LOUISA MAY ALCOTT: UNA ESCRITORA EN TIEMPOS DIFÍCILES

Por: Tomás Sánchez Rubio

Qué desconcertante es la especie humana, que no puede vivir sin enfrentarse ni luchar de continuo contra sí misma. Nuestra naturaleza se las ha arreglado para hacer de la Historia una sucesión de batallas que al final nadie gana pero que muchos celebran, relegando en cambio al olvido aquellos factores que nos unen y hacen posible la construcción y renovación de las distintas sociedades, civilizaciones, culturas… Los humanos somos capaces de acometer las empresas más fabulosas, los más increíbles avances, pero también lo somos de enfangarnos en las peores acciones invocando principios aparentemente nobles y elevados, principios que disfrazan a menudo intereses bastardos y despreciables. Las palabras huecas de políticos y líderes de turno se quedarían en mera y ridícula anécdota, si no acabaran con demasiada frecuencia traduciéndose en la pérdida de vidas inocentes, en terribles sufrimientos jamás justificados ni justificables…

Uno de los conflictos bélicos que nos resultan más conocidos de la Edad Moderna es la llamada La Guerra de Secesión americana. Se trató de una contienda que enfrentaría entre los años 1861 y 1865 a dos bloques de estados, formados el uno y el otro por descendientes sobre todo de los colonos ingleses que llegaron al Nuevo Continente durante los siglos XVII y XVIII. Agrupados en principio a lo largo de la costa atlántica, se habían levantado en la década de los años 70 del XVIII frente a la Corona Británica y sus representantes. Juntas, estas comunidades lucharon por su independencia, conseguida al fin en 1776, para un siglo después combatir entre ellas dando lugar a una cruenta guerra civil.

El caso es que en relación al estallido de la mencionada conflagración se daban determinados factores a los que siempre se alude en los libros. El problema de la esclavitud fue esencial, pero se le añadían tanto la defensa de los estados frente al gobierno federal como los distintos intereses económicos y visiones culturales de cada uno. Los hechos inmediatos fueron los siguientes: En abril de 1861, poco después de que el presidente Abraham Lincoln asumiera su cargo, las fuerzas de los Estados Confederados de América atacaron Fort Sumter, guarnición insular a la entrada de la bahía de Charleston (Carolina del Sur). A partir de ahí, los nacionalistas de la Unión, leales a la Constitución, se enfrentarían a los confederados secesionistas.

Con anterioridad, de entre los treinta y cuatro que formaban los Estados Unidos en 1861, siete estados esclavistas del sur ─y más tarde otros cuatro─ declararon unilateralmente su segregación para formar los mencionados Estados Confederados de América. Se trataba de Carolina del Sur, Mississippi, Florida, Alabama, Georgia, Louisiana, Texas, Virginia, Arkansas, Tennessee y Carolina del Norte. Esta coalición nunca fue diplomáticamente reconocida por el gobierno central. Las comunidades que permanecieron leales a los Estados Unidos, incluidos los estados fronterizos, y donde la esclavitud era legal, se conocían como la Unión o el Norte.

Unión y Confederación rápidamente formaron en orden de batalla a sus ejércitos de profesionales y voluntarios, que lucharían principalmente en el Sur a lo largo de cuatro años. La Unión finalmente ganó la guerra cuando el general Robert E. Lee se rindió ante el general Ulysses S. Grant en Appomattox Court House; tal hecho fue seguido de una serie de rendiciones de generales confederados en todos los estados del Sur. Los cuatro años de intensos combates dejarían tras de sí entre 620.000 y 750.000 personas muertas.

Hace muy poco leí que es la Guerra Civil americana el episodio de la historia de los Estados Unidos más estudiado y sobre el que más se ha escrito. Al igual que ocurre ─y seguirá ocurriendo─ con la contienda civil española (1936-1939), el conflicto americano no ha dejado de ser marco o contexto de multitud de obras literarias, sobre todo novelas, desde su génesis hasta nuestros días. Muchas de ellas llevadas al cine y en más de una ocasión incluso. Recordemos solo a modo de significativos ejemplos: Gone with the wind (Lo que el viento se llevó), de Margaret Mitchell (1936); La roja insignia del valor, de Stephen Crane (1896); o bien el relato gótico A Painted Devil, del escritor Thomas P. Cullinan (1966). Esta obra daría lugar a la cinta The Beligued ─conocida en España como El seductor─, dirigida en 1971 por Don Siegel y protagonizada por Clint Eastwood y Geraldine Page entre un magnífico elenco de actrices, tanto veteranas como noveles en aquella época. En 2017 se estrenaría una nueva versión del libro, realizada por Sofia Coppola.

Incluso contamos con una interesante narrativa ucrónica y distópica sobre el conflicto americano. Ward Moore tocaría el tema en Bring the Jubilee ─traducida en nuestro país por Lo que el tiempo se llevó─, mientras que Harry Tutledove basará en un resultado alternativo de dicha contienda la saga Southern Victory o Timeline-191.

Aparte de los autores y autoras señalados, tiene un papel esencial la escritora Louisa May Alcott, contemporánea de los hechos que sirven de marco para su novela publicada el 30 de septiembre de 1868. Se trata de Little Women o Little Women or Meg, Jo, Beth and Amy (conocida en España como Mujercitas).

