PALABRAS CON HISTORIA: FAMILIA

Palabras con historia

Por: Marcos López Herrador


Podemos definir a la familia como el grupo de personas formado por una pareja (normalmente unida por lazos legales o religiosos), que convive y tiene un proyecto de vida en común, junto con sus hijos, cuando los tienen.

En un sentido más amplio, la familia es el conjunto de ascendientes, descendientes, colaterales y afines que pertenecen a un linaje.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos en su artículo 16.3 dice: “La familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene el derecho a la protección de la sociedad y del Estado”.

La Constitución Española de 1978, en su artículo 39, establece: “Los poderes públicos aseguran la protección social, económica y jurídica de la familia”.

Resulta evidente la importancia que la institución de la familia tiene no sólo en nuestra cultura, sino en cualquiera de las que conocemos. En palabras de Juan Pablo II, en su alocución de 17 de abril de 1994: “La familia pertenece al patrimonio más original y sagrado de la Humanidad”.

Dos rasgos definen la relación familiar: el parentesco, y la convivencia. El parentesco nace, tanto del vínculo legal o religioso que es el matrimonio, como de la relación de consanguineidad que se da entre padres, hijos, hermanos, y otros parientes. La convivencia es la que se produce, bajo el mismo techo, donde sus miembros comparten su desarrollo personal, al compartir sus vidas.

En el seno de una familia cada miembro es querido no por lo que representa, sino por sí mismo, incluso al margen de que lo merezca o no. Hogar es el sitio donde se prende el fuego, y alrededor del fuego, el hombre primitivo aprendió a encender la unión entre los miembros del grupo y a compartir el calor del amor entre ellos Se es amado, protegido, y todo se recibe por el sólo hecho de pertenecer al grupo.

El afecto recibido desde niños es fundamental en nuestro desarrollo emocional, las normas morales aprendidas mediante el consejo, el ejemplo, y la educación recibida resultan esenciales en las relaciones de todo hombre con la sociedad en la que vive. En la familia aprendemos lo que somos, lo que debemos ser y determina lo que queremos ser.

La familia tradicional, tal y como la conocemos, se ha articulado sobre la base de la unión de un hombre y de una mujer, mediante el vínculo del matrimonio. Es un modelo que ha mostrado su valor a lo largo de siglos.

Pues bien, si alguna institución está recibiendo el feroz ataque de quienes quieren destruir el sistema de valores occidental, ésta es la familia.

Se trata en definitiva de acabar con la independencia y la libertad personal para construir un hombre carente de principios, de criterio o de capacidad de tenerlo, para hacerlo dependiente del pensamiento hegemónico y convertirlo en parte del rebaño.

Porque, como en otros casos, en los que no se trata de defender la libertad de culto, sino de ir contra la Iglesia Católica; no se trata de defender la libertad política, sino de exterminar a la Derecha; no se trata de estar a favor de la libertad de expresión, sino de hacerle escraches al adversario; no se trata de defender la libertad de prensa, sino de controlar la información; no se trata de defender la libertad de cátedra, sino de imponer una determinada ideología en las aulas.

De la misma forma, no se trata de que exista el divorcio, ni de que exista libertad sexual, la mujer se libere, tenga igualdad de oportunidades, o pueda abortar. No se trata de que se regulen las parejas de hecho, o se legalice el matrimonio homosexual; de lo que se trata es de destruir la institución de la familia.

Resulta evidente que quienes defienden la legitimidad de otras formas de familia, no saben hacerlo sin atacar el modelo tradicional, que hasta ahora ha dado los mejores resultados personales y sociales, en orden al desarrollo del ser humano en su integridad y trascendencia.

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