LOS VALORES DE PIERRE DE COUBERTIN

Por: Tomás Sánchez Rubio


Ethelbert Talbot había nacido en Fayette, Missouri, en 1848, falleciendo el año 1928 en Tuckahoe, Nueva York. A juzgar por el testimonio de quienes lo trataron, parece que era un buen hombre. Tuvo una larga y productiva vida dedicada a la Iglesia Episcopal norteamericana, de la que llegó a convertirse en obispo presidente. Al día siguiente de haber sido ordenado sacerdote, el 5 de noviembre de 1873, se casó con Dora Frances Havery. Ambos tendrían una hija. Inmediatamente después, se convirtió en rector de la iglesia de St. James en Macon, fundando diversas misiones y una escuela que se convertiría con el tiempo en academia militar. Tras ser consagrado obispo, erigió treinta y ocho templos en el oeste y construyó la Catedral de San Mateo en Wyoming.

En el verano de 1908, siendo prelado de Pensilvania, Talbot asistió a la Conferencia de Lambeth, en Londres. Con ese nombre se conoce aún hoy a la reunión en asamblea de todos los obispos anglicanos en comunión con la sede de Canterbury, siendo convocada cada diez años por el arzobispo de esta. En aquella ocasión se llamó a unos doscientos cincuenta representantes de todo el mundo. El sínodo coincidió con la cuarta edición de los juegos olímpicos de la era moderna. Fueron estos unos juegos que levantaron una cierta polémica respecto a su organización, con enfrentamiento de estadounidenses y británicos incluido. El caso es que, con motivo del magno evento deportivo, Talbot fue invitado a pronunciar, el 19 de julio, una alocución en la Catedral de San Pablo. A este servicio asistirían tanto atletas como representantes y dirigentes de los juegos. En un momento dado de su sermón ─alabado por diversos contemporáneos─ el religioso afirmó: “Los juegos en sí mismos son mejores que la carrera y el trofeo. San Pablo nos dice cuán insignificante es lo que ganemos. Nuestro premio no es corruptible, sino incorruptible, y aunque solo uno pueda llevar la corona de laurel, todos pueden compartir la misma alegría de la competición”. Tales palabras se difundirían rápidamente, siendo el antecedente del que se consideraría uno de los lemas del olimpismo moderno y de paternidad normalmente atribuida a Pierre de Coubertin ─presente, por otra parte, en aquella ceremonia─: “Lo importante no es ganar, sino participar”. El otro lema, el oficial desde 1924, «Citius, Altius, Fortius» ─más rápido, más alto, más fuerte─, sería acuñado treinta años antes por el sacerdote dominico Louis Henri Didon, prefecto del Colegio parisino de Arcueil, así como estrecho colaborador de Coubertin.

Los Juegos Olímpicos de Londres, los más largos de la etapa moderna, se celebraron entre el 27 de abril y el 31 de octubre de 1908. Serían inaugurados por el rey Eduardo VII, hijo primogénito de Victoria y Alberto y abuelo de la actual monarca inglesa. El centro de las pruebas fue el estadio de White City, construido para la ocasión. Participaron dos mil ocho deportistas ─mil novecientos setenta y un hombres y treinta y siete mujeres─ provenientes de veintidós países. Roma había sido la ciudad escogida por el Comité Olímpico Internacional para esa edición; sin embargo, la erupción del Vesubio, el 7 de abril de 1907, implicó que los esfuerzos del gobierno italiano se destinaran a la reconstrucción de Nápoles, localidad que resultó totalmente devastada. Londres, sede de la Exposición franco-británica, fue elegida para reemplazar a la capital del Tíber.

El caso es que, doce años antes, justamente el 6 de abril de 1896, se habían inaugurado en Atenas los primeros juegos olímpicos modernos, con doscientos cuarenta y un atletas de catorce países que competirían en nueve disciplinas ─atletismo, ciclismo en ruta y en pista, natación, gimnasia, tenis, lucha, halterofilia, esgrima y tiro─.

Las mujeres participarían, por primera vez, en los Juegos Olímpicos de París de 1900. Cabe destacar que esta primera incursión femenina en las olimpiadas fue meramente testimonial. Entre las disciplinas permitidas aparecía el golf, el croquet o el tenis. En este sentido, merece una mención especial la gran tenista Charlotte Cooper, que ya había ganado el torneo de Wimbledon en tres ocasiones, y que se convirtió en la primera campeona olímpica de la historia. Posteriormente, la situación se normalizaría, extendiéndose la participación femenina a todas las disciplinas.

En la Grecia Antigua, los juegos comprendían una serie de competiciones deportivas disputadas por representantes de diversas ciudades-estado helenas a partir del año 776 a.C. Tenían lugar en Olimpia, localidad de la Élide situada al pie del monte Caronio y junto al río Alfeo, conocida por su santuario dedicado a Zeus. Las pruebas se celebraban normalmente cada cuatro años. Durante ellas se promulgaba la ekecheiría o tregua olímpica, a fin de permitir a los atletas viajar seguros desde sus respectivas ciudades hasta la sede olímpica, que era siempre la misma. Solo los hombres libres que hablaban griego podían competir.

Sabemos que, entre los participantes más célebres a lo largo de su historia, se encuentra Alejandro Magno, que compitió, siendo adolescente, en una carrera de carros. Su padre, Filipo II de Macedonia, había ganado tal prueba en tres olimpíadas consecutivas. Era el siglo IV a.C. Tras la conquista de Grecia por parte de Roma, estos también participarían.

