LA CLASE MEDIA VA AL PARAÍSO

Por: Antonio Tello

Este estamento suele definirse como una franja social que funciona como dinamizadora de la economía y al mismo tiempo atemperadora de las tensiones entre las clases alta y baja. Sin embargo, cabe preguntarse si realmente existe esta franja social y qué papel juega su ficción.

Sociedad

La clase media va al paraíso

En un mundo de economía globalizada y controlado por las grandes corporaciones ¿pueden existir las clases medias? Y en caso de que existan ¿Qué son? ¿Quiénes las integran? ¿Qué papel juegan sus ficciones en el marco de las estrategias de dominio hegemónico del capitalismo?

En 1971, el director italiano Elio Petri estrenó la película “La clase obrera va al paraíso”[i], en la que un obrero modélico para el propietario de la fábrica, tras un accidente laboral, toma conciencia de su condición de clase y se pliega a la lucha sindical por sus derechos laborales. Una lucha que al mismo tiempo que dimensiona el poder contra el cual se libra, descubre la vulnerabilidad, las contradicciones y, acaso condicionada por la máxima según la cual “el hombre es un lobo para el hombre”, que Hobbes enunció inspirado por Plauto, el canibalismo de la clase trabajadora. La película plantea problemas que, al inicio de la tercera década del siglo XXI, son manifiestos, como la pérdida de representatividad de los sindicatos, la precarización del trabajo, el consumismo y la deuda individual como factores esclavizantes, y que están en el origen de la anomia política y de la frustración y violencia sociales.

Esa clase obrera convencida de que ganándose el pan con el sudor de la frente alcanzaría el paraíso; esa clase obrera creída de que su fuerza de trabajo era el capital dignificante que la haría libre, tarde comprendió que había sucumbido en diálogos estériles y pactos insidiosos que hicieron añicos la solidaridad de clase más allá de las fronteras nacionales, y que el trabajo -su capital- se ha convertido también en un factor esclavizante. En este proceso, en el que han jugado otros agentes alienantes, la clase trabajadora aburguesó su pensamiento y perdió su identidad en beneficio de la llamada clase media.

Pero ¿qué es la clase media? En el marco ideológico del capitalismo, la clase media es el estrato social situado, por sus recursos socioeconómicos, entre las clases alta y baja. Su origen hay que buscarlo en el siglo XVIII, sobre todo en Gran Bretaña, conformada por la baja nobleza y la burguesía terrateniente que, a tenor de la Revolución industrial y de la expansión del colonialismo, logró hacerse con parcelas del poder político. Las nuevas circunstancias favorecieron asimismo la prosperidad económica y la inclusión a este estamento de comerciantes, clérigos y gente dedicada a profesiones liberales, como abogados, arquitectos, médicos, etc. Sin ser ricos, los integrantes del nuevo grupo social tenían acceso potencial a la riqueza y no pocos pudieron amasar considerables fortunas, pero, sobre todo, a generar una nueva cultura caracterizada por el conservadurismo político, el puritanismo moral y religioso, y un culto exaltado al esfuerzo y al trabajo, considerados virtudes individuales necesarias para el progreso económico y el ascenso social. De modo que, siguiendo a Max Weber, la primitiva clase media sustentó su desarrollo en la riqueza, el poder político y el prestigio social, cuyas combinaciones en el mercado le conferían estatus económico, a través del cual podía acceder a mayores ingresos y a capital para la posesión de los medios de producción; estatus político, que le permitía influir o controlar los mecanismos institucionales de las democracias parlamentarias, y, finalmente, autoridad moral y cultural para influir en el medio en beneficio de sus intereses.

