LOS HOMBRES NO SON PERSONAS

Por: Antonio Tello

«La torpeza intelectual, la ignorancia y la violencia parecen ser los principales factores que inciden en la desnaturalización de las relaciones humanas, hecho que hace más difícil la convivencia y el bienestar en las sociedades del mundo actual dominadas por el ruido y la confusión. Pero ¿cuál es el origen de esta situación?«

«Las carencias físicas y espirituales, las injusticias y la violencia sociales se ha extendido como una epidemia que trastorna la realidad y corroe los cimientos de la civilización hasta el punto de que nadie parece oír o entender al otro, ni siquiera hombre y mujer parecen ser de la misma especie.«

Uno de los mayores problemas que aquejan al mundo en estos tiempos es el ruido. En Occidente, desde el Renacimiento en adelante el ruido ha ido progresivamente en aumento hasta convertirse en una cultura “natural” de nuestra civilización y por ello parece casi imperceptible. Este ruido está en el origen de la violencia y las desigualdades sociales que sostienen el sistema de poder que rige el mundo. Una violencia y unas desigualdades que progresan día a día en la misma medida que crecen las dificultades para pensar.

Ya lo advirtió George Orwell en un pequeño ensayo publicado apenas acabada la Segunda Guerra Mundial. La dificultad para pensar hace que no podamos expresarnos con claridad y no expresarnos con claridad hace que nuestros pensamientos sean confusos. Todo lo que nos rodea constituye un gran farfullo ininteligible que imposibilita la comunicación entre los individuos, incluso entre aquellos que integran un mismo grupo o comunidad. El arte, la literatura, la música, todo conforma una gran vocinglería que embota la mente y le resta lucidez para el pensar. Pero la mayor contribución al ruido la hacen la televisión, la industria del espectáculo, que incluye las manifestaciones deportivas y políticas, y las redes sociales, a través de las cuales la masa canaliza su vocerío particular elevándolo a la categoría de opinión pública. De aquí que el filósofo español Emilio Lledó dijera que antes que defender la libertad de expresión deberíamos defender la libertad de pensamiento, porque la elaboración de una idea implica un esfuerzo que no exige la opinión. “Lo importante es crear libertad y capacidad para pensar”, dice. Públicamente “no se pueden decir todas las tonterías que se te ocurran, ni insultar a quien te parezca, ni calumniar porque eso no es libertad de expresión, ésta procede de la libertad de pensamiento y ésta te pide que tengas la mente clara, que las neuronas fluyan, que no tenga un pringue ideológico o bloques mentales, casi siempre pringosos, que impidan que el pensamiento discurra libremente. Esta libertad hace que aquello que expreses tenga sentido colectivo, poético, y sea útil para el medio donde se desarrolla”.

Pensar con lucidez en estos tiempos no es tarea fácil. Las circunstancias actuales no favorecen hacerlo. Vivimos en un presente sin arraigo. En un presente en el que no pensamos y si no pensamos tampoco recordamos y de aquí la impunidad con que se cometen actos deleznables. Para pensar se necesita aislarse del ruido circundante y, como aconseja Peter Sloterdijk, el brillante filósofo alemán, retirarse y tomar distancia, “salir del tiempo impetuoso de la vida” y observar. La filosofía sería la herramienta ideal para este cometido, porque la filosofía “es un intento de dañar la estupidez”, como dice Sloterdijk siguiendo a Nietzsche, pero la mayoría de los filósofos ha dimitido de esta tarea en favor de la sociología y de la politología y su lugar lo ocupa la poesía.

Actualmente, la tendencia es mirar y trabajar sobre lo que está en la superficie y si hay algo profundo subirlo a ella y tratarlo como si fuese superficial. Por esta razón parecería que la metáfora de lo profundo hoy es casi patrimonio exclusivo de la poesía. Un poema, cuyo autor no ha traicionado y contaminado con sus intereses particulares –ideológicos, políticos, religiosos, económicos, “de género”, etc.- lo que ha entrevisto en las profundidades, dice más que miles de páginas de filosofía superficial. No obstante, esto no significa que no haya en estos tiempos filósofos que piensan (ya he citado algunos) ni que toda la poesía sea profunda. Se trata de decir que en estos tiempos de imperio del ruido, de elucubraciones planas, el pensar y crear se ha convertido en un reducto de resistencia frente a las fuerzas del mal, ante la degradación y la disolución de nuestra civilización.

