PAMELA LYNDON Y MARY POPPINS

Por: Tomás Sánchez Rubio

El olor a jazmines, a dama de noche, a frituras de pescado –los “pavías” de merluza eran mis preferidos- llenaban el aire en las noches de verano de mi infancia. A esos aromas se unían las diversas sintonías que salían de los balcones abiertos de par en par. Procedían de televisores que, con un efecto curioso, frecuentemente iban al unísono por estar viendo los moradores de cada casa sencillamente el mismo programa, la misma serie americana, la misma película bélica o del oeste: cosas de tener, en la práctica, un solo canal… En el cielo, quizá más oscuro que el de ahora, las estrellas fugaces surcaban la fructífera imaginación de un niño, azuzada por ese maravilloso mundo que ante él se había acabado de materializar en la pantalla encalada de un cine de verano. Eran los años 70, y cada noche estival mi vuelta del cine al aire libre hasta mi casa era un continuo viaje iniciático. El trayecto no era muy largo, pues vivía cerca: primero el camino lo hacía con mis padres; más tarde, con los amigos de colegio y de barrio. Pienso que en numerosos puntos de nuestra geografía, tanto en ciudades como en pueblos, todos hemos tenido algún cine de verano concreto que forma parte de nuestra infancia y juventud. En mi caso se trataba del cine Virginia, en la Huerta de Santa Teresa, concretamente en la calle Gólgota, que unía Tiberíades con Sinaí en su confluencia con Sebastián Recaséns, mi calle –hoy denominada Paco Gandía–. Durante el resto del año era un solar de buen tamaño, tapiado, donde crecían sin control cardos, pepinillos locos, y demás hierbas y plantas silvestres; también había sitio para las margaritas y las amapolas cuando tocaba. Llegado el mes de junio destapiaban y adecentaban el terreno; blanqueaban el muro que servía de pantalla, retocaban un impresionante marco de color negro y quitaban los matojos. A continuación, instalaban un atractivo ambigú, amén de la “selecta nevería”. El espacio se dividía en dos zonas: la parte de atrás, con los veladores y sillas de bar metálicas, que se denominaba “Preferencia”; la parte delantera, algo más barata, era llamada “General”, y contaba con sillas de enea muy juntas. Ambos sectores se hallaban separados por una valla enrejada en color verde.

Poco antes de cada sesión, uno de los porteros baldeaba el suelo de albero con una manguera de goma. Ese olor a tierra húmeda, junto al inigualable sabor de las pipas mezcladas con caramelos de café con leche, permanece aún en mi memoria y en mi corazón.

Como era lógico en aquella época, había otros cines en los alrededores a los que de vez en cuando acudía: el San Pablo en el Polígono; el Gran Plaza en Nervión; el  Acapulco Bahía, entre Marqués de Pickman y Federico Mayo Gayarre… Luego vendría el Triple Cine de la avenida Eduardo Dato ─con sus salas A, B y C─, en los terrenos del Sevilla FC. Allí vería la “traumatizante”, al menos para mí, Holocausto caníbal, predecesora de filmes como El proyecto de la bruja de Blair o REC. Ciertamente, lo más bonito de aquella película era la banda sonora de Riz Ortolani.  Sea como sea, el caso es que el Virginia era “mi cine”. Allí presencié un grandísimo número de largometrajes, si bien unos me marcaron más que otros. En dicho local asistí a la evolución del agente James Bond, al menos el protagonizado sucesivamente por Sean Connery, George Lazenby y Roger Moore; también allí tuvieron su lugar las hazañas de Bruce Lee, así como de Jimmy Wang Yu con su inolvidable El luchador manco. En el género de terror, junto a la saga Drácula, protagonizada por Christopher Lee, me hicieron estremecer productos nacionales ─o casi─ como Pánico en el transiberiano o El ataque de los muertos sin ojos, de Amando de Ossorio. Con cariño recuerdo la interesante parodia Los nuevos españoles, dirigida por Roberto Bodegas, o bien la curiosa cinta No es bueno que el hombre esté solo, con Carmen Sevilla, Máximo Valverde y José Luis López Vázquez. Algunos de esos filmes no eran simples reestrenos de películas que habían pasado por las salas de los “grandes” cines durante la temporada de invierno, sino que había clásicos que verano tras verano repetían su éxito ante un entregado público de todas las edades. Entre los clásicos que se habían proyectado por vez primera en España un tiempo atrás de la época a la que me he estado refiriendo aquí, estaba Mary Poppins, película musical de fantasía. Otro ejemplo fue El bueno, el feo y el malo (1966)  ─estrenada en España el 7 de agosto de 1968─.

Mary Poppins (1964) se había proyectado por vez primera en nuestro país el sábado 2 de enero de 1965. La cinta estaba dirigida por el realizador y guionista británico Robert Stevenson ─su verdadero nombre era Ronald Walken─, quien desde 1960 se convirtiera en colaborador habitual de Walt Disney, con quien rodó diecinueve películas. Entre ellas, no solo Mary Poppins, sino otros éxitos como Los hijos del capitán Grant (1962) o La bruja novata (1971); ésta última con un plantel de lujo, formado por Ángela Lansbury, David Tomlinson y Roddy McDowall.

Los protagonistas de Mary Poppins eran Julie Andrews y Dick Van Dike. Como solía ser costumbre de la época, cada uno contaba con dos dobladores, el segundo de ellos para las actuaciones musicales. En el caso de Andrews, junto a la gran Rosa Guiñón para las partes habladas, ponía voz a sus canciones la solista Teresa María de las Heras, quien haría lo propio con Audrey Hepburn en My Fair Lady.