En esta fase inicial, tales factores favorecieron la interrelación entre la burguesía y la baja aristocracia, de modo que la riqueza sirvió a los burgueses para acceder al prestigio social que daba la nobleza, y los nobles vieron en la alianza la oportunidad de perpetuar algunos de sus privilegios. La novela “El gatopardo”[ii] ejemplifica como pocas el comportamiento oportunista de uno y otro estamento. Aquí, el protagonista, don Fabrizio Corbera, príncipe de Salina, acepta que su sobrino Tancredi se case con Angelica, la hija de un usurero enriquecido, cuando comprende que se avecina una época “dominada por intereses más inmediatos”. El matrimonio, para el burgués supone ganar respeto frente a los campesinos, para su hija reconocimiento social, y para el joven noble una necesidad, ya que “si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”. 

El nuevo posicionamiento de la burguesía en el orden socio político y los avances científicos y los tecnológicos en distintos campos de la actividad económica, determinan un rápido desarrollo mercantil e industrial y la gran expansión colonial, al tiempo que provocan grandes cambios sociales. En este contexto, el campesinado emigra hacia los centros fabriles localizados en las grandes urbes conformando lo que se denominará proletariado del que emerge la clase obrera. Una clase que, a pesar de su intensa lucha durante décadas contra la explotación de la que es objeto, no puede evitar que sus sectores fronterizos paulatinamente sean ideológica y culturalmente colonizados por la burguesía generando un nuevo estamento social. El desgarro cultural, especialmente intergeneracional, que se produce es dramático, como lo reflejan, en el ámbito del Río de la Plata, obras como “M’hijo, el dotor”[iii], o la novela “La Bolsa”[iv].

La clase media moderna se moldea a principios del siglo XX, en EE.UU., paralelamente a los avances tecnológicos aplicados a la producción industrial -producción en cadena, taylorismo, automatización, etc.-, que generan una dinámica económica con menores costos y mejoras de los registros salariales. A esto, tras la Segunda Guerra Mundial, siguiendo la doctrina keynesiana se creó el concepto de estado de bienestar orientado hacia la clase media que, tras la caída del bloque comunista, se reveló como una superlativa operación propagandística del capitalismo occidental. Acabada la Guerra fría, empezaron a verificarse los síntomas de una enfermedad predicha por el mismo Keynes cuando advertía que la velocidad del crecimiento y acumulación del capital traería como consecuencia desigualdades entre los países y una “enfermedad de la que es posible que muchos aún no hayan oído el nombre, pero de la que oirán mucho en los próximos años: el desempleo tecnológico”[v].

Pero antes de que ese momento dramático de la historia llegue, la clase media nacida de la alianza interesada entre la baja nobleza y la burguesía, se ha convertido en una amplia masa social con el ingente trasvase de individuos procedentes de la clase trabajadora, tanto del campo como de la fábrica, incorporados al sector de servicios, profesiones liberales, pequeños comercios e industrias subsidiarias. Estos son los sedimentos de una clase “sobredeterminada por sus deseos”[vi]. Deseos que constituyen su vulnerabilidad frente a las manipulaciones ideológicas que la han conducido a la unidemensionalidad[vii], es decir a una forma de individualismo radical caracterizado por el egoísmo, que rechaza la diferencia y busca la realización personal “explotándose a sí mismo”, algo que, sin embargo, lo conduce “al infierno de lo igual”, como afirma el filósofo surcoreano Byung-Chul Han[viii]. Individuos que, a través de las redes, han encontrado burbujas de complicidad y destilan con violencia sus frustraciones; víctimas de la lógica del capitalismo neoliberal, el cual se vale de las masas consumidoras a la misma velocidad que quema y desecha a los trabajadores que excluye del orden tecnológico.

Si antes de la era de la digitalización, las clases medias eran las vestiduras con las que los trabajadores que desertaban de su clase se colocaban para ocultar sus monos de obreros y aparentar ascenso social, ahora, en este mundo dominado por el capitalismo más radical, que tiende hacia la automatización provocando la desaparición de miles de empleos, la exacerbación de los nacionalismos, las injusticias sociales y las desigualdades económicas de los países y sus sociedades, la sola presunción de una clase media parece un dislate interesado, una ficción funcional al poder de las oligarquías capitalistas.