Pensar significa comprender y no es posible comprender si no se toma conciencia de las limitaciones del conocimiento humano; pensar es acercarse a lo esencial de la vida y luego recordar esa proximidad a los esencial para descubrir y evitar todo aquello que nos confunde y hace imposible la felicidad. En cierto modo, somos infelices porque no podemos pensar. Pensar es poner de manifiesto nuestra inteligencia, pero cómo apelar a esta cuando la adormecemos mientras soñamos con la inteligencia artificial. Pensar es avivar nuestra capacidad para intuir e imaginar el mundo y el universo, incluso en su totalidad aún antes de que podamos constatarla a través de la experiencia. Pensar es situarse en la antesala de lo infinito. En este sentido, las imágenes y las metáforas poéticas tienen una gran importancia conceptual que inducen a introspecciones profundas que no en pocas ocasiones trascienden los textos conceptuales propiamente dichos elaborados por los filósofos. Pienso ahora en los poetas Roberto Juarroz, Paul Celan y Edmond Jabès, entre otros.

Ante este panorama, parecería que el ser humano ha perdido la costumbre de pensar –pensar de verdad- porque éste le exige una concentración que el ruido no le permite y un esfuerzo que no se siente capaz de realizar. Entonces, lo que piensa –o cree que piensa- y expresa es confuso y casi siempre disparatado. De algún modo, siente con desasosiego o desesperación la degradación de su condición humana, su despersonalización, y tal sentir, paradójicamente, lo conduce a exacerbar la sentimentalidad y oponerla al pensamiento o, dicho de modo llano, a pensar con las tripas mezclando las ideas con las heces.

Como consecuencia de este sentimiento nacido de la confusión, los individuos manifiestan una crisis de identidad personal y de representación social. En un estado de identidad radicalizada en lo individual, nada ni nadie parece representarlos. Ni los políticos, a quienes, sin embargo, votan; ni los medios de comunicación, ni el lenguaje que hablan, según reclaman algunos grupos feministas, homosexuales, transexuales, bisexuales ¿También los gordos, los flacos, los bajos, los calvos…? Nadie parece sentirse cómodo con su cuerpo y reivindican para éste una personalidad, una identidad, que al parecer la comunidad no puede darle, porque ha sido fragmentada hasta los más hondos principios que la habían sostenido hasta ahora. Nadie cree ni se reconoce en el otro. Ni siquiera en sí mismo.

 El ruido y la ausencia de pensamiento han dado paso a una realidad manipulable e inalcanzable para una masa cada vez alienada. Una masa de muertos vivientes, según la interpretación metafórica que hace el lingüista estadounidense Noam Chomsky de los desclasados por el sistema. La masa despersonalizada que constituye el campo propicio para la consolidación de los sistemas de poder y de las corrientes populistas que trafican con los nacionalismos, la xenofobia y las identidades tribales, sexuales o de grupo cuyas algaras hacen más caótica e incomprensible la realidad. Incluso creando una meta realidad futura dominada por una supuesta inteligencia artificial superior a la humana. La inteligencia artificial no existe ni existirá. En todo caso existirán dispositivos que funcionen a partir de la información empírica de una mente humana.

“Lo que [ahora] hay –como afirma el joven filósofo alemán Markus Gabriel- es un software de códigos escritos por humanos para explotar a otros humanos. Todos trabajamos para Facebook o para Google. Cuando usas el buscador, generas un rastro, produces algo y eso es trabajo. Y luego sus algoritmos producidos por humanos se utilizan para anticipar tu comportamiento y el de los demás, para ganar dinero con tu trabajo. Es lo que llamo el proletariado digital”.

En este soberbio proceso de despersonalización impulsado por el poder, los hombres ya no son personas. Una expresión precisa, título a su vez de este artículo, que en el contexto de confusión y desconocimiento generalizado del que se da cuenta, podría ser ambigua o excluyente si se tomara hombre como varón y no como especie.  En tal caso, quienes así piensen, estarán tratando de llevar a la superficie los sedimentos históricos de la lengua para tratarlos como si fuesen superficiales añadiendo más confusión a la confusión.

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