GIORGIO DE CHIRICO – EL PINTOR METAFÍSICO

El Atril

Por: Isabel Rezmo

Fundador de la scuola metafisica, Giorgio de Chirico es uno de los pintores que pretenden plasmar el mundo de lo irracional con objetos cotidianos en contextos poco habituales, consiguiendo un realidad ilógica, pero a la vez verosímil. Esta pintura metafísica muestra sueños de plazas típicas de ciudades italianas muy idealizadas y todo tipo de objetos en ellas. Gracias a ella se considera a De Chirico una de las mayores influencias sobre el movimiento surrealista.

La leyenda dice que, como Munch, tuvo una visión mística en la Piazza Santa Croce que lo encaminaría hacia el mundo del arte. Entre 1909 y 1914 empezaría a pintar sus ambientes sombríos y abrumadores, con perspectivas hacia el infinito, habitadas por maniquíes y estatuas de la antigüedad clásica.

Conocido sobre todo por su pintura metafísica, un término que acuñó el poeta Apollinaire refiriéndose a lo que hay más allá de la apariencia sensible de los fenómenos, el artista ha pasado a la historia del arte como precursor de un mundo extraño, solitario e infinito. La aventura artística del pintor padeció la incomprensión, el rechazo, la soledad y las críticas. La pintura de Chirico es metafísica en el sentido de que apunta a lo que hay más allá de la apariencia sensible de los fenómenos:

“Escuchar, atender, aprender a expresar la voz remota de las cosas, ese es el camino y la meta del arte”, escribió en 1938.

La pintura de Chirico parte de la consciencia de ese enigma que es el mundo y la vida humana y desemboca en ese enigma, que no pretende tanto explicar sino mostrar, expresar. El escritor y crítico Cees Nooteboom ha escrito a propósito de ello:

“Se expresan los pensamientos o sentimientos del artista, o mejor dicho, la representación de sus pensamientos o sentimientos, y a partir de ese instante se convierten tanto en pura materia como en algo que no admite descripción, cálculo o definición, lo mismo que un sueño. Oscuro territorio, al igual que el alma humana (…) Ah, ¿es esto un alegato a favor de lo oscuro? Ni mucho menos, pues una cosa ha quedado clara: aquí de lo que se trata es de enigmas”.

Giorgio de Chirico se alimentó especialmente de Nietzsche, mientras los surrealistas  se nutrieron de Freud. Del filósofo alemán destaca su  crítica al positivismo imperante de la época, que degenera en cientifismo a lo largo del siglo XX y que se caracteriza por el afán de traducir los “hechos” a ciencia mensurable y cuantificable. El artista quiere recuperar el misterio de fondo último que hay en lo real. También encontramos otros aspectos:

1- el amor por el enigma. La identificación con el pensador de Así habló Zaratustra llega hasta tal punto que en 1911 se autorretrata en una postura idéntica a una fotografía de Nietzsche de 1882, planteándose la pregunta: “¿Y qué amaré sino lo que es enigma?”

2- El amor por el mundo mítico de la Antigüedad.

3- El uso ambivalente del término “metafísica”. Nietzsche considera al arte como la “actividad realmente metafísica de la vida”.

André Breton, Max Ernst, René Magritte quedaron fascinados con la obra De Chirico. Jean Cocteau lo denominó “pintor del misterio laico”

Trayectoria

Nacido en Grecia de padres italianos, Estudió arte en Atenas y Florencia, antes de mudarse a Alemania en 1906, donde ingresó a la Academia de Bellas Artes de Múnich. Allí entró en contacto con las obras de los filósofos Nietzsche y Arthur Schopenhauer, además de estudiar las obras de Arnold Böcklin y Max Klinger. .Con la obra de este último guardan evidente relación las primeras creaciones que realizó el artista a su regreso a Italia, por ejemplo, el Centauro herido (1909). Volvió a Italia en el verano de 1909 para pasar seis meses en Milán.

