esa sucesión de imágenes reconocibles late una inquietud que trasciende cualquier época: la lucha entre el bien y el mal y la posibilidad de elegir, incluso cuando elegir significa enfrentarse a las consecuencias de nuestros propios actos.
Porque crear un mundo no consiste solamente en hacer aparecer la luz. También significa abrir un espacio en el que pueda existir la libertad, con toda su grandeza y todo su peligro. Desde el momento en que el ser humano puede decidir, el relato de la creación deja de ser únicamente una historia sobre el principio de las cosas y se convierte en una historia sobre la responsabilidad. El Paraíso puede perderse, el amor puede ceder ante los celos, la convivencia puede quebrarse y la destrucción puede extenderse hasta amenazar la vida misma. Pero incluso después de la caída queda abierta la posibilidad de un nuevo comienzo.

Esa es, a mi juicio, una de las razones por las que el proyecto de Berliner conserva una resonancia tan profundamente humana. Sus personajes pertenecen a una narración ancestral, pero sus conflictos no han envejecido. Caín y Abel siguen habitando las contradicciones de nuestra especie; el Diluvio continúa evocando el momento en que las consecuencias de nuestras decisiones parecen desbordar toda posibilidad de reparación, y la Alianza introduce una luz distinta, no la de un mundo que jamás conocerá el dolor, sino la de un mundo que todavía puede aspirar a la esperanza. Lo antiguo se vuelve presente porque, en el fondo, seguimos aprendiendo a convivir con las mismas fuerzas que dieron forma a aquellas primeras historias.
La música es el lenguaje elegido por Berliner para acercarse a ese misterio. Allí donde una explicación puede cerrar el sentido, el sonido lo deja respirar; allí donde las palabras nombran los acontecimientos, la música puede hacernos sentir su peso, su belleza o su amenaza sin obligarnos a traducir cada emoción en un pensamiento concreto. Una melodía puede contener la inocencia de un comienzo y, en su misma respiración, insinuar la fragilidad de cuanto amamos. Puede acercarnos a la oscuridad sin condenarnos a permanecer en ella y abrir, entre dos notas, un espacio para aquello que todavía no sabemos expresar.
La unión de música, narración y videoarte amplía ese lenguaje y convierte Génesis en una experiencia artística capaz de adoptar distintas formas. La palabra acerca al público el relato que inspira la composición; las imágenes prolongan su dimensión simbólica, y la música establece entre ambas una corriente emocional que atraviesa la obra. Además de su versión clásica para narrador y orquesta, el proyecto se ha desarrollado en otros formatos, entre ellos el sinfónico-rock, el ballet y distintas propuestas concertísticas. La historia conserva su núcleo, pero encuentra nuevas maneras de expresarse, como si cada lenguaje artístico descubriera una puerta diferente hacia el mismo misterio.
Esta capacidad de transformación forma parte de la historia del propio proyecto. Desde sus comienzos, Génesis ha ido ampliando su horizonte hasta llegar a públicos de numerosos países, con interpretaciones que incorporan sus lenguas y sensibilidades. En ese recorrido, Najum Slutzker ha desempeñado un papel decisivo junto a Berliner, impulsando la producción y la difusión internacional de la obra. Una visión concebida en la intimidad de la creación ha encontrado así la posibilidad de viajar, renovarse y establecer un diálogo con personas que no comparten necesariamente una misma cultura, pero que pueden reconocerse en las preguntas esenciales que la obra plantea.
Hay algo profundamente poético en ese viaje. Una creación artística comienza siendo una forma interior, una intuición que todavía no tiene existencia fuera de quien la imagina. Después necesita atravesar el tiempo, encontrar otras manos, otras voces y otras miradas, hasta que aquello que pertenecía a una sola conciencia empieza a formar parte de la experiencia de muchos. En ese tránsito, la obra no permanece inmóvil: se enriquece con cada nueva interpretación y revela matices que quizá ni siquiera eran visibles en su primer nacimiento. La creación, entonces, deja de ser un acontecimiento concluido y se convierte en una fuerza que continúa transformándose.
Dentro de ese universo se encuentra el Maestro Lior Shambadal, director y compositor cuya trayectoria musical se ha formado a través de años de estudio, trabajo y encuentro con distintas tradiciones interpretativas. Su colaboración con el proyecto añade una presencia artística que merece ser contemplada no solo desde la responsabilidad de dirigir una orquesta, sino también desde la sensibilidad particular con la que un músico se aproxima a una obra que habla del origen, de la contradicción y de la libertad. Porque hay intérpretes que no se limitan a dar forma a una composición: parecen buscar, detrás de sus notas, el pensamiento secreto que la mantiene viva.
Siempre me ha parecido que la dirección de orquesta guarda una afinidad misteriosa con la poesía. Ambos oficios exigen una atención extrema a lo que no se ve, a los intervalos, a las pausas y a esa respiración invisible que determina cuándo una expresión alcanza su verdad. El poeta puede elegir cada palabra, pero necesita algo más que el dominio del lenguaje para conseguir que un verso tenga vida; del mismo modo, el director puede conocer una partitura en toda su complejidad, pero hay una dimensión de la interpretación que no se obtiene mediante el conocimiento solamente. Hace falta escuchar más allá de lo escrito, reconocer las tensiones que atraviesan una obra y comprender que, a veces, la emoción más profunda nace de aquello que se contiene y no de aquello que se exhibe.
