GIOTTO DI BONDONE: EL ARTISTA QUE IMPLANTÓ EL RENACIMIENTO.

El Atril

Por: Isabel Rezmo

Giotto di Bondone, según narra Vasari en sus “vite” fue encontrado por el  pintor florentino  Cimabue al verlo pintar en una roca las ovejas del rebaño de su padre. Al ver el talento natural del joven, Cimabue lo acoge como aprendiz y discípulo, lo que más tarde ayudara a Giotto a superar al maestro y trascender a toda una cultura con su técnica pictórica.

Se cargó el arte medieval e inició una de las etapas de mayor esplendor del arte universal: el Renacimiento, cuando tal concepto era impensable. Semejante innovación fue aplaudida por sus contemporáneos y seguramente no fue quemado por brujo en la hoguera por el cariño que le profesaba el pueblo italiano, ya que en su tiempo gozó de una fama inmensa.

Es quizás el artista más revolucionario  y uno de los mejores pintores de todos los tiempos.

VIDA Y ORÍGENES

Nació en Colle di Vespignano, actual Italia, 1267 – Florencia, 1337) Arquitecto y pintor italiano. Fue el primer creador italiano en superar las tendencias bizantinas de la pintura de su tiempo y explorar unas orientaciones que acabaron por desembocar en la gran revolución artística del Renacimiento.

Existen discrepancias en cuanto a sus orígenes y su formación, pero parece seguro que se formó con Cimabue, en cuya tradición iconográfica se inscriben algunas de sus creaciones, como El Crucifijo de Santa Maria Novella, donde la figura de Jesucristo está dotada de un sentido humano más profundo que en su maestro. La obra más antigua que se le atribuye son los frescos de la iglesia superior de Asís, en concreto la Historia de San Francisco, si bien esta atribución constituye uno de los problemas más debatidos de la historia del arte. Está documentada con seguridad la presencia de Giotto en Asís hacia 1290, pero existen demasiadas diferencias estilísticas entre esta obra, compuesta por veintiocho escenas de la vida de San Francisco de Asís, y otras asignadas con seguridad al maestro.

En 1304 Giotto se trasladó a Padua para pintar los frescos que la familia Scrovegni le encargó en una capilla de su propiedad. Los frescos de esta capilla, denominada de los Scrovegni o de la Arena, son los únicos que se asignan con certeza al maestro. Incluyen un Juicio Final (muro oeste), una Anunciación (arco del presbiterio) y escenas de la vida de la Virgen María y de la Pasión de Cristo (muros restantes), bajo los cuales figuran personificaciones de virtudes y vicios pintadas en grisalla con objeto de crear efectos de relieve.

La obra en su conjunto denota una nueva concepción de la pintura por la atención que presta el artista tanto a la creación de efectos de perspectiva como a la unificación del espacio, que acierta a integrar las figuras con los elementos arquitectónicos que les sirven de marco. Realza la solemnidad y el dramatismo que impregnan estas escenas el empleo de colores puros y matizados.

Desde la finalización de la capilla de Padua hasta el comienzo de su otra gran obra al fresco, Giotto se ocupó en realizaciones de orden menor, como la Madonna de Ognissanti y el Crucifijo del templo Malatestiano de Rímini. A partir de 1317, el maestro trabajó en Florencia, en la decoración de dos capillas de la iglesia de la Santa Croce; las escenas de la vida de San Francisco pintadas en la capilla Bardi anuncian los ideales pictóricos del Quattrocento; los frescos sobre la vida de San Juan Bautista en la capilla Peruzzi anticipan las conquistas espaciales de Masaccio.

Con posterioridad, Giotto trabajó para Roberto de Anjou, en Nápoles, y para los Visconti, en Milán. Pero la obra más relevante de los últimos años de su vida hacia 1334, pero no lo pudo ver terminado ya que falleció el 8 de enero de 1337;  fue el Campanile de la catedral de Florencia, del que trazó los planos y comenzó la construcción.