Una de las armas más eficaces que estos grupos de poder utilizan para dividir y enfrentar a los trabajadores es el clasismo, la discriminación social por clases, y lo hacen a través del lenguaje. Ya sea de forma hablada o escrita el lenguaje del poder impone expresiones que tienden a naturalizar la hegemonía de la clase dominante y a estratificar la población en segmentos jerárquicos, que funcionan como axiomas traducibles a otras formas de discriminación, como lo son el sexismo[ix] o el racismo.

En las sociedades capitalistas más desarrolladas – escribió el profesor español Vicenç Navarro- uno de los indicadores del poder alcanzado por la clase dominante es la tendencia a hacer desaparecer del lenguaje expresiones como “clase trabajadora” o “lucha de clases” y a la casi nula utilización por parte de los medios de comunicación y de los estamentos académicos de las categorías de clase social para analizar la realidad social.

“Es evidente de que hay clases sociales -burguesía, pequeña burguesía y clase trabajadora- cuyos intereses son distintos, pero cuya reformulación – “clase alta”, “clase media” y “clase baja”- crea la ficción de que la clase trabajadora ha desaparecido fagocitada por la “clase media” o se ha transformado en “clase baja”, expresión peyorativa con la que se categoriza a la ciudadanía de rentas más bajas. De este modo quedan consagradas las castas superior, media e inferior, cuyas obligaciones impositivas son inversamente proporcionales en la medida que el salario es considerado una ganancia sujeta a gravamen y no una renta del trabajo, la cual debería tener un tratamiento distinto al de los beneficios de la plusvalía que obtienen los dueños de los medios de producción[x]. La insidiosa confusión entre clases sociales y grupos de renta que se da a través del lenguaje es uno de los muchos recursos de los que se vale la clase dominante para consagrar su poder y naturalizar la explotación de la clase trabajadora”[xi].

Insisto. La clase media es una entelequia del sistema que condena a las sociedades a ese infierno doméstico donde todo se mide a través de los paradigmas inoculados por el poder a través de las series de televisión, de las redes sociales y medios masivos de comunicación, y de la capacidad de consumo, cadenas de las que la clase trabajadora puede emanciparse si recupera su soberanía en tanto individuos reconocibles en la comunidad.



[i] La clase obrera va al paraíso: https://www.youtube.com/watch?v=zm78XnWN7MU y https://www.youtube.com/watch?v=JR91nf9AP6A

[ii] Giuseppe Tomasi di Lampedusa, El gatopardo, 1958; versión cinematográfica de Luchino Visconti, 1963.

[iii] M’hijo, el dotor, obra teatral del uruguayo Florencio Sánchez, escrita en 1903.

[iv] La Bolsa, Julián Martel (José Mª Miró), 1867-1896. http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/la-bolsa–0/html/ff1c2edc-82b1-11df-acc7-002185ce6064_2.html

[v] John Maynard Keynes, Ensayos de persuasión, Síntesis, Madrid, 2009.

[vi] Daniel Mundo, La clase media y el problema del odio, APU. https://www.agenciapacourondo.com.ar/cultura/la-clase-media-y-el-problema-del-odio

[vii] El hombre unidimensional, Herbert Marcuse, Ariel, Barcelona, 2010.

[viii] Byung-Chul Han, La expulsión de lo distinto, Herder Editorial, Barcelona, 2017

[ix] ?, Antonio Tello, ¿Es inclusivo el lenguaje inclusivo, ECM, 24/10/2018

[x] La sanción de la ley argentina 27605/2020, que imponía una tasa única del 2,25% al 3,5% a las mayores fortunas nacionales, para aliviar la situación de un país devastado por las medidas neoliberales de la Administración Macri y por la crisis sanitaria provocada por la pandemia, generó violentas reacciones de los “afectados”.

[xi] Antonio Tello, Babel, fragmentación del habla como estrategia de dominio, ECM 850, 10/04/2019.

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