PALABRAS CON HISTORIA: DESCUBRIMIENTO II

Palabras con historia

Por: Marcos López Herrador

DESCUBRIMIENTO (II)

(El mérito de España en el Descubrimiento de América)

Ni el descubrimiento fue fruto de la casualidad, ni resulta casual que la gesta, no solo del descubrimiento, sino la de construir la cultura occidental en el nuevo continente, fuese llevada a cabo por una de las potencias más fuertes, si no la que más, y más avanzadas de la época, de entre las europeas. La afirmación de que la historia de España es única, incomparable e inimitable, puede parecer exagerada y solo estar movida por la pasión de un español por defenderla, pero basta con hacer un somero repaso de ella para darse cuenta de hasta qué punto ha tenido siempre un papel relevante y protagonista, hasta haber construido el mundo tal y como hoy lo conocemos.

La primera circunstancia que resulta destacable es el lugar geográfico que España ocupa y la propia forma de su territorio. Situada en el extremo occidental del Mediterráneo, separa a este del Atlántico y es puente entre África y Europa. Su forma peninsular la hace estar rodeada de agua salvo por los Pirineos, que más que unirla a Europa, constituyen una barrera natural, que le dan cierto carácter de isla sin serlo. El territorio así delimitado ha hecho que ya desde la antigüedad sea percibido como una unidad que le aporta una identidad bien definida. Apiano de Alejandría, en el siglo II de nuestra era, en su obra Historia Romana, en el libro VI dedicado a la conquista de Hispania, lo percibió así y dejó escrita esta frase: “El tamaño de Hispania es grande e increíblepara tratarse de un solo país”. Aún faltaban muchos siglos para que fuera un solo país, pero ya se percibía como una entidad única. En cualquier caso, no cabe duda de que su situación geográfica ha determinado su destino histórico.

Las referencias escritas más antiguas hechas a esta tierra las encontramos en la propia Biblia, en la que se habla de una de las civilizaciones más antiguas del Mediterráneo, situada en el Sudoeste de la península y conocida como Tartessos, de cuya existencia quedó testimonio debido a la importancia que entonces tenía aquella civilización del extremo oeste en el comercio de metales con el reino de Salomón. La que luego sería conocida como la Hispania romana entró en la corriente de la Historia en el año 216 a.C. con el tratado del Ebro, firmado entre Roma y Cartago en el transcurso de las Guerras Púnicas libradas por el dominio del Mediterráneo occidental, en las que la península ibérica tuvo un papel muy relevante. Ya entonces quedó constancia del carácter de los habitantes del país, que costó conquistar más de doscientos años y que paradójicamente acabó por convertirse en la provincia quizás más romanizada, que aportó al Imperio sus inmensas riquezas mineras, agrícolas, tributos, industria, soldados, hombres de letras y emperadores. Cuando a finales del siglo V el Imperio romano occidental cayó, la presencia visigótica se consolidó como un reino cristiano que, tras su conversión al catolicismo y su obra jurídica, dio lugar a una idea de comunidad con identidad propia que se anticipó en mucho a otros entes políticos que surgirían más adelante.

