PALABRAS CON HISTORIA: PODER

Palabras con historia

Por: Marcos López Herrador

Ciertamente, éste es el significado genérico del término, pero lo que a todos los efectos nos interesa es el poder entendido como poder político, que no es otra cosa que el que en sociedades desarrolladas reside en el Estado.

La nación, entendidas como comunidad de ciudadanos que comparten historia, lengua cultura, valores morales, fines y medios para defenderse y desarrollarse, se dota de una estructura política y administrativa con el fin de gestionar sus intereses internos y defenderlos frente a otras naciones. A esta estructura la llamamos Estado.

En los estados democráticos, son los ciudadanos quienes eligen libremente a sus representantes para que gestiones y dirijan los asuntos públicos. 

El poder político, con ser importante, no es el único que actúa en una sociedad.

Históricamente, quien ejercía el poder político, podía hacerlo porque tenía también el poder militar, económico, religioso, social y cultural.

En sociedades avanzadas como la nuestra, la realidad es mucho más compleja. El poder político sigue siendo, como no podía ser de otra forma, un poder de primer orden, al estar integrado por el gobierno, con su capacidad presupuestaria y de iniciativa legal, por el parlamento, con su capacidad legislativa, y por los tribunales de justicia, con su capacidad para dirimir conflictos y restaurar el orden ante el quebrantamiento de la ley. Todo ello sin olvidar las estructuras administrativas del Estado, órganos de control y consultivos, las comunidades autónomas y la estructura municipal. Además de gozar del monopolio en el uso la fuerza del ejército y los cuerpos de seguridad y orden público.

El poder religioso, que otorgaba al poder político legitimidad divina y trascendencia, el social que hacía circunscribir el ejercicio del poder a una clase concreta, legitimada por la sangre y el linaje y el cultural que garantizaba el monopolio del control ideológico, han cedido su papel al poder de la opinión pública en el que tanto tienen que ver los medios de comunicación, y al poder de la hegemonía ideológica y de lo políticamente correcto.

Hoy en día, el único poder relevante al margen del poder político, es sin duda el poder económico. En el mundo actual, la economía lo es todo, todo lo mueve, todo lo justifica y todo lo puede. Tanto es así que se ha convertido en un poder supremo, que impone su voluntad sin límite al poder político, al no ser ya un poder local, sino mundial.

Ningún gobierno, por fuerte que sea, puede ni se atreve a desafiar a los mercados. Estos imponen su voluntad sin contemplaciones. Pero que nadie imagine que la élite económica mundial se pasa el tiempo conspirando para imponer su voluntad. La cosa es más sencilla: ningún grupo tiene que ponerse de acuerdo en lo que a todos conviene, y cuando alguien actúa contra sus intereses, todos toman decisiones en favor de lo que a todos beneficia, sin necesidad de acordarlo.

La existencia de una élite económica no tiene por qué resultar perversa por sí misma, siempre que no imponga sus propios intereses en perjuicio de los intereses generales. Lo que ocurre es que hay que reconocer que la actual dimensión de su poder encuentra difícilmente un contrapeso digno de tal nombre, porque naturalmente que los gobiernos tienen capacidad para actuar, tienen poder y por tanto capacidad de transformar la realidad según su voluntad, pero no se olvide un principio fundamental para entender con claridad el mundo en el que vivimos: “Tiene poder quien tiene capacidad para transformar la realidad, pero es el poder quien decide e impone qué es la realidad”.

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