Durante la Guerra de Secesión, Louisa había sido enfermera en el Hospital de la Unión, en Georgetown, Washington D C, durante seis semanas entre 1862 y 1863.  Habiendo nacido en Germantown, Pensilvania, el 29 de noviembre de 1832, falleció a los cincuenta y cinco años en Boston, el 6 de marzo de 1888. Murió a causa precisamente de las secuelas que en su cuerpo dejó el envenenamiento por mercurio, sustancia con la que fue tratada por el tifus contraído durante su servicio en la contienda.

Los padres se Louisa May eran Abigaill May y el pedagogo, escritor y filósofo Amos Bronson Alcott, activista a favor del abolicionismo y el sufragio femenino. Louisa tenía tres hermanas, Anna, Lizzie y Abigail ─quien llegaría a ser una reconocida artista plástica─.    Su hermano Dapper murió siendo un niño. Las cuatro hermanas fueron educadas en su propio hogar por el padre. Desde muy joven, para ayudar económicamente a su familia, la escritora comenzó a trabajar esporádicamente como maestra, costurera o institutriz. Asimismo, pronto se interesó por la literatura, escribiendo relatos y poemas. Su primer libro, de cuentos, se llamó Flower Fables (1854). Anteriormente, en 1851, había conseguido publicar su primer poema en la revista mensual con sede en Filadelfia Peterson´s Magazine. El texto aparecía bajo el seudónimo Flora Fairfield. En 1860 comenzó a escribir para la publicación The Atlantic Monthly, de Boston, uno de cuyos fundadores sería el poeta y filósofo Ralph Waldo Emerson. Autora comprometida con los movimientos abolicionista y sufragista, escribió bajo el nombre A. M Barnard una serie de novelas y relatos en los que trataría temas considerados tabúes en su época, como el adulterio o el incesto.

Será en 1868 cuando saldrá a la luz su gran éxito, Little Women, publicado por la editorial Roberts Brothers de Boston. Creada esta casa en 1857, daría a conocer, hasta su cierre en 1898, obras de relevantes autores y autoras tanto estadounidenses como de Europa: Susan Coolidge, Emily Dickinson, George Sand o David Gray.

Mujercitas es una novela que versa sobre la evolución y despertar a la vida de adultas de cuatro chicas durante los años de la guerra. Se trata de un relato en parte autobiográfico inspirado en la niñez de la autora junto a sus hermanas en Concord, Massachusetts.

Lo cierto es que, aparte de poder inspirarse en algún modelo real, Louisa May, con un conocimiento de la psicología humana más que notable, dio vida a cuatro figuras tipo con los que otras mujeres en aquel momento pudieron identificarse: Meg, de ideas conservadoras y tradicionales; Jo, independiente, rebelde e inconformista; Beth, de buen corazón e ingenua, y Amy, algo superficial y presumida. La variedad de personajes, la magistral exposición de los roles de género, aparte de la conseguida conjunción de elementos del drama, la comedia y el romance, explican con toda justicia el triunfo del libro y su consideración de clásico a día de hoy.

La segunda parte, Good Wives (Aquellas mujercitas) saldría a la luz al año siguiente. En 1871 aparecería Little Men (Hombrecitos), novela inspirada en los sobrinos de Louisa May Alcott que vivían en Orchard House, también en Concord. Con Jo’s Boys (Los muchachos de Jo), de 1886, se completaría la conocida como «saga de la familia March».

A partir de la segunda década del siglo XX, Mujercitas comenzó a conocer adaptaciones tanto en los escenarios como en el cine. El 14 de octubre de 1912 se estrenó en Broadway una versión en cuatro actos debida a Marian De Forest, dramaturga comprometida con la mejora de la situación de la mujer, fundando en 1919 Zonta, definida en aquel momento como «una organización de servicio de mujeres ejecutivas que trabajan para mejorar la situación legal, política, económica y profesional de la población femenina a nivel internacional».

En cuanto a las adaptaciones cinematográficas, la novela ha conocido hasta el momento siete: en 1917, 1918 ─ambas anteriores al cine sonoro─, 1933, 1949, 1994 y 2019. Particularmente recuerdo con cariño aquella versión de 1949 dirigida por Mervin LeRoy y protagonizada por June Allyson, Margaret O´brien, Janet Leigh y Elizabeth Taylor.

Quisiera asimismo hacer referencia a dos aportaciones literarias relativamente recientes al universo del libro y de su autora. Por una parte, en 2005 la periodista australiana Geraldine Brooks publicó March, una novela que trataba aspectos relacionados con la narración de Mujercitas, relatando la historia del señor March durante la Guerra Civil. Consiguió con ella el premio Pulitzer de Ficción. Algo más tarde, en 2008, John Matteson publicó la obra Eden´s Outcasts.The Story of Louisa May Alcott and Her Father, por la que también obtuvo el Pulitzer de Biografía.

Un aspecto especialmente interesante respecto al argumento de Mujercitas es la reconocida reproducción que hace esta obra, tanto en su estructura como en el tema, de la novela alegórica o “ficción teológica”, traducida a numerosos idiomas, El progreso del peregrino de John Bunyan, escritor autodidacta y tenaz predicador inglés del siglo XVII. El caso es que muchos de los títulos de los capítulos son alusiones directas a esta obra (Juego de los peregrinos, Beth encuentra el Palacio Hermoso, El valle de la humillación de Amy…)  Esta identificación añadiría a la novela de Louisa May la consideración de obra trascendentalista, refiriendo el crecimiento o evolución de los personajes hacia una perfección moral y espiritual.

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