PALABRAS CON HISTORIA: CRISTIANISMO

Palabras con historia

Por: Marcos López Herrador

Me gustaría en esta ocasión referirme al cristianismo, no como concepto general para definirlo y analizarlo, sino para tratar un aspecto histórico concreto del papel que jugó en la llamada decadencia y caída de Roma.

Creo que de manera general casi todos tenemos interiorizado que el cristianismo fue una de las causas fundamentales que dieron lugar a la desaparición del Imperio romano de Occidente, a finales del siglo V.

Es esta una idea tan arraigada desde el siglo XVIII que parece que poco pueda discutirse. Sin duda, para que esto sea así, resultó fundamental la gran influencia que tuvo y tiene la magna obra de Edward Gibbon, La Historia de la Decadencia y Ruina del Imperio Romano, que comenzó a publicarse en el año 1776, y otra obra muy breve, titulada, Los Cristianos y la Caída de Roma, que en realidad está extractada de la anterior.

Según esta versión, la aparición del cristianismo supuso la paulatina, pero constante, degradación de los fundamentos que sustentaban todo el entramado de poder romano y su legitimidad. La antigua religión fue arrinconada y con ella la creencia en los dioses ancestrales que habían protegido a la ciudad desde su fundación. Por otro lado, la intolerancia religiosa que el cristianismo introduce acabó con la libertad de cultos y con la concepción misma de la cultura romana y su forma de ver el mundo.

Este planteamiento, tan comúnmente aceptado, creo, sin embargo, que merece la pena cuestionarlo para dar un enfoque bien distinto.

En primer lugar, deberíamos tener en cuenta que la idea expuesta tiene su origen en la Ilustración, una forma de concebir el mundo, que considera al cristianismo como enemigo de la razón y de todo progreso humano. Desde la Revolución Francesa, no hay argumento que no se utilice para tratar de destruir a la religión cristiana, imponiendo una sociedad cada vez más secularizada y agnóstica, cuando no atea.

En segundo lugar, convendría considerar, si no es más cierto, que ya antes del siglo II, los fundamentos de la cultura romana, basada en la antigua religión, estaban tan deteriorados que ya no servían para sostener todo el entramado del poder del Imperio.

La clase senatorial romana acaparaba el poder y la legitimidad misma a través de los auspicios, imprescindibles para investir a cualquier magistratura. Esto entra en crisis, hasta el punto de que, durante el siglo III, el de la anarquía militar, Roma no solo estuvo a punto de desaparecer, sino que, por orden lógico de las cosas, debería haber desaparecido entonces. Además, desde el final de la dinastía de los antoninos, los emperadores dejaron de pertenecer a la élite senatorial de Roma. Nacían en otros lugares y eran dueños del poder, porque tenían al ejército de su parte. Se trataba de una nueva concepción de la legitimidad que condujo a las continuas y devastadoras guerras civiles de la época.

Apareció entonces Diocleciano y detuvo el letal proceso, poniendo orden en la situación y después Constantino, que vio claro que tenía que dotar de nuevos fundamentos a una cultura en peligro de desaparecer. Creó una nueva capital en Constantinopla, un nuevo concepto de emperador y necesitaba una nueva fuente de legitimidad y un nuevo pueblo. Eso fue exactamente lo que encontró en el cristianismo, que le proporcionó una legitimidad nueva para su poder, derivada directamente de Dios, y un nuevo pueblo, el cristiano, leal, disciplinado y controlado férreamente por su extensa red de obispos.

Que aquello tuvo éxito, lo demuestra el hecho de que el Imperio de Occidente prolongó su existencia durante dos siglos más.

Puede decirse que finalmente cayó. Sin embargo, me gustaría puntualizar que existe una confusión que también es atribuible al gran historiador Gibbon, que consiste en concebir que la decadencia y caída de Roma es un proceso único e inevitable y que las causas de la decadencia fueron también las causas de la caída.

Pienso que nada más lejos de la realidad. Las causas de la decadencia, naturalmente que contribuyeron a la caída del Imperio Romano de Occidente, pero no son las causas de la caída misma. La parte occidental cae por causas específicas y propias que son agravadas por la decadencia que se arrastra, que no habría producido esa caída por sí sola.

Fundamentalmente la causa real y concreta fue la instalación de los visigodos en territorio del Imperio, con la autorización del emperador Valente. Fueron maltratados y prácticamente obligados a rebelarse. Roma ya no fue capaz de resolver el problema y, en su lucha contra ellos, en el año 406, se habían debilitado de tal forma las fronteras que suevos, vándalos y alanos atravesaron el Rin para instalarse en la Galia, Hispania y norte de África, lo que finalmente hizo desaparecer al Imperio occidental.

Que esto es así, se demuestra con el hecho de que, siendo las causas de la decadencia comunes a una y otra parte del Imperio, la parte oriental sobrevivirá durante mil años más y precisamente encontrando sus sólidos fundamentos en el cristianismo, pues fue y se definió hasta la caída de Constantinopla en 1453, como imperio cristiano.

De modo que el cristianismo no solo no fue causa de la caída de Roma, sino que constituyó el sólido cimiento que sostuvo el decadente edificio romano doscientos años más en Occidente y mil doscientos años más en Constantinopla.

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