ÓSCAR WILDE, EL ÚLTIMO BRINDIS

El Atelier

Por: Inma J. Ferrero

Acostado en la penumbra, en presencia de los últimos amigos que aún no le habían dado la espalda, pidió una copa del champán más caro del hotel y, consciente de que no podría pagarlo, le confesó a su doctor: «Estoy muriendo por encima de mis posibilidades«. Oscar Wilde falleció el 30 de noviembre de 1900 en París en el hotel D’Alsace, un hotel de bajo presupuesto en el que no pudo abonar la factura. Vivió poco, ya que murió a los 46 años.

Wilde, recibió su educación en casa, y más tarde ingresó en la Port Royal School de Enniskillen y Trinity College, ambas en Irlanda, yendo posteriormente a estudiar a Oxford. Es considerado uno de los dramaturgos más destacados del Londres victoriano tardío; además, fue una celebridad de la época debido a su gran y aguzado ingenio.

Como portavoz del esteticismo, se dedicó a varias actividades literarias; publicó un libro de poemas, dio conferencias en Estados Unidos y Canadá sobre el renacimiento inglés y después regresó a Londres, donde trabajó prolíficamente como periodista. En la actualidad es recordado por sus epigramas, sus obras de teatro y su única novela, El retrato de Dorian Gray.

Oscar Wilde tuvo compañías más acertadas que otras. Una de ellas, fue la causa indirecta de su muerte: Alfred Douglas, un joven con el que solía verse, y el padre del cual insultó a Wilde dando a entender que era homosexual. Como contrapartida, y alentado por Douglas, Wilde inició un juicio contra su padre (que también era Lord y Marqués de Queensberry) por calumnia, pero el juicio dio un giro y se acabó convirtiendo en un juicio contra el propio Wilde, acusado ante todos del “peor de los pecados” (la homosexualidad) y contra lo que denominaron entonces como “literatura amoral”.

Así, en 1895, Wilde fue condenado a prisión por amar a quién no debía. Cumplió dos años de trabajos forzados en la cárcel de Reading, sentencia que cumplió por completo a pesar de las numerosas presiones y peticiones de clemencia efectuadas desde sectores progresistas y desde varios de los más importantes círculos literarios europeos que no fueron escuchadas. El cumplimiento de la sentencia supuso la pérdida de todo aquello que había conseguido durante sus años de gloria.

Habiendo cumplido su condena, en 1897, Sebastian Melmoth, seudónimo que utilizó el autor con la intención de pasar desapercibido, llegó a París, donde permaneció hasta su muerte. Sus últimos años de vida se caracterizaron por la fragilidad económica (el escritor fue mantenido por los pocos amigos que aún le quedaban), los quebrantos de salud, los problemas derivados de su afición a la bebida y un acercamiento de última hora al catolicismo. Todo ello sin renunciar a sus costumbres y su esencia.

Con respecto a las causas de su muerte, la tesis que mayor consenso genera, es que falleció por una meningitis resultado de las complicaciones de una otitis arrastrada durante años y de la que fue operado precariamente en su lecho.

Cuentan que murió en la indigencia, completamente arruinado y convertido en un paria por la sociedad victoriana. Hasta aquí todos coinciden, pero luego cada versión le atribuye una frase célebre distinta. Hay quien sostiene que, muy tocado ya de la cabeza, Wilde la emprendió con el mobiliario del hotel: “Estas cortinas me están matando” o “Este papel pintado y yo estamos luchando a muerte, uno de los dos tendrá que irse” son algunas de las sentencias que le atribuyen en sus últimos días. No se sabe a ciencia cierta si realmente dijo alguna de ellas. Pero a sus seguidores así les gusta recordarlo: con un ingenio ácido y visceral que ni la ruina, la enfermedad o el ostracismo lograron acallar.

Escribí cuando no conocía la vida. Ahora que entiendo su significado, ya no tengo que escribir. La vida no puede escribirse; solo puede vivirse.” Oscar Wilde.

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