 En 1910 se trasladó a París, donde trabó amistad con Paul Valéry y Guillaume Apollinaire; sin embargo, no se interesó por las diversas corrientes de vanguardia que se desarrollaban en la capital francesa y se mantuvo ajeno a ellas durante toda su vida. En este periodo pintó El enigma de una tarde de otoño, la primera de sus obras de la serie «Plaza metafísica», después de una experiencia personal en Piazza Santa Croce. En Florencia pintó también El enigma del oráculo. Al año siguiente, De Chirico pasó algunos días en Turín, de camino a París, y quedó impresionado por lo que llamó «el aspecto metafísico de Turín» que se apreciaba en la arquitectura de sus arcadas y plazas.

De Chirico vivió en París hasta su alistamiento en el ejército en mayo de 1915, durante la Primera Guerra Mundial.

En el transcurso de la Primera Guerra Mundial, fue herido en 1917 e ingresó en el hospital militar, donde conoció al pintor Carlo Carrà; con Carrà enunciaría los postulados de la pintura metafísica, corriente artística de corta duración, pero la más fecunda y original en la carrera de Giorgio de Chirico, y según los surrealistas, precursora de su propia corriente artística.  Los cuadros que De Chirico realizó entre 1909 y 1914 son los que le han dado más reconocimiento. Este período se conoce como el período metafísico. Las obras destacan por las imágenes que evocan ambientes sombríos y abrumadores. A principios de este período, los modelos eran paisajes urbanos inspirados en las ciudades mediterráneas. Gradualmente, la atención del pintor se fue desplazando hacia estudios de cuartos atiborrados de objetos, a veces habitados por maniquíes.

La década de 1920 fue para el artista la de los caballos solitarios en playas salpicadas de elementos clásicos. Posteriormente, su obra perdió interés, pero por entonces ya había abierto un camino de búsqueda que fue seguido por Yves Tanguy, Salvador Dalí y otros artistas vinculados al surrealismo.

Casi de inmediato, el escritor Guillaume Apollinaire alabó el trabajo de Chirico y le ayudó a presentarlo al grupo que más tarde se dedicaría al surrealismo. En 1922, Yves Tanguy escribió que quedó tan impresionado al ver una obra de De Chirico en un escaparate de una galería, que entonces decidió convertirse en artista, aun sin haber tocado un pincel en su vida. Otros artistas que han reconocido la influencia de Giorgio de Chirico son Max Ernst, Salvador Dalí y René Magritte. Se considera a De Chirico una de las mayores influencias sobre el movimiento surrealista.

De Chirico abandonó posteriormente el estilo metafísico y realizó varias obras más realistas, con un éxito modesto.

En 1925  escribe la novela «Hebdómeros», de la cual el poeta John Ashbery ha dicho que se trata probablemente de una de las mayores obras literarias del surrealismo. Ha sido traducida al español por César Aira y publicada en Argentina por Editorial Mansalva.

El pintor falleció el 20 de noviembre de 1978, a los 90 años.

Obra e influencias

La pintura metafísica de Giorgio de Chirico se considera uno de los mayores antecedentes del movimiento surrealista.

En su estancia en Alemania recibió la influencia de autores simbolistas y de la filosofía de Nietzsche y Schopenhauer. Ya en París (1911), comienza a realizar obras de imágenes muy sorprendentes, basadas en representar espacios urbanos, en los que predominan los elementos arquitectónicos y la proyección de sombras y en las que la presencia humana suele estar ausente. También hay representaciones de interiores, generalmente abiertos al exterior, donde suele situar maniquíes y en algunas ocasiones otras obras (la representación de otras obras dentro de la propia obra, que es una característica propia del surrealismo, ya está presente en el autor).

 Así logra crear en sus obras un espacio extraño, atemporal, donde parece que se puede encontrar la calma y el silencio. Las imágenes representadas en el espacio pictórico se sacan de contexto y se representan con un tamaño antinatural y desproporcionado. Estas obras, que cuentan con numerosos errores técnicos, tienen como finalidad crear espacios sugerentes en los que el receptor contribuya a crear el sentido definitivo de lo que se representa.