El arte profundamente innovador del maestro no dejó indiferentes a sus coetáneos, y ya en su tiempo gozó de una fama inmensa. Figuras de su época como Dante o Boccaccio lo elogiaron, y muchos discípulos perpetuaron sus conquistas hasta finales del siglo XIV, aunque se considera que sus verdaderos epígonos artísticos fueron Masaccio y Miguel Ángel.

OBRA Y TENDENCIAS

A inicios del siglo XIV el Papa se traslada a Aviñón, haciendo que Roma pierda su papel protagonista en todo lo que respecta ala sociedad, y por supuesto al arte. Asís pasa a ser un nuevo epicentro artístico, sobre todo pictórico. Siena y Florencia también pasan a ser centros de relevancia y la sedes de las dos escuelas pictóricas más importantes de la Edad Media.

En pintura, el proceso de transformación y ruptura de la tradición bizantina comienza ya a finales del Duecento, a manos de Pietro Cavallini. Pero es ya a principios del Trecento que la ruptura se hace definitiva. Las innovaciones se harán inminentes a manos de Duccio en Siena y Cimabue en Florencia, pero sobre todo el discípulo de este último: Giotto. Él es el verdadero introductor de la nueva técnica pictórica, crea un nuevo tratamiento del espacio, y logra una consideración social nueva del arte y los artistas.

El arte de Giotto fue extremadamente innovador. Representó a la figura humana con líneas amplias y redondeadas, en perspectiva, y abandonó la figura plana y bidimensional de los estilos gótico y bizantino. La dotó de volumen, peso y naturalismo, lo que indica una mayor preocupación por el naturalismo.

Su manera de representar el espacio de manera realista, supone un paso adelante en la historia de la pintura y hace que se le considere como a uno de los primeros artistas que contribuyen a la creación del Renacimiento italiano. Sus obras fueron el punto de inflexión entre el arte bizantino de la Baja Edad Media y el realista y humanista que floreció en el Renacimiento.

Sus composiciones son de profunda emotividad, capta personajes en crisis, bajo presión o tomando gravísimas decisiones espirituales.

Viajó por casi toda Italia y fue solicitado por los personajes más poderosos del momento, príncipes, altos dignatarios eclesiásticos, mercaderes, banqueros y comerciantes.

Los frescos para la Capilla de los Scrovegni, en Papua, son el punto culminante de su madurez artística. Al edificio también se le ha llamado Capilla de la Arena, ya que está construido sobre las ruinas de una arena o anfiteatro.

Entre las escenas del mismo ciclo de San Francisco, destaca la correspondiente a la expulsión de demonios de Arezzo, claro exponente del tratamiento heroico que recibe el santo. Otro ejemplo de la misma exaltación heroica puede ser la de Éxtasis o la Estigmatización.

Giotto se preocupa por la tridimensionalidad del espacio, del volumen de los personajes y de los gestos de cara y manos. Su gusto por los colores brillantes y luminosos le hace llegar a mezclar hasta en una misma obra los azules, rojos, verdes, blancos, colores tierra y negros. El carácter narrativo de sus obras hace que las escenas estén llenas de detalle.

Que de los primeros en dar volumen a las figuras y buscar la perspectiva. Sus arquitecturas son otra de sus características, integrándolas en la escena. Y da igual que en los tiempos de Cristo no existiera la arquitectura gótica… El artista pintaba edificios contemporáneos. Recordemos que (como buen renacentista) también era arquitecto.

Es posible que Giotto adoptara el lenguaje visual de la escultura para dar volumen y peso a sus figuras. Para la época, eran verdaderos milagros del naturalismo. Sus vírgenes parecían estar vivas, y no sólo por su excepcional conocimiento de anatomía y poses naturales, sino por captar las emociones como nunca antes se había visto.

Vasari, el biógrafo del renacimiento, cuenta que Giotto era muy divertido y un auténtico bromista. Una vez pintó una mosca en la nariz de un retrato de su maestro Cimabue y este se pasó un tiempo intentando espantarla con la mano.

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