PEPITA JIMÉNEZ O LA INMORTALIDAD DEL SER LITERARIO

Por: Tomás Sánchez Rubio

A raíz de mi estancia en Cabra el pasado otoño, cuando asistí a la última edición del Encuentro Internacional de Poesía que, con carácter anual, organiza mi querido amigo el poeta Rafael Luna, y que propicia la convivencia de escritores y de escritoras de diferentes lugares, tuve la oportunidad de conocer algo mejor la que es ciudad cuna de tantos hijos ilustres, entre quienes se cuenta el célebre Juan Valera. Hombre polifacético y cosmopolita, cuyos méritos le fueron ampliamente reconocidos en vida, la huella de Juan Valera y Alcalá-Galiano (Cabra,1824-Madrid, 1905) no solo se hace presente por doquier en la noble y antigua Egabro, sino sobre todo en el alma de tantas personas dentro y fuera de nuestras fronteras que, de algún modo, les hemos hecho a sus libros un hueco entre nuestras lecturas preferidas.

La primera obra que tuve en mis manos de Juan Valera, y que con frecuencia he releído —como suelo hacer con aquellos textos que de algún modo han marcado mi existencia— fue la novela Pepita Jiménez. Sucedió muy a principios de los años 80, mientras cursaba 2º de BUP en el entonces INEM San Isidoro, situado en la calle Amor de Dios de la capital hispalense. Se trataba dicha obra de una más entre las lecturas obligatorias dentro de la materia de Lengua y Literatura españolas. Por los avatares y mudanzas de la vida ya no conservo el ejemplar, pero sí recuerdo que era una edición de 1980, prologada por Carmen Martín Gaite y publicada por la editorial Taurus. Unos cuantos años después, me hice con un una edición del 86 de la Colección Austral de Espasa-Calpe, que, con introducción de Andrés Amorós, aún obra en mi poder.

El argumento, tan conocido por mi generación como también, por supuesto, por las posteriores, ofrece, en su sencillez, una intriga amorosa que, a mi parecer, no deja de asemejarse a la de tantas telenovelas de antaño y de hogaño: Pepita Jiménez, una hermosa viuda de veinte años es pretendida por el hacendado andaluz Pedro Vargas. El hijo de este, Luis, seminarista próximo a cantar misa, se enamora perdidamente de ella en cuanto la ve, siendo tal amor, al final, felizmente correspondido.

El caso es que en un argumento aparentemente tan simple y “amable”, algo propio de buena parte del costumbrismo nacional del XIX, descubrí ante todo una sagacidad fuera de lo común, así como un conocimiento sobresaliente de la naturaleza y psicología humanas, las cuales, al fin y al cabo, no han cambiado demasiado a lo largo del tiempo. Mi admiración por el autor y su obra contribuyeron a que, aparte de por su estilo y riqueza de lenguaje, en mis primeros años de docente utilizara en la asignatura de Lengua castellana y Literatura fragmentos de la novela para dictados o ejercicios de análisis sintáctico o de comentario de texto.

No obstante, mi primer contacto con la figura de Pepita Jiménez fue anterior. Allá por 1978 había sido testigo de una versión de la novela para TVE: se trataba de una serie de cinco capítulos dirigida por Manuel Aguado —quien realizaría La pródiga pocos años antes— y protagonizada por mi admirada Tina Sainz; a su lado, Jaime Blanch, Luis Prendes, Manuel Tejada, Blanca Sendino —entrañable actriz habitual en Los cuentos de Chéjov, producto asimismo de la “primera cadena” televisiva—  y un ya veterano Félix Dafauce entre otros.

Con anterioridad, en el año 1975 se había estrenado la película homónima —que no vi hasta pasados bastantes años— dirigida por el realizador madrileño Rafael Moreno Alba, conocido por cintas como Las melancólicas o Triángulo. Podíaser considerada toda una superproducción de factura nacional, pero con un escaso reconocimiento en taquilla; y ello a pesar de contar con los actores británicos Sarah Miles y Stanley Baker, en los papeles de Pepita y de Pedro de Vargas respectivamente. Miles era conocida en nuestro país por La hija de Ryan de 1970, versión de Madame Bovary en la Irlanda de la Primera Guerra Mundial, y en virtud de la que fue nominada a un óscar. Baker, a su vez, era un intérprete de dilatada trayectoria (Alejandro Magno, Los cañones de Navarone…), falleciendo poco después del estreno del filme. El resto del reparto de esta adaptación cinematográficalo formaban actores españoles de la talla de José María Caffarel, María Vico, María Mahor o Mayte Zaldívar. Sin embargo, tampoco fue la anterior la primera adaptación cinematográfica de la novela que tratamos: de 1925 es la película muda Pepita Jiménez, de Agustín García Carrasco, la cuarta de las siete que realizara este director, fundador asimismo de la productora Hércules Films. Era laprotagonista María Anaya, actriz de comedia que ese mismo año filmaría Los chicos de la escuela bajo las órdenes de Florián Rey. La acompañaban Adolfo Bernáldez, Josefina Tapias y Leo de Córdoba. Por otro lado, en 1946 el prolífico actor y director mexicano Emilio Fernández, conocido como El Indio, realizó una versión con Rosita Díaz Gimeno, Ricardo Montalbán y Fortunio Bonanova.

Debemos recordar, asimismo, que la novela sería convertida en ópera cómica —o comedia lírica— de un solo acto, con música del compositor y pianista gerundés Isaac Albéniz. El libretista era Francis Money-Coutts, benefactor y colaborador británico de Albéniz, además de quinto Barón Latymer y rico heredero de la saga bancaria Coutts. Se estrenó el 5 de enero de 1896 en el Gran Liceo de Barcelona, contando con la soprano italiana Emma Zilli como protagonista. La ópera fue más tarde adaptada en diversas ocasiones, primero por su compositor y más tarde por otros autores. Pablo Sorozábal, autor de zarzuelas, la transformó en tragedia de tres actos con suicidio pasional de la protagonista incluido. La versión de Sorozábal fue estrenada en el Teatro de la Zarzuela de Madrid en 1964. Pilar Lorengar interpretaba a Pepita, en tanto Alfredo Kraus encarnaba al enamorado Don Luis.

En cuanto a la figura de Juan Valera, diplomático y político, además de escritor, diremos que nació en una familia egabrense noble y acomodada, estudió en el seminario de Málaga (1837-1840) y en el colegio Sacromonte de Granada (1841), doctorándose en Derecho por la Universidad de esta misma ciudad. Empezó a ejercer la carrera diplomática en Nápoles, junto al embajador y poeta Ángel de Saavedra. Recorrió toda Europa y parte de América. En 1858 se estableció en Madrid, donde inició su carrera política. Preocupado por la estética y el buen gusto se enfrentó a la novela realista y al naturalismo que practicaban sus contemporáneos, especialmente Benito Pérez Galdós. Del mismo modo, se considera uno de los españoles más cultos de su época, propietario de una portentosa memoria y con un gran conocimiento de los clásicos grecolatinos; además, hablaba, leía y escribía francés, italiano, inglés y alemán.  Una faceta especialmente interesante de Valera, y que merecería un artículo aparte, sería su interés por las leyendas del Antiguo Oriente, sobre las que elaboraría enjundiosos ensayos —como el aparecido en el tomo XIV, número 58, de la Revista de España (1870)—, amén de publicar cuentos inspirados en aquellas.

En cuanto a la creación estrictamente literaria, lo cierto es que Valera comenzó tarde a escribir narrativa, si bien acabó su vida con una prolífica producción en este género. Sus comienzos fueron como poeta y epistológrafo —de su primer libro en verso, Ensayos poéticos (Granada, 1844), solo se venderían tres ejemplares—. A los cincuenta años publicó su primera novela, precisamente Pepita Jiménez (1874). La obra salió a la luz originariamente en la Revista de España, publicación que nunca sobrepasó los mil ejemplares de tirada, dirigida por el célebre periodista y político Jose Luis Albareda y en la que Valera colaboraba asiduamente desde su fundación en 1868. Posteriormente, la publicaría El Imparcial en su edición de provincias, haciéndole una tirada de treinta mil ejemplares. Por último, en tomo aparte se publicó en cuatro ocasiones: una por cuenta del propio autor; otra por Abelardo de Carlos, célebre empresario periodístico, y dos por el matrimonio Perojo.

En la época de Valera, la obra fue bastante bien acogida por público y crítica. En otros países no resultó menor el éxito editorial y el favor de los lectores, llegando la novela a ser traducida, con el paso del tiempo, a diez idiomas. Acerca de los avatares editoriales en el extranjero, recomiendo vivamente el interesantísimo artículo “Historia editorial de Pepita Jiménez” de la investigadora Ana Navarro, disponible en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Siguiendo precisamente el modelo del autor de El Quijote, Valera parte del supuesto hallazgo de un manuscrito en una catedral andaluza, en el que se narraría en dos partes, una primera en forma epistolar y otra segunda narrada en tercera persona, la historia que refleja la novela sobre unos personajes a los que se cambia el nombre para preservar su identidad. En la primera parte, se refiere el progresivo enamoramiento del seminarista Luis de Vargas de la joven viuda andaluza prometida de su padre, don Pedro, y que da nombre a la obra. Al final, el chico, pasada la angustia en que se debate su insegura conciencia, termina casándose felizmente con ella. El proceso psicológico de lucha entre el amor divino y el humano y natural se describe aquí sutilmente. En la segunda parte domina el costumbrismo alegre y sensual del ciertamente idealizado paisaje andaluz. Si es en verdad una novela de tesis o no, lo dejamos a la consideración de cada cual, si bien parece claro que el falso ascetismo propio de la juventud del protagonista no acaba bien parado ante el encuentro con la vida real y la naturaleza en todas sus formas… Algo tan antiguo como el mundo. Quizás ahí precisamente se halle el secreto de la inmortalidad de la gran Pepita Jiménez.

En Doña Luz (1879), más que en Juanita La Larga (1896), vuelve a plantearse la dicotomía entre el amor divino y el amor humano, acabando, sin embargo, esta vez el conflicto en tragedia.

Por ser dato desconocido para muchos, quisiera terminar recordando la relación familiar existente entre Juan Valera y Lorenzo Coullaut Valera, su sobrino. Este, nacido en Marchena en 1876 y fallecido en Madrid en 1932, fue el escultor del monumento a Bécquer en la Glorieta dedicada al poeta sevillano en 1911, y situado en el Parque de María Luisa de la capital hispalense. Encargado el cenotafio por los hermanos Álvarez Quintero, para su ejecución posaron tres vecinas de Marchena que eran familia del artista.

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