Los temas de la película fueron escritos por Robert y Richard Sherman (El Libro de la Selva, Chitty Chitty Bang Bang…), y el guion fue obra de Bill Walsh y Don DaGradi. Se estrenó con un gran éxito de taquilla y fue nominada a trece premios Óscar, una marca no superada por ninguna otra producción de la Disney. Finalmente consiguió cinco: mejor actriz principal, mejor montaje, mejor banda sonora, mejores efectos visuales y mejor canción original.My Fair Lady, de George Cukor, se llevó el máximo galardón como película ese año.

Muy recordadas fueron las actuaciones de la niña y el niño Karen Dotrice (Jane) y Matthew Garber (Michael), a quienes, según se dice, no informaron de algunas sorpresas en el rodaje para que su reacción fuera lo más espontánea posible. Ello se percibiría, por ejemplo, en la mirada estupefacta de Karen durante la escena en que Mary Poppins saca un objeto tras otro de su bolso.

Lo cierto es que, si bien esta cinta sobre una mágica niñera de sombrero y paraguas característicos se ha convertido en “película de la infancia” para varias generaciones, quizá no todos saben que aquella tiene su génesis en un libro publicado en Londres en 1934: su autora fue la escritora, poeta, actriz y periodista australiana Pamela Lyndon Travers. El libro conoció enseguida el éxito editorial, convirtiéndose en un auténtico best seller de la época. Luego, Travers escribiría siete novelas más de la misma serie (la última en 1988).

En España Mary Poppins se publicaría por primera vez en 1943 por la Editorial Juventud, fundada en 1923 en Barcelona por José Zendrera Fecha. Esta veterana empresa editora cuenta con colecciones tan célebres como los álbumes de historietas de Tintín. Asimismo, fue la primera en traducir Peter Pan de J. M. Barrie.

En cuanto a la creadora del personaje, diremos que Helen Lyndon Golf, nombre de nacimiento de Pamela Lyndon Travers, nació un 9 de agosto de 1899, en Marybourgh, ciudad del sudeste de Queensland (Australia). Fallecería noventa y seis años más tarde en Londres, el 23 de abril de 1996. Su padre, Travers Robert Golf, de ascendencia irlandesa, era empleado de banca y murió cuando ella tenía siete años. Su madre, Margaret Agnes Morehead, era sobrina del político Boyd Dunlop Morehead. Durante la Primera Guerra Mundial, Pamela estudiaba en la escuela femenina de Normanhurst, Sidney. Sabemos que en esa época de su adolescencia comenzaría a editar sus primeros poemas, escribiendo además para las revistas Triad y The Bulletin, conocida publicación de contenido cultural y político. Más tarde, entraría como actriz en una compañía teatral itinerante que representaba a Shakespeare por toda Australia y Nueva Zelanda. Pronto se haría con una reputación como intérprete y en 1924 la encontramos de gira por Gran Bretaña. Tras instalarse allí, se dedicó a escribir bajo el seudónimo P. L. Travers,  ocultando así su condición de mujer, práctica ─por desgracia─ habitual entre las escritoras en una época en que por el hecho de serlo no solo “perdían interés”, sino que incluso provocaban el rechazo del público lector…

En 1925 conoció al poeta nacionalista irlandés George William Russell. Este, uno de los fundadores del Abbey Theatre y editor de The Irish Statesman, aceptó publicar algunos de sus poemas. A través de Russell, Pamela conoce a William Butler Yeats, despertándose en ella el interés por la mitología.

A pesar de su nada desdeñable producción literaria, su mayor éxito, como hemos señalado anteriormente, fue Mary Poppins. A finales de los 70, declaró en una entrevista que el nombre de su heroína nació a partir de historias que creó en su infancia para sus hermanas; también que la figura de su tía abuela Helen Morehead podía haber sido de algún modo inspiradora del personaje.

Parece que unos tres años después de la publicación del libro, Walt Disney quiso llevar aquella historia a la pantalla, pero fue rechazado porque Travers no consideraba una versión cinematográfica de sus libros; tampoco la convencía demasiado la idea de ver a Mary Poppins convertida en personaje de animación. No obstante, pasados casi veinte años, durante los que el cineasta no dejó de insistir en su proyecto, la escritora aceptó. Lo cierto es que, a pesar de ser ella misma asesora en la producción de la adaptación musical de 1964, no se mostró en absoluto satisfecha con el resultado, tan diferente de su concepción original. Fue esta la causa de que no autorizara la versión de las siguientes secuelas de la novela.

El rodaje de la controvertida película tuvo lugar entre mayo y septiembre de 1963, empleándose casi un año entero en la postproducción y la secuencia de animación. Para el personaje de Mary Poppins se barajaron inicialmente los nombres de Angela Lansbury, Mary Martin ─madre del popular y malvado JR de Dallas, Larry Hagman─ y Bette Davis. Sería el músico Robert Sherman el primero en proponer a Julie Andrews para el papel principal, tras verla, junto a Richard Burton, interpretar una canción del musical Camelot en el popular programa de televisión de la CBS El show de Ed Sullivan.

2 comentarios en «PAMELA LYNDON Y MARY POPPINS»

  • febrero 15, 2022 a las 11:22 am
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    Hermosos recuerdos que viven también en mí. Enhorabuena. Un artículo excelente.

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  • febrero 15, 2022 a las 9:58 pm
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    Buenas noches Tomás.
    Me quedé con ganas de seguir leyendo.
    Me encantó.
    Muchas gracias.
    🙂

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