En Lior Shambadal hay una relación con la música que invita a detenerse precisamente en esa frontera. Su figura me hace pensar en la tensión entre la fuerza y la delicadeza, entre la voluntad de conducir y la necesidad de escuchar, entre la claridad de quien conoce su camino y la sensibilidad de quien sabe que ningún camino se revela por completo de antemano. Es una combinación que me interesa porque no responde a una imagen sencilla del artista. La verdadera profundidad rara vez se deja reducir a un solo rasgo; suele habitar en las contradicciones que una persona aprende a sostener sin perder su centro.

Quizá el arte de dirigir consista, en buena medida, en comprender que la fuerza no siempre necesita imponerse y que la sensibilidad no es una forma de debilidad. Hay una clase de autoridad que nace de la atención, de la capacidad de percibir los movimientos más pequeños y de saber cuándo un gesto debe abrir camino y cuándo debe retirarse para permitir que la música encuentre su propia voz. Para llegar a ese equilibrio no basta con ordenar el sonido: es necesario desarrollar una relación profunda con el tiempo, con la espera y con la naturaleza irrepetible de cada instante.
Me interesa imaginar esa relación como una forma de diálogo silencioso entre el artista y aquello que intenta revelar. La partitura contiene una posibilidad, pero no su única realización; espera a quien pueda acercarse a ella con conocimiento y, al mismo tiempo, con la humildad necesaria para no confundir la interpretación con la posesión. En ese encuentro, el dominio del oficio y la intuición dejan de ser fuerzas opuestas. La experiencia permite reconocer lo esencial, mientras que la sensibilidad impide que lo esencial se convierta en una fórmula.
Tal vez por eso haya algo especialmente elocuente en la imagen del director ante una orquesta: un hombre que debe reunir muchas voluntades sin borrar sus diferencias, sostener una arquitectura común sin sofocar las voces que la forman y conducir una música cuyo verdadero destino está fuera de sus manos. La tarea exige decisión, pero también una forma de confianza; exige presencia, aunque su propósito no sea ocupar el centro, sino hacer posible que algo más grande que el gesto individual alcance su plenitud. Y en esa paradoja encuentro una imagen que trasciende la música, porque también la vida nos pide aprender a distinguir entre aquello que podemos guiar y aquello que debemos permitir que exista.
En el contexto de Génesis, esa sensibilidad adquiere una resonancia particular. Una obra que explora la libertad humana, la fragilidad de nuestras elecciones y la posibilidad de volver a comenzar necesita encontrar, en cada interpretación, algo más que una reproducción de sus formas. Necesita seguir siendo una pregunta viva. La dirección musical participa de ese delicado proceso por el que una composición concebida en otro tiempo vuelve a habitar el presente, y en esa renovación la experiencia del intérprete se encuentra con la visión del compositor sin anularla ni quedar reducida a ella.
Hay personas que parecen comprender el mundo a través de lo que hacen y otras que revelan tanto en sus silencios como en sus acciones. En un artista, a veces, ambas dimensiones se confunden: el oficio se convierte en una forma de expresión personal y la manera de ejercerlo deja entrever una sensibilidad que va más allá de la técnica. En Lior Shambadal, lo que me interesa observar es precisamente esa posibilidad de que la música no sea únicamente una disciplina dominada, sino también un lugar de encuentro consigo mismo, una forma de ordenar el caos sin fingir que el caos ha desaparecido. Porque quizá la madurez de un artista no consista en haber resuelto todas sus contradicciones, sino en haber aprendido a escucharlas sin permitir que destruyan la armonía que intenta construir.
Y esa es una de las intuiciones que Génesis hace resonar con mayor fuerza: la creación no elimina el conflicto, sino que nos obliga a descubrir qué hacemos con él. La libertad no garantiza la bondad, del mismo modo que el conocimiento no garantiza la sabiduría. Entre lo que deseamos y lo que elegimos existe un espacio delicado en el que se define, una y otra vez, nuestra relación con los demás y con nosotros mismos. La obra de Berliner se adentra en ese espacio sin convertirlo en una respuesta sencilla, recordándonos que cada ser humano participa de una lucha antigua cuyo desenlace nunca está escrito de antemano.
Quizá por eso la esperanza que atraviesa Génesis no sea una promesa de perfección, sino una invitación a continuar. Después de la caída, después de la violencia, después de las aguas que parecen borrar todo vestigio de lo anterior, la historia vuelve a abrirse. No porque el sufrimiento carezca de consecuencias, sino porque el futuro no tiene por qué ser una copia inevitable del pasado. Existe la posibilidad de aprender, de reparar, de elegir de otra manera. Y esa posibilidad, por pequeña que parezca frente a la inmensidad del universo, contiene una forma extraordinaria de grandeza.
