CEPAS MUTANTES DEL CAPITALISMO.

Por: Antonio Tello

El capitalismo es, como el cristianismo en el orden religioso, un sistema de dogmas mutantes que aseguran su hegemonía cualesquiera sean las condiciones sociales y geopolíticas -naturales o inducidas- que se dan en las distintas épocas históricas.

No pocos economistas y politólogos consideran que la pandemia significará el fin del capitalismo. Sin embargo, otros por el contrario opinan que este no sólo es un vaticinio apresurado, sino que la pandemia servirá -ha servido- de excusa al poder económico para acelerar la transición a un estadio superior del sistema en el que, mediante el dominio tecnológico-digital, el control político, económico e ideológico de los estados y de los individuos será casi absoluto.

La caída del muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989, como consecuencia de la irreversible desintegración de la URSS y el bloque comunista, que se hizo efectivo dos años más tarde, abrió las puertas a la llamada globalización y con ella a la hegemonía mundial del capitalismo.  La globalización significó la unificación técnico-económica del mundo y la interdependencia de los países sin las tensiones de los bloques ideológicos, lo que hizo suponer el inicio de una era de paz y prosperidad a gran escala. “La globalización es un hecho y es positiva en su conjunto– declaró en su momento a modo de advertencia el historiador Eric Hobsbawn-, no hay que negarla ni se puede parar, aunque es necesario controlarla con fines sociales, luchar contra el mercado incontrolado global”. Y añadía que, de no ser así, la misma civilización estaría en peligro de sucumbir.

A tenor del capitalismo salvaje que se extendió a partir de los años noventa del siglo XX, no parece que el mundo se encamine hacia un horizonte de felicidad y bienestar generales. La pandemia ha desnudado la verdadera naturaleza de la globalización capitalista, en la que la interdependencia entre los estados no sólo no ha generado un progreso armónico ni fomentado el diálogo entre los países, sino que ha acentuado las desigualdades entre ellos; tampoco ha crecido la conciencia y la comprensión entre los pueblos ni entre los individuos, sino que ha desatado los ultranacionalismos y las conductas más extremas de egoísmo e insolidaridad de los individuos. Algunas sociedades se han abroquelado en sus mitos identitarios –“tradiciones inventadas” los llama Hobsbawn- alimentando un peligroso y disgregