“EL PALACIO DE HIELO”, DE ITZIAR MÍNGUEZ ARNÁIZ. LAS PREGUNTAS INCÓMODAS.

Por: José María Herranz Contreras

El título de este poemario, a priori, evoca el frío y el invierno, un bello título que a la vista de su cuidada edición en la colección Libretos de “Los Libros del Mississippi” me recordó las maravillosas historias de Little Nemo, de Winsor McCay, especialmente su papá Noël, habitante de aquel mágico palacio lapón.

Pero no, al comenzar su lectura uno comprende que se refiere al Palacio de hielo madrileño que durante la infausta pandemia del COVID19 sirvió de morgue para los cientos y cientos de muertos diarios que los servicios sanitarios acumularon allí durante los peores meses de la misma. Y es el frío de la muerte, la soledad y el miedo que afrontamos los estúpidos seres humanos ante su amenaza,  así como las preguntas incómodas que nos hacemos, el tema de este impactante y cercano libro que me ha tocado el corazón.

Escrito en un estilo claro, directo y próximo, con menciones a la grandísima poeta Emily Dickinson (a la que la poeta pide consejo en varias ocasiones), y un impresionante soneto final, “El palacio de hielo” se construye como una reflexión sobre la fragilidad humana y sobre la descomunal soberbia que nos hace creernos invulnerables tanto individual como socialmente –yo diría que especialmente en nuestro primer mundo.

La soberbia es uno de los principales pecados capitales (incluso antes del ideario cristiano, el mundo grecorromano ya nos advertía contra ella), y de ella vamos sobrados todos nosotros sin excepción, quizá más acusadamente en una sociedad que hemos construido arrasando el medio ambiente y diezmando al resto de especies animales, para construir nuestros particulares palacios que han demostrado no ser en absoluto invulnerables a unos microorganismos asesinos, como el COVID19, probablemente creados por nosotros.

El frenazo en seco de esta enloquecida carrera a ninguna parte nos ha puesto de frente contra nosotros mismos. Y en ese espejo no nos ha quedado más remedio que escrutarnos fijamente en soledad durante el confinamiento sin posibilidad alguna de escape.

La poeta nos advierte de su intención en las citas iniciales sobre la detención del tiempo y la auto-observación, recogidas del Edipo Rey, de Sófocles. Y sobre el asunto de que quizá nosotros mismos seamos la plaga.

Durante este forzoso confinamiento nos hemos quejado del dolor del aislamiento, pero la poeta nos recuerda que “ni besos ni abrazos / nada / que no estuviéramos practicando / a diario / con total impunidad”. ¿Realmente antes nos relacionábamos con alguien, por mucho que lo creyéramos?

¿Quiénes somos en realidad, cuando tenemos la muerte tan cercana y nos amenaza tan directamente? Quizá esta brusca detención nos haya puesto ante la realidad de que nunca hemos sido nosotros mismos, por eso dice la autora “llueve serenamente / sobre nosotros / como si lloviera / para nadie”.

Una de las mayores poetas de la historia de la literatura, Emily Dickinson, es invocada en varios de los poemas del libro, pidiendo su consejo en estos tiempos difíciles. Precisamente, Emily Dickinson vivió recluida la mayor parte de su vida, fundamentalmente por su extrema sensibilidad ante la violencia del mundo y su hondo dolor existencial –aparte de quizá por su condición de lesbiana o bisexual, lo que unido a su condición de mujer podría haber aumentado la violencia y el dolor que sintiera-, lo que la hizo volcarse en una vía mística y espiritual radical que sublimó completamente en la creación poética como forma de conocimiento profundo y auto-conocimiento. A quién mejor que a Emily pudiera nuestra poeta preguntar qué podría hacer ante esta catástrofe y su aislamiento. Dice Itziar: “¿cómo transformar / en nido – abeja – luz / estos estrechos corredores?” Y responde en otro poema Emily enumerando todos los dones y ventajas de las que disfruta la autora a diario –y que nunca hemos valorado ninguno de nosotros en nuestra soberbia- rematando con “así que apáñatelas como puedas / y no me importunes más con fruslerías / por favor”, burlándose de las quejas de la escritora por ese “aislamiento” temporal y sus inconvenientes. ¿En qué habíamos ocupado nuestro tiempo antes de la pandemia? ¿Merecía la pena realmente y tenían sentido nuestras quejas?

También hay sitio para los aforismos y las obviedades (no exentas de sarcasmo o humor) que nadie percibíamos en ese sinsentido acelerado en el que vivíamos antes de la plaga. Por ejemplo: “han habilitado / un hospital de campaña / con 5000 camas / está pasando / y no podemos cambiar / de canal”. Nuestro cinismo nos hace quejarnos de esta plaga, pero no de las desgracias de otros países o sociedades –que simplemente ignoramos cambiando de canal. O bien: “te preguntas cómo será la normalidad / cuando recuperemos la normalidad / o si la normalidad era esto”. Y también: “qué es lo que más echas de menos / tocar / y no tener que lavarme / las manos / después”. O bien: “ayer el papa dio misa / parecía un loco hablando solo / dirigiéndose a un dios ausente / en un mundo completamente vacío”. Lo que nos hace preguntarnos cuál es el papel de las religiones o de la posible deidad en el mundo.

Esta auto-reflexión impuesta, este frenazo en seco, nos impone lo esencial y nos hace repensar lo importante, sus paradojas: “escribir un hijo / tener un árbol / plantar un libro / tal vez sea / mejor así”. ¿En qué hemos perdido tanto el tiempo? ¿Qué hemos hecho importante en nuestras vidas?

Nuestra soberbia no tiene límites, pareciera que hemos necesitado una pandemia para darnos cuenta de algo tan obvio como esto: “a quién daremos el primer beso / con qué amigo quedaremos /…quiénes seremos / cuando todo vuelva / a la anormalidad”. ¿Somos tan cínicos para seguir viviendo de igual modo que antes? Parece que sí. Ni la pandemia nos ha mejorado como personas ni hemos salido mejores que antes –tal como pregonaban medios y tertulianos sin cesar. Bueno, por lo menos nos ha servido para adquirir un poquito de conciencia, y reconocer la locura absoluta en que vivimos. Deberíamos pensar dos veces lo que decimos antes de tachar de locos a los que no siguen las normas ni el rebaño.

Abundando en ese exceso de soberbia, otro poema habla de la elaboración de la vacuna “en algún laboratorio / del primer mundo” y que cuando nos la apliquen a todos “…aquí no habrá pasado / nada / después de haber pasado / todo”.

El poemario concluye con un impactante soneto dedicado a las dos Españas, ante el que solo puedo quitarme el sombrero y decir que, además de ser un espléndido colofón al libro, resume perfectamente todo lo que ha sido el devenir político e informativo de la pandemia en este nuestro cainita país, y en el que parece que quienes nos dirigen ni han aprendido nada ni tienen intención de abandonar tal cúmulo de soberbia y desprecio por el sufrimiento ajeno.

Lean este “palacio de hielo” con lentitud e intensidad, se lo recomiendo de verdad, con la misma lentitud que hemos vivido durante el confinamiento, pues el enorme regalo que Itziar Mínguez Arnáiz nos brinda con sus versos es que nos permite reflexionar sobre las cosas importantes y obvias, y nos ayuda a desmontar nuestras mentiras pensadas como verdades incuestionables desde siempre. Se lo aseguro, no quedarán decepcionados.


EL PALACIO DE HIELO, de Itziar Mínguez Arnáiz.

Los libros del Mississippi. Colección Libretos, nº 4.

Madrid, 2022.

ISBN: 978-84-122807-9-1

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