La obra nos recuerda así que el origen no pertenece exclusivamente a un tiempo remoto. Cada vez que una persona se enfrenta a una decisión esencial, algo vuelve a comenzar; cada vez que elige la compasión en lugar de la crueldad, la responsabilidad en lugar de la indiferencia o la esperanza en lugar de la renuncia, participa de una creación que nunca termina de completarse. El mundo no está hecho solamente de aquello que recibimos, sino también de aquello que añadimos con nuestros actos, con nuestras palabras y con la manera en que decidimos mirar a los demás.
Al llegar al final de este viaje, siento que la pregunta inicial ha cambiado de forma. Ya no se trata únicamente de imaginar cómo apareció la primera luz, sino de comprender qué hacemos nosotros con ella. Baruj Berliner ha encontrado en la música un lenguaje para explorar ese misterio; la historia internacional del proyecto muestra cómo una visión puede atravesar fronteras y transformarse sin perder su esencia, y los artistas que la interpretan permiten que sus preguntas vuelvan a cobrar vida ante cada nuevo público. En esa unión de pensamiento, sonido e imaginación, Génesis encuentra su fuerza: no nos entrega un universo cerrado, sino que nos invita a participar en uno que todavía está naciendo.
Y quizá el verdadero prodigio de la música sea precisamente ese: conseguir que, durante un instante, sintamos que el universo no es una inmensidad ajena que se extiende sobre nuestras cabezas, sino un misterio del que también formamos parte. Que la historia de las primeras luces no ha terminado, que la oscuridad no posee la última palabra y que incluso en el corazón de nuestras contradicciones puede sobrevivir una promesa de transformación.
Entonces imaginamos el silencio primordial, vasto e intacto, anterior a los nombres, a las fronteras y a la memoria; un silencio que no era ausencia, sino espera, una inmensa reserva de posibilidades en la que todo cuanto existe permanecía todavía sin forma. Y de aquella profundidad comienza a elevarse una vibración, primero tenue, casi imperceptible, hasta que el sonido encuentra su camino y la creación deja de ser una promesa para convertirse en presencia.
La música crece como una fuerza que atraviesa la noche, reúne las voces dispersas y despierta aquello que parecía dormido desde el principio de los tiempos. En su ascenso resuenan la inocencia y la caída, el amor y la violencia, el abismo de nuestras decisiones y la obstinada voluntad de volver a empezar. Todo lo humano encuentra allí su lugar, no como una historia terminada, sino como una posibilidad abierta que todavía espera nuestra respuesta.

Y cuando la luz parece inundarlo todo, comprendemos que no hemos asistido solamente al nacimiento imaginado de un mundo, sino al despertar de una responsabilidad inmensa: la de cuidar aquello que existe, la de no entregar nuestra libertad a la oscuridad, la de reconocer que cada elección puede destruir o preservar una parte de la creación. Porque la verdadera grandeza no consiste en haber nacido bajo la luz, sino en decidir qué hacemos con ella cuando llega el momento de elegir.
Así, Génesis vuelve a abrir las puertas del principio y nos sitúa ante el misterio de todo cuanto puede ser. La música se eleva, el silencio se transforma y el universo parece contener, en una sola respiración, todas las historias que han sido y todas las que aún aguardan su nacimiento. No hay una última frontera para la imaginación, ni una palabra capaz de clausurar por completo el sentido de la creación; hay, en cambio, una promesa que atraviesa el tiempo y nos alcanza allí donde todavía somos capaces de asombrarnos.
Porque quizá, antes de que existiera la luz, ya existía la posibilidad de que algo llegara a iluminarse; antes de que naciera la primera voz, ya existía el anhelo de ser escuchado; y antes de que el mundo conociera su nombre, ya latía en el silencio el misterio de todo lo que algún día podría llegar a ser.
La música nos devuelve a ese instante imposible y, por un momento, nos permite sentir que estamos presentes en el origen de todas las cosas, ante una creación que no termina de desplegarse y una libertad que vuelve a poner el futuro en nuestras manos.
Y entonces la última nota no cae en el vacío, sino que se convierte en horizonte; el silencio ya no es el lugar donde todo termina, sino el espacio inmenso donde todo puede volver a comenzar. La luz atraviesa la noche, la noche descubre que también guardaba semillas de claridad, y el universo entero parece elevarse en una sola e inagotable promesa: mientras exista la posibilidad de elegir, ninguna historia estará escrita para siempre.
Porque la creación no ocurrió una sola vez, en un tiempo perdido antes de la memoria. Continúa en cada conciencia que despierta, en cada mano que construye en lugar de destruir, en cada ser humano que, frente a la oscuridad, decide convertirse en luz.
Y quizá esa sea la música que precedió al primer amanecer y que todavía hoy, invisible e inmensa, continúa sonando dentro de nosotros: la música de todo lo que existe, de todo lo que puede transformarse y de todo lo que aún espera nacer.
PROYECTO GÉNESIS:
Website: https://berlinersgenesis.com/es/home/
VÍDEO PROMOCIONAL:
Vídeo promocional sobre el “Proyecto Internacional del Baruch Berliner” en español.
VERSIÓN DEL ARTÍCULO EN INGLÉS
Traducción al inglés: Cristina Díaz.