El reino visigodo se articula sobre una población altamente romanizada y una élite visigótica que también lo está. A diferencia de otros reinos bárbaros que surgen en el resto del Imperio recién desaparecido, la aristocracia visigoda es tan culta como pudiera serlo cualquier miembro de la aristocracia romana. Los visigodos están altamente romanizados por las influencias recibidas antes de cruzar el Danubio y por el hecho de que, durante los últimos cien años previos a la caída, lejos de querer mantener el enfrentamiento constante que las circunstancias y la nefasta política imperial impusieron, todo su interés había sido el de integrarse, colaborar y prosperar al servicio del emperador. La alta cultura de los monarcas visigodos, llega al extremo de que, a mediados del siglo V, estando situada la corte de Teodorico I en Tolosa, pide a Eparquio Avito, que más tarde será emperador, que elabore un plan para el estudio y la formación de sus hijos Turismundo, Frederico y quien luego será Teodorico II, cuyos conocimientos se sitúan al nivel de cualquier miembro de la élite romana de la época. Eurico, el menor de los hermanos, también se beneficiaría de ese plan de estudios, más adelante. Es este apego por la cultura la razón por la que el reino visigodo en Hispania alcanza un altísimo nivel, que hizo que el siglo VII fuese conocido como el del esplendor cultural hispano, antes de que se produjese el llamado Renacimiento protagonizado por Carlomagno. En comparación con sus contemporáneos y analfabetos monarcas merovingios y anglosajones, reyes como Sisebuto, Suintila, Cintila, Chindasvinto, Recesvinto, Wamba o Ervigio, bien podían ser calificados de reyes letrados. Conviene decir que este entusiasmo literario no solo fue propio de la corte y las élites, sino que alcanzó al mismo pueblo godo. Así, obras tan trascendentes como el Código de Eurico o el de Alarico II o las aportaciones legislativas de Recesvinto responden a cuanto trato de exponer. Con todo, no debemos equivocarnos; la población alfabetizada es una minoría y conforme transcurre la Alta Edad Media, los monasterios, sus escuelas y bibliotecas se convirtieron en focos de conocimiento en medio de la ignorancia general.

La cultura visigoda, asentada sobre el triunfo del cristianismo, la tradición clásica y la influencia bizantina, dio personajes tan relevantes como Orosio, Hidacio, San Braulio, Tejón. San Julián, San Eugenio, San Ildefonso y sobre todo San Isidoro de Sevilla que, con su obra “Etimologías”, escrita entre el 627 y el 630, publicó la primera enciclopedia europea, tras la antigüedad, que se convirtió en el texto más usado en instituciones educativas a lo largo de la Edad Media y fue muy leído en el Renacimiento, llegándose a publicar hasta diez ediciones entre 1470 y 1530. Gracias a esta obra se hizo posible la conservación de la cultura romana. Mención especial merecen los dieciocho Concilios de Toledo, celebrados entre los años 397 y 702, como tempranas asambleas de representación colectiva, que no eran cortes porque en ellas no estaba representado el pueblo, ni a partir del tercer concilio eran exclusivamente religiosas, porque en ellas participaron también las altas jerarquías de la nobleza, convirtiéndose en asambleas mixtas que trataban asuntos religiosos y seculares, cuyas decisiones, para alcanzar validez tenían que estar sancionadas por el monarca.

Pero es a partir del año 711 cuando la historia de España se convierte en única. El reino visigodo sucumbe ante la invasión musulmana proveniente del norte de África. El reino cristiano se pierde y comienza un proceso de islamización que pareció entonces como irreversible, en lo que pasó a convertirse en un emirato más.

A lo largo de la Reconquista, España había asumido un importante protagonismo que puso de manifiesto su poder, su dinamismo y ambición. Aragón, a lo largo de los siglos XIII, XIV y XV, extiende su dominio sobre las Baleares, Sicilia, Cerdeña, Nápoles y ducados de Atenas y Neopatria en Grecia. En el año 1257, Alfonso X el Sabio fue nombrado emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.  Por otro lado, los reinos cristianos peninsulares tuvieron una relación destacada con Francia e Inglaterra durante la Guerra de los Cien Años, relaciones que se estrecharon hasta el punto de que como muestra podemos afirmar que Isabel la Católica tenía ascendencia Lancaster. Otro ejemplo más es el de la significativa influencia que tienen los clérigos hispanos en la curia romana, a partir del siglo XIV. España llega a la época del descubrimiento como una potencia militar y política, dotada de una gloriosa historia y una gran cultura. Como ha quedado dicho, una gesta como la que estaba a punto de realizar no se encontraba al alcance de cualquier pueblo. España estaba en un momento especial de su historia y solo un pueblo con un gran pasado, poder y capacidad podía realizar una hazaña semejante.

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