En la era cristiana, concretamente a mediados del siglo III, comenzaría una decadencia progresiva. Se considera que el último ganador de los juegos olímpicos conocido fue ─en la modalidad de lucha a puño limpio─ el príncipe armenio Varazdat en el 385. A iniciativa del Comité Olímpico Nacional de Armenia, el 8 de mayo de 1998 se instaló un busto del noble en la propia Academia de Olimpia. Según la Crónica de Eusebio, los últimos juegos olímpicos de la Antigüedad se celebraron en el 393 d.C., casi doce siglos después de su comienzo. Tras la adopción del cristianismo como religión oficial del Imperio romano en virtud del Edicto de Tesalónica (380 d.C.), el emperador Teodosio I el Grande prohibió toda celebración pagana, incluidos los juegos. Se dice que en tal determinación sería decisiva la influencia de san Ambrosio de Milán.

Entre 395 y 396 los godos invadieron y saquearon Olimpia. En el 408, Flavio Honorio Augusto y Teodosio II el Calígrafo, emperadores de Occidente y Oriente respectivamente, decretaron la destrucción de los espacios dedicados a divinidades paganas; entre ellos, el santuario olímpico.

Llegados a este punto, justo es conocer y reconocer a la persona a quien debemos  la vuelta a la vida de las olimpíadas en la edad contemporánea, celebración que distaba mucho, en estos “nuevos comienzos”, de ser una simple recreación histórica del pasado. Se trata del barón de Coubertin.

Pierre Frédy de Coubertin nació en París, el 1 de enero de 1863, falleciendo en Ginebra el 2 de septiembre de 1937. Fue el menor de los cuatro hijos del matrimonio de aristócratas formado por Charles Louis Frédy, barón de Coubertin, y Marie-Marcelle Gigault de Crisenoy. Charles, amante del arte y la historia, se dedicaba a la pintura, encontrándose actualmente una de sus obras en el Museo del Vaticano. Marie, por su parte, había estudiado medicina y prestaría sus servicios como voluntaria en los hospitales parisinos durante la terrible Guerra Franco-Prusiana de 1870.

La educación primaria de Coubertin comenzó en el Colegio Jesuita de Vaurigard, completando su formación en el recién creado San Ignacio, en París. Allí aprendió griego y latín. El profesor de una de las materias seguía de cerca los trabajos arqueológicos que se realizaban durante esos años en Olimpia. En aquellas clases, Pierre conoció y utilizó el libro del geógrafo Pausanias Descripción de Grecia, que empleaban los alumnos en el aula para ir identificando todos los templos, instalaciones deportivas y esculturas que iban descubriendo los arqueólogos alemanes. Le apasionaba el tema del deporte en la Antigüedad clásica. Se graduó siendo el número uno de su promoción. Su padre, de quien heredaría el título nobiliario, quería que Pierre fuera militar, pero ese no era el camino del muchacho: al poco tiempo de entrar, abandonaría la prestigiosa Escuela Especial Militar de Saint-Cyr, fundada en 1802 por el mismo Napoleón Bonaparte. Hizo dos años de Derecho en la Sorbona y más tarde cursó estudios en la Escuela Libre de Ciencias Políticas, institución privada fundada en 1872 por el escritor y politólogo Émile Boutmy, interesándose en gran manera tanto por la historia como por la educación. Amante del deporte al aire libre, practicaba remo, esgrima, hípica, tenis y ciclismo. En 1894 se casará con Marie Rothan, hija de Gustave Rothan, un gran coleccionista de arte. El matrimonio, formado por una protestante y un católico, no fue bien visto por el entorno familiar ni social. La pareja tuvo dos hijos, ambos de salud muy delicada.

Atraído desde muy joven por la idea de los valores morales que la educación física podría transmitir a la juventud, así como la búsqueda de la perfección espiritual por medio del deporte, Coubertin visitó en 1883 Inglaterra y conoció a Thomas Arnold, pastor anglicano y director de la Escuela de Rugby, mostrándose entusiasmado por las ideas de este sobre la incorporación de los deportes a la vida escolar. En 1889 se embarcó en una gira por Canadá y Estados Unidos para descubrir los métodos de educación utilizados en las escuelas y colegios de esos países. Comienza a divulgar tales fórmulas por toda Francia: crea La Union des sociétés françaises de sports athlétiques y funda la primera revista dedicada al deporte, la Revue Athlétique.

En 1892 presentó a la Sociedad de Deportes de París la propuesta de celebrar unos juegos internacionales según el modelo olímpico antiguo. Sorprendentemente fue rechazada… Sin embargo, Coubertin no se desanimó y en 1894 invitó a atletas y deportistas de nueve países diferentes a asistir a una conferencia deportiva. Sugirió allí su proyecto para un renacimiento de los juegos olímpicos y esta vez la idea fue recibida con entusiasmo. Se decidió que los modernos juegos se celebrarían cada cuatro años y que cada edición tendría lugar en un país diferente. Se acordó por unanimidad que debían conmemorarse en Grecia, en la propia Olimpia. Se formó un grupo llamado Comité Olímpico Internacional para supervisar los arreglos y la organización. Coubertin, que contaba con un grupo de fieles e incondicionales colaboradores, fue elegido por unanimidad presidente del comité, cargo que ocuparía durante veintinueve años años. Fue sucedido, en 1925, por el belga Henri de Baillet- Latour. Aparte de crear el pentatlón moderno para los Juegos Olímpicos de 1912, fueron idea de Pierre de Coubertin el juramento y la bandera olímpica con los cinco anillos de distintos colores ─que representarían los cinco continentes y la variedad de banderas de sus países─. Murió de un ataque al corazón en 1937 en Ginebra, Suiza. Según sus deseos, su corazón fue enterrado en Olimpia. Su esposa, Marie, moriría con 101 años en 1963.

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