PALABRAS CON HISTORIA: DESCUBRIMIENTO (III) – EL PARAÍSO AMERICANO

Palabras con Historia

Por: Marcos López Herrador

Resulta sorprendente cómo se dan ocasiones en la historia en las que un pensador o filósofo es capaz de elevar una falacia, contraria a toda evidencia, a la categoría de dogma cultural incuestionable. Quizá uno de los casos más extremos conocidos sea el de Juan Jacobo Rousseau, que ha logrado que su principio de que «El hombre es bueno por naturaleza» se convierta en piedra angular del pensamiento contemporáneo y cimiento del actual consenso hegemónico, que está socavando los fundamentos de la cultura occidental y sus dos mil quinientos años de historia.

Que el hombre es bueno por naturaleza y la sociedad es la que lo corrompe es una falsedad absoluta y es más grave aún si pensamos la influencia que este planteamiento ha tenido y tiene en nuestra forma de pensar y ver el mundo. Lo asombroso es que se sostenga pese a toda prueba que lo desmienta, porque bastaría con acudir a lo que podemos conocer para darnos cuenta de que la verdad es todo lo contrario.

El hombre es uno de los seres más peligrosos que la naturaleza ha creado. Dotado de carencias físicas que lo ponen en desventaja material con un sinnúmero de especies, aparentemente más peligrosas que él, al haber sido dotado de inteligencia, ha sido capaz de desarrollar tal capacidad para subsistir, usando su astucia, su crueldad y habilidad para utilizar la violencia, que le ha hecho no solo resistir, sino dominar cuanto le rodea.

La verdad es que el hombre, por naturaleza, es malo, porque tiene que serlo para sobrevivir, y solo su capacidad para relacionarse con otros y habitar en sociedades capaces de crear civilizaciones pueden hacerlo bueno.

La idea del buen salvaje es una concepción idílica que concibe al hombre primitivo inmerso en una naturaleza paradisíaca con la que vive en armonía colmado de felicidad. Esta no es más que una visión prerromántica de un burgués del siglo XVIII, que contempla el campo como si se tratara del cuadro de un paisaje colgado en su salón. Si tuviésemos capacidad para escuchar lo que ocurre en ese bosque que nos resulta tan idílico cuando forma parte del paisaje que contemplamos, percibiríamos hasta qué punto la naturaleza no es más que una cadena alimenticia que sustenta la vida, mediante una permanente sucesión de muertes violentas. Los vegetales convierten los minerales en materia biológica que es consumida por los animales herbívoros, que a su vez son devorados por los carnívoros y estos cazados para alimentar a otros. Todo ello por no hablar de los insectos que son devorados o consumidos permanentemente por otros o unos a otros. El hombre primitivo no vive en la naturaleza, se ve obligado permanentemente a sobrevivir en ella en situación precaria, adversa, peligrosa, soportando escasez, hambre, enfermedades, accidentes, agresiones de otros animales, miedo y muerte.

Normalmente, cuando un ser así convive con otros formando una sociedad primitiva, traslada todas esas experiencias extremas y emocionalmente horribles a prácticas, ritos y tradiciones que raramente no pasan por sacrificios humanos o la antropofagia. Solo una sociedad avanzada que haya desarrollado valores éticos y morales elevados, será capaz de hacer mejor al hombre.

Probablemente en la concepción de Rousseau tuvo mucho que ver la visión negrolegendaria del indígena americano, cuyo paraíso y felicidad es destruida por la irrupción de un pueblo europeo, dotado de una civilización superior, que termina por destruir su forma de vida. Si el hombre es bueno por naturaleza y es la sociedad la que lo corrompe, entonces debemos acabar con esa sociedad, que casualmente en la época en la que este filósofo escribe, es una sociedad cristiana, con lo que destruir el cristianismo se convierte casi en un mandato ineludible.

Actualmente, se tiene asumida esa idea rousoniana, sobre todo por parte de los grupos indigenistas, para concebir lo que debió ser la América precolombina. Así que creo que resultaría de interés analizar la verdad de lo que era América antes del descubrimiento.

Ninguno de los pueblos que habitan América en el momento del descubrimiento son nativos. Todos son descendientes de pueblos asiáticos llegados al continente a través del Estrecho de Bering, unos quince mil años antes de Cristo, procedentes de Mongolia o Rusia, entre otros orígenes. De modo que lo que en 1492 se encontraron los descubridores era el resultado de un largo proceso de conquistas, aniquilaciones, sometimiento, asimilación y dominación de los pueblos que en los últimos quince mil años habían habitado el continente y cuya legitimidad residía en llegar y conquistar. Conviene precisar también que, en aquel momento, solo una pequeña parte del continente americano estaba habitado por unos trece millones de nativos y la mayor parte de las tierras estaban despobladas.

Con demasiada facilidad se suele caer en el error de calificar como civilizaciones precolombinas a agrupaciones humanas de mayor o menor importancia, que no suelen superar un nivel de desarrollo correspondiente al salvajismo o la barbarie, dado que el grado civilizatorio de un grupo humano puede encontrarse en el de salvajismo, barbarie o civilización y cada uno de ellos puede situarse en grado inferior, medio y superior. No cabe duda de que es lícito tener un cierto sentimiento de nostalgia ante una civilización desaparecida, de la que quizá apenas quedan algunos monumentos invadidos por la vegetación de la selva, salvo que al investigar se conozca que, con la mayor solemnidad y como expresión de lo que esa cultura consideraba sagrado, decapitaran mujeres mientras danzaban, se ahogaran niños, se quemaran vivos a seres humanos o se los asaeteara, cuando no se les quitaba la piel a los sacrificados, en la que se embutían los sacerdotes vistiéndose con ella. Con todo, la característica más destacable de las culturas indígenas en el Nuevo Mundo era la antropofagia, práctica que consideraba a los recién nacidos un bocado exquisito que la élite se reservaba. Quienes defienden el indigenismo obvian todo esto para atacar al cristianismo, que contribuyó a la desaparición de semejante forma de vivir.

