Por: Tomás Sánchez Rubio

Continuamos con nuestra breve sección mensual en la revista Proverso, y que, con el nombre Al encuentro de las palabras, está dedicada a profundizar en la raíz u origen de determinados vocablos del idioma castellano. Ya sabéis, amigas y amigos, de mi afición por este tipo de cuestiones etimológicas, las cuales nos deparan, a veces, sorpresas y anécdotas curiosas.
Hoy comentaremos el peculiar término brújula.
Según el Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española, la brújula se define principalmente como un instrumento consistente en una caja en cuyo interior una aguja imantada gira sobre un eje y señala el norte magnético. Su utilidad es la de determinar la dirección sobre la superficie terrestre en relación con los puntos cardinales. Asimismo, en el ámbito marítimo hace referencia específica a un instrumento de la embarcación que indica el rumbo, y que consiste en una caja, redonda y de bronce, con dos círculos concéntricos; de estos, solo gira el interior, que lleva la aguja magnética, mientras que el exterior, fijo, lleva señalada la dirección de la quilla del buque.
Pues bien, debemos señalar que el término castellano sería una evolución del italiano bussola ─que daría búixola en catalán─. Tal término, aparte de referirse específicamente a lo que entendemos por el instrumento de orientación referido, siendo usado en el siglo XIII por los navegantes, también designaba a una pequeña caja o recipiente. Esta voz italiana se relaciona a su vez con el latín vulgar buxĭda, con la raíz de buxus, nombre del boj ─un arbusto cuya madera se utilizaba tradicionalmente para fabricar objetos pequeños, cajas y recipientes─, y que resulta casi un calco del griego clásico πυξίδα, acusativo singular del sustantivo femenino de la tercera declinación πυξίς, -ίδος, “caja de boj”.

Así pues, nos encontramos con que el nombre original hacía referencia exclusivamente al recipiente físico que protegía y contenía la aguja imantada, sin relación directa con los puntos cardinales.
El caso es que la palabra brújula, tal cual la conocemos hoy, comenzó a registrarse por escrito en la lengua castellana a lo largo del siglo XVI. Durante la primera mitad del XV, la forma búxola aparece en las traducciones del polifacético y controvertido escritor Enrique de Villena, conocido como el Astrólogo o el Nigromante, y mencionado por su contemporáneo Juan de Mena en el poema alegórico Laberinto de Fortuna. Más tarde, como brúxula o ya brújula, reemplazaría paulatinamente a las denominaciones medievales tradicionales españolas «aguja de marear» o «calamita».
La voz brújula quedará asentada lexicográficamente por primera vez en el Tesoro de las dos lenguas francesa y española, innovador diccionario bilingüe del gramático y traductor galo César Oudin, de 1607. No obstante, hasta 1817 no hará su entrada oficial en el Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española.
En cuanto al instrumento de orientación en sí, diremos que surgió en la antigua China durante la dinastía Han, alrededor del siglo II a. C. Los habitantes del país asiático lo denominaban con el curioso nombre de sinan, que significa «gobernador o indicador del sur». Cuando ellos descubrieron, por su parte, las propiedades naturales del mineral que los griegos denominarían μαγνῆτις λίθος (piedra de Magnesia o magnetita), lo usaron en principio para ubicar sus construcciones de manera armónica con la naturaleza.

Fue durante la dinastía Song (entre los siglos IX y XII), cuando los chinos empezaron a usar la brújula para orientarse en los barcos. A través de las rutas comerciales y el contacto con los árabes, la brújula llegó a Europa durante la Edad Media. En Occidente se adaptó el aparato para que la aguja apuntara hacia el norte ─no al sur, como en Oriente─, lo que ayudó en los grandes viajes de exploración de los siglos XV al XVII.
Como curiosidad, me gustaría hacer referencia al hecho comprobado de que, aunque popularmente se llegó a asociar la palabra brújula con bruja ─entendiéndose la primera como equivalente a “brujita”─, no hay ninguna relación etimológica entre ambos términos. La falsa relación que se estableció se debía, aparte de por su parecido léxico (amén de que la terminación -ula daba lugar al diminutivo femenino en latín), también por la naturaleza aparentemente «mágica» de una aguja que, sin intervención humana directa, apuntara hacía un punto cardinal concreto. Y es que para el origen de la palabra bruja (que en el siglo XIII aparece documentada por primera vez en su forma antigua «bruxa») se establecen distintas hipótesis que lo alejan de la formación de brújula. Son las siguientes:
1.Teoría prerromana. Se la relaciona con el término protocelta *brixta, que significaba «hechizo».
2.Teoría sobre un origen en el latín vulgar. Algunos proponen una derivación de voluxa, que significaría «la que vuela».
3.Teoría germánica. Historiadores antiguos sugirieron raíces góticas o nórdicas como brugga (hervir o elaborar una pócima), ligada al término inglés brew.
Para terminar esta breve exposición, me gustaría hacer referencia al verbo brujulear, término de uso común en la actualidad, surgido a partir de brújula.
Curiosamente, aunque parezca una voz novedosa, brujulear se recoge por primera vez en el diccionario de la Real Academia Española en la edición de 1925. En esa época, el verbo entró al diccionario académico con sus acepciones tradicionales ligadas, en primer lugar, al juego de naipes (mirar las cartas poco a poco por la parte superior para adivinar el palo por la «pinta»), así como a la acción de conjeturar o indagar algo por indicios. Con el paso del tiempo, el diccionario fue sumando otros significados comunes como «andar sin rumbo fijo, deambular» o «moverse con habilidad para conseguir un fin, intrigar”.
Para saber más:
-Corominas, Joan; Pascual, José Antonio. 1996. Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico. Editorial Gredos
-Soca, Ricardo. El origen de las palabras. 2021. Rey Naranjo Editores