En la obra de Chirico hay edificios, esculturas clásicas, trenes y maniquíes que parecen habitar en espacios escénicos controlados, donde domina el silencio y la tranquilidad. El sol proyecta sombras en sus obras dotando a su pintura de una mayor irrealidad. Son escenas kafkianas llenas de colores que hablan en sí de nostalgia: predominan verde, ocre y gris. Las atracciones turísticas adoptan formas demoniacas y los objetos desarrollan vida propia, perturbadora y enigmática. La fuerza expresiva de esos espacios silenciosos aumenta cuando las esculturas son sustituidas por maniquíes de sastre, figuras fantasmales con una presencia anónima, como ídolos. La alienación de escenas que pudieron resultarnos familiares es completa y el desplazamiento por De Chirico de las cosas reales a un nuevo contexto, en que tienen

Tras su obra Piazza souvenir de Italia (1925), pese a conservar parte de su estilo, su obra cambia hacia un carácter más convencional, ya que en un contexto de posguerra (I Guerra Mundial) la llamada «vuelta al orden» lleva a los artistas a volver a adoptar un carácter realista. El detallismo de su obra lo aleja cada vez de la metafísica, por lo que recibe la crítica de numerosos artistas surrealistas decepcionados con él.

En este periodo empezó a copiar a los maestros renacentistas, especialmente a los del siglo XV, y a elogiar a los grandes coloristas hasta llegar a Renoir, sobre todo en sus años previos al impresionismo. En el mismo año 1919 en que escribió Nosotros, los metafísicos, publicó otro ensayo que sería decisivo en el futuro: El retorno a la artesanía, cuya penúltima frase era Pictor classicus sum. Así, De Chirico no solo sellaba su retorno a los antiguos maestros, sino también, de algún modo, el rechazo a su producción anterior. Repintó obras, cambió fechas. Creó un absoluto desorden en torno a su obra. Y más, empezó a despotricar contra el arte moderno: después de Cézanne -a excepción de Picasso- no tenía, según él, el mínimo interés.

Esta segunda etapa se define por un retorno a la pintura clásica, por sus procedimientos y su temática. Parece que descubrió de repente la pintura de los museos y se sitúa bajo la fascinación y la inspiración de los grandes maestros de la pintura, adoptando sus motivos y su mitología. Después siguieron nuevas etapas con extrañas pinturas, a cada cual más desconcertante, con ejemplos aquí como Baños misteriosos, llegando del paseo (1971) que se resisten al análisis. A menudo su obra realizada a partir de los años veinte se califica de kitsch. Chirico manifestó abiertamente su admiración por Urbinate, que estudió y copió, considerándolo un referente para la elaboración de la poética metafísica y para la posterior época más clasicista.

En 1958 De Chirico realizó la obra Caballos de carrera. Su gusto por los corceles brotó cuando vio un alazán en un cartel publicitario. Para el pintor la experiencia era similar a la aparición de una deidad antigua.

Fue un artista en constante formación que siempre fue a contracorriente. Se interesó por el Renacimiento, el nihilismo de Nietzche y le prestó especial atención al subconsciente y, por ello, se le consideró el padre del surrealismo. Su pintura metafísica abre una ventana por la que entra la ambigüedad del mundo de los sueños. El pintor nació cosmopolita como los grandes artistas del siglo XX.  Una de sus grandes aportaciones fue indagar en la psique.

A pesar de que ha pasado a la historia del arte introduciendo un mundo extraño, solitario e infinito, la aventura artística de Giorgio de Chirico también padeció la incomprensión, el rechazo, la soledad y las críticas. Quizá la más significativa sea la de Roberto Longhi, uno de los críticos de arte más influentes de Italia, que puso en tela de juicio el principio del arte metafísico.

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