PALABRAS CON HISTORIA: DESCUBRIMIENTO (I)

Palabras con historia

Por: Marcos López Herrador

DESCUBRIMIENTO (I)

(El mérito de España en el Descubrimiento de América)

Con demasiada frecuencia, el Descubrimiento de América ha tratado de banalizarse, sosteniendo que no fue Castilla la que descubrió América, puesto que existen indicios de que anteriormente otros habían estado allí. Al parecer, los vikingos, que se establecieron en Groenlandia en los siglos X y XI, exploraron la costa atlántica norte, fundando un asentamiento en Terranova en el 1021, que se identifica con la Vinlandia descrita en las sagas nórdicas. Este asentamiento fue abandonado diez años después de su fundación. Otros indicios hallados, pueden hacernos suponer que hubo intercambios comerciales de objetos de bronce, obsidiana y metales, en algún tiempo remoto, entre pobladores de Siberia y los de Alaska, a través del estrecho de Bering. También es posible que navegantes malayopolinesios arribaran en algún momento a las costas occidentales del continente o de la América del Sur. Y, por aparentar que se llegaba con facilidad, con fundamentos meramente especulativos, se ha llegado a hablar de que es posible que antes que Colón, hubiesen arribado chinos, japoneses, indios, fenicios, egipcios, romanos, celtas, judíos o árabes. Sorprende que todos ellos y por separado decidieran mantenerlo en secreto.

En cualquier caso, sea cierto o no, si tal cosa ocurrió, debe resultarnos de todo punto irrelevante, porque lo cierto es que descubre quien encuentra algo y comparte el conocimiento de lo que encuentra con los demás, de modo que lo descubierto actúa como una realidad en el mundo. En este sentido, los vikingos no descubrieron América, porque de ser cierto que estuvieron allí, ni ellos mismos se enteraron de donde estaban. No son ellos los que descubren, somos nosotros los que hemos descubierto que resulta bastante probable que estuviesen allí, sin que aquello aprovechase a nadie ni supusiera un conocimiento de lo presuntamente descubierto para nadie.

Otra forma de banalizar el hecho consiste en dar a entender, que América estaba a punto de descubrirse de una u otra forma, a finales del siglo XV, tal y como ocurrió. No es verdad que estuviera a punto de descubrirse de todas maneras o que podría haber sido descubierta por cualquiera. La verdad es que nadie en aquella época, al menos en Europa, estaba en condiciones de hacerlo, porque o no tenía interés, o no disponía de los cuantiosos recursos necesarios, o estaba centrado en otros objetivos prioritarios. Francia, tras el fin de la guerra de los cien años, durante el reinado de Luis XI, vivió enfrentada al Ducado de Borgoña, que logró anexionar salvo en la parte de los Países Bajos. Carlos VIII, su sucesor, tras casarse en 1491 con la heredera del ducado de Bretaña absorbió este en su reino y acto seguido se lanzó sobre Italia en una alocada carrera para anexionarse Nápoles, reino del que se consideraba heredero. Inglaterra, en aquel momento, un actor de escasa relevancia entre las potencias europeas, estaba absorbida por sus problemas internos. Tras la derrota en la guerra de los cien años, los miembros de la familia real se enzarzaron en disputas dinásticas que dieron lugar a la guerra de las Dos Rosas, que duró hasta 1487. Los disturbios continuaron hasta que los Tudor se hicieron con el poder y Enrique VII logró controlar la situación. No estaba Inglaterra para proyectos como el que Colón planteaba, si bien es cierto que, una vez conocido el descubrimiento, al rey inglés le faltó tiempo para enviar dos expediciones, navegando hacia el Oeste, al mando de Juan Cabot que en 1497 exploró lo que hoy conocemos como Terranova, Nueva Escocia y Nueva Inglaterra, aunque sin que el Nuevo Mundo despertase en la isla mayor interés, por el momento. Portugal era entonces la única potencia marítima volcada en le exploración, tratando de encontrar una ruta a las islas de las especias circunnavegando África. Había descubierto Madeira en 1425, las Azores en 1431 y, entre 1430 y 1490, había enviado una docena de expediciones marítimas hacia el oeste sin obtener ningún resultado. De hecho, Cristóbal Colón llega a España, tras vivir en Portugal entre 1474 y 1485, y ver rechazado su proyecto. El resto de Europa no se encontraba siquiera en disposición de prestar la más mínima atención a asuntos como este. Alemania e Italia se hallaban completamente fragmentadas en pequeños estados que mantenían un conflicto permanente. Polonia se ocupaba en amedrentar a los estados que la rodeaban y que posteriormente acabarían con su existencia. Rusia no participaba de la política del continente. Tampoco lo hacía Escandinavia, trastornada por la Unión de Calmar que se disolvería en 1523. Por su parte los húngaros se debatían entre someterse a los polacos o a Austria. Para rematar este poco favorable panorama, cabe decir que España, o dicho de otro modo Castilla y Aragón, se encontraban empeñados en terminar la Reconquista, situados en Santa Fe y comprometidos en la toma de Granada, último reino islámico de España, y tampoco estaban en condiciones de interesarse por ese, ni por ningún otro proyecto.

Así que resulta un hecho cierto que nadie en Europa estaba en condiciones de emprender la empresa del descubrimiento. Quizá la única potencia en el mundo que podría haberlo realizado era China. Entre 1405 y 1423, Zheng He, un eunuco musulmán, al servicio de la dinastía Ming, creó una gran escuela de navegación oceánica y construyó para el emperador una de las mayores flotas que el mundo ha conocido, ya que llegó a tener más de setecientos juncos y treinta mil tripulantes. Con esta flota realizó no menos de siete expediciones por el Pacífico Sur, océano Índico, golfo pérsico y costas de África, con la misión de cartografiar las costas, y abrir el Imperio chino a otras realidades culturales, promocionando el comercio y fomentando los avances científicos. Pero el emperador, en 1424, tras la séptima expedición y presionado por los miembros de la corte, decidió suspender las expediciones, que costaban a las arcas imperiales más de lo que llegaron a aportar. Quizá sea esta la razón por la que América hoy no sea una prolongación de China y su cultura.

Sin embargo, es finalmente España la que asume el desafío y, no por casualidad, es precisamente este pueblo, con una Historia única e incomparable con la de cualquier otro, quien protagonizará un hecho tan excepcional como el descubrimiento de un continente tan grande, que se extiende desde el Polo Norte al Polo Sur, suponiendo una masa de tierra de casi cuarenta y tres millones de kilómetros cuadrados, de los ciento treinta y seis millones que suma el total de superficie terrestre que emerge de los mares. Dicho de otra forma, la superficie conocida era de noventa y tres millones de kilómetros cuadrados y el descubrimiento aporta una parte equivalente a la mitad de lo conocido hasta la fecha. En términos cuantitativos, la cifra no puede resultar más espectacular, ni puede disminuirse la importancia del hallazgo.

Ni el descubrimiento fue fruto de la casualidad, ni resulta casual que la gesta, no solo del descubrimiento, sino la de construir la cultura occidental en el nuevo continente, fuese llevada a cabo por una de las potencias más fuertes, si no la que más, y más avanzadas de la época, de entre las europeas. La afirmación de que la Historia de España es única, incomparable e irrepetible, puede parecer exagerada y solo estar movida por la pasión de un español por defenderla, pero basta con hacer un somero repaso de ella para darse cuenta de hasta qué punto ha tenido siempre un papel relevante y protagonista, hasta haber construido el mundo tal y como hoy lo conocemos.

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