Sería un error pensar que los sacrificios humanos eran una práctica realizada sobre todo por aztecas, incas y mayas, con predilección por los niños por parte de estos últimos. Se trataba más bien de algo bastante generalizado en toda América, incluso entre pequeñas y aisladas tribus del norte. Era habitual que los sacrificios cursaran con torturas y finalmente el sacrificado fuese comido. No fueron los aztecas quienes inventaron estos ritos, pero sí quienes los sistematizaron e institucionalizaron hasta el punto de convertirlos en el fundamento sobre el que se asentaba su estado. La misma guerra se hacía con el fin de tomar prisioneros y esclavos para la realización de sacrificios masivos. Este fue el origen de la conocida como “guerra florida”. No pasaba un día sin que corriera a raudales la sangre humana, particularmente en los grandes templos.

En todo caso, fueron los aztecas quienes en el campo de los sacrificios humanos batieron récord espeluznantes. Sabemos por las crónicas de la época que, en el año 1531, solo en la ciudad de México se sacrificaron a los ídolos más de veinte mil víctimas, arrancándoles el corazón mientras aún se encontraban vivos, no siendo un año excepcional. Para todo el país los sacrificios conocidos por fray Juan de Torquemada, llegaron a los setenta y dos mil doscientos cuarenta y cuatro, de los cuales veinte mil eran niños. La carne de todos ellos era comida acto seguido. Se ha llegado a calcular que, en los ciento cincuenta años previos al descubrimiento, la cifra de asesinados en estos sacrificios se elevó a seis millones. Como ya se ha comentado anteriormente, en 1487, con motivo de la consagración de la gran pirámide de Tenochtitlán, se sacrificaron ochenta mil cuatrocientas personas en cuatro días. Mención especial merece el sacrificio de niños. Entre los aztecas, al dios de la lluvia, Tláloc, se le sacrificaban exclusivamente niños. En el Templo del Sol en Perú, se les criaba hasta los quince años, para ser matados a flechazos, atados a una columna.

La antropofagia y el canibalismo son a la vez prácticas espantosas y de las mejor documentadas. Hoy sabemos que, lejos de constituir una práctica localizada o temporal, se trataba de una costumbre habitual en casi todos los pueblos precolombinos, que la practicaron a gran escala. Se ha pretendido fundamentar esta costumbre en motivos rituales y religiosos, carencia de alimentos, deficiente alimentación, venganzas, o en la gran afición a la carne humana. Como curiosidad, terminaré diciendo que estos antropófagos encontraban la carne de los españoles amarga, agría y salada, por lo que preferían la de otros indígenas.

Los mismos que acusan de crueldad a los conquistadores españoles, no dudan en disculpar todas las atrocidades descritas apelando con el mismo convencimiento al multiculturalismo, o a que no se pueden explicar estos hechos en términos morales, o nos dirán que la antropofagia tenía un sentido humano y profundo, al ser un rito esencial en la renovación cósmica, que no debe tomarse más que como un símbolo de palingenesia arcaica. Tampoco las momias encontradas últimamente deben considerarse solo la prueba de que se realizaban sacrificios humanos de niños, sino lo que debemos apreciar es que se trata de las momias mejor conservadas del mundo.

De acuerdo con el razonamiento del pensamiento hegemónico, siempre negrolegendario, nos debemos sentir escandalizados, ante la tremenda crueldad de los españoles, cuya llegada al Nuevo Mundo supuso el fin de culturas ancestrales, que tanto podían haber aportado a la humanidad, como sus conocimientos en ejecutar eficientemente sacrificios humanos, practicar la antropofagia, sodomizar niños, explotar hasta la extenuación a sus clases trabajadoras, basar la relación con otros en la guerra continua, o en la aplicación de todo tipo de torturas. Nos debe resultar inimaginable el sufrimiento de todos aquellos que vieron perturbadas sus costumbres y formas de vivir y que, por la intromisión de estos recién llegados, no fueron sacrificados, como les correspondía, no fueron comidos, como sin duda era su deseo, no fueron torturados, ni castrados, ni sodomizados, ni explotados laboralmente. Nos debe resultar imperdonable que a todos ellos se les hiciese partícipes de una moral cristiana y de una cultura occidental, que pretendía proteger al débil, amparar al indefenso, curar al enfermo y nutrirse con una diversidad de alimentos hasta entonces desconocidos por ellos, además de acceder a la educación abierta a todos y a prosperar gracias al propio esfuerzo y al mérito. Debió de resultar insoportable el continuo incremento de la prosperidad en el continente y los trescientos años de paz interior que la América hispana vivió, como muestra de lo mal que estaban siendo tratados aquellos, que pasaron a ser considerados miembros del reino, en condiciones de plena igualdad.

No llegó España a América para someter y conquistar a los pueblos precolombinos, sino para ser instrumento que los liberó del horror en el que vivían.

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