ZENOBIA CAMPRUBÍ, LA SOMBRA LUMINOSA

El Atelier

Por: Inma J. Ferrero

Su nombre es conocido por todos, pero su figura y su legado se han ido descubriendo poco a poco, después de que hubieran sido eclipsados durante décadas por su marido, el poeta Juan Ramón Jiménez. De Zenobia Camprubí persiste la idea de que fue la sombra de su marido, de que fue la eterna traductora de Tagore, de que renunció a su vida aún con dudas.

Zenobia era una mujer moderna y libre, antes de que las mujeres empezaran a ser visibles ayudadas por las leyes de la Segunda República. Fue una mujer que brilló con luz propia, una mujer adelantada a su tiempo, en la que se pueden ver reflejadas muchas mujeres del presente. Entre otros datos, Zenobia era bilingüe, siendo muy joven, escribía cuentos para Vogue en inglés, tradujo, entre otros, al poeta Tagore. Fue una de las primeras mujeres en España con carnet de conducir. Fue precursora de los negocios de exportación de artesanía popular para su venta en el extranjero, también regentaba en Madrid empresas que se consideran precedentes de los modernos paradores que hoy día conocemos, alquilaba apartamentos en el madrileño barrio de Salamanca que decoraba con los muebles que vendía en su negocio de antigüedades y exportación. Además fue pionera en la lucha por las libertades y derechos de la mujer, como vicepresidenta del Lyceum fundado por Victoria Kent.

Nacida en el seno de una familia acomodada, Zenobia Camprubí gozó de una esmerada educación dirigida por su madre y abuela, de manos de profesores particulares. Dominaba varias lenguas (español, inglés y francés) y tenía una amplia formación en literatura, historia y música. Viajera incansable, escribió, tradujo, impartió clases y conferencias en la universidad y se involucró durante toda su vida en numerosas iniciativas culturales y sociales de diversa índole, como la ayuda a los más desfavorecidos, la protección de la infancia o los derechos de la mujer, como ya hemos señalado anteriormente.

Cuando conoció al poeta, rápidamente entendió la valía de Juan Ramón Jiménez y decidió aparcar sus “veleidades literarias” para dedicarse a “la Obra” y a su autor. El problema fue que sus padres, profundamente distanciados, encontraron en el poeta un punto de encuentro, pues los dos lo detestaron de inmediato. Isabel Aymar, la madre, no creía que el poeta fuese el hombre adecuado para su hija, aunque pasado un tiempo llegó a considerarlo un hijo más, mientras el padre, Raimundo, cuando le pidió la mano de Zenobia le respondió con acritud que ella ya era mayor y no podía impedir la boda pero que por supuesto no se la daba. La misma Zenobia albergó al principio profundas dudas ante la personalidad oscura, poco sociable y enfermiza del poeta, llegando incluso a decirle a una amiga que creía que no pertenecían “a la misma variedad humana”. Más aún, que resultaban “dañinos en la vida del otro”, y que le daba pena “quemar tanto corazón ante tanta frialdad”.

Finalmente, Juan Ramón despejó todas las dudas que Zenobia albergaba sobre él, y el 2 de marzo de 1916 en Nueva York, en la iglesia de Saint Stephen, Zenobia y Juan Ramón se casaron, iniciando así una de las relaciones más fructíferas que han dado nunca las letras españolas. Tres meses pasaron por tierras americanas: Boston, Filadelfia, Baltimore, Washington… Un viaje en el que el poeta escribe Diario de un poeta recién casado. En julio, Zenobia y Juan Ramón volvieron a Madrid. 

Ahora es ampliamente conocido que Zenobia colaboró activamente en el desarrollo y difusión de la obra literaria de Juan Ramón. Sin embargo, consciente de que estaba casada con un genio, Zenobia nunca se sintió anulada por el poeta: “[…] Como no me casé hasta los veintisiete años, había tenido tiempo suficiente para averiguar que los frutos de mis veleidades literarias no garantizaban ninguna vocación seria. Al casarme con quien desde los catorce, había encontrado la rica vena de su tesoro individual, me di cuenta, en el acto, de que el verdadero motivo de mi vida había de ser dedicarme a facilitar lo que era ya un hecho y no volví a perder más tiempo en fomentar espejismos”. Por ello a pesar de las neurastenias del poeta, de la amargura de los años de exilio y los quebrantes económicos, nunca lamentó la decisión de casarse con él. Durante el exilio trabajo como profesora de universidad en Estados Unidos, fue una mujer realizada, no dedicada exclusivamente al poeta, aunque él fuera lo primordial. De hecho, al final de sus días, cuando estaba ya mortalmente enferma, el objetivo primero de su vida fue que Juan Ramón consiguiese el Premio Nobel. Zenobia siempre se preocupó de crear el clima, el ambiente propicio de tranquilidad y calma para que él pudiese escribir; le facilitó al máximo el día a día para que se dedicase a su obra. Sin olvidar el constante cuidado de su persona, ante las frecuentes crisis que sufría. Zenobia fue el eje, el equilibrio de la vida de Juan Ramón. Y es totalmente conocido que sin ella no sería el poeta que admiramos.

Es importante destacar que Zenobia, en solitario, habría llegado dónde hubiese querido porque era muy trabajadora y tenaz, poesía una gran curiosidad por infinidad de temas, sin lugar a dudas habría seguido escribiendo y traduciendo. Es necesario también decir que sin Zenobia, Juan Ramón Jiménez, habría seguido escribiendo pero el resultado no sería el mismo y, sin duda, el equilibrio de su vida también habría sido completamente diferente, ya que ella constituía el eje de su vida. Recordarla es un homenaje a tantas mujeres que han vivido a la sombra en aras del “gran hombre” que las hacía invisibles. Y también reparar una injusticia.

Frases de su diario:

«Lo peor que se puede hacer en la vida es ceder a la tristeza».

«No soy sino un deseo»

«Qué hermosa cosa hubiera sido tener un hijo»

A los 26 años escribió: «Yo soy la clase de mujer que no se casa. La verdad es que yo me puedo arreglar perfectamente sin marido».

Frases sobre Juan Ramón Jiménez:

«Juan Ramón y yo no somos de la misma variedad de la especie humana».

«Toda mi vida, mi propósito ha sido que Juan Ramón no tuviera ninguna preocupación económica».

«Se ha vuelto un completo misántropo. No hace nada para agradar a los demás sino a sí mismo… Se niega a todo lo que no tiene que ver con él, salvo dar de comer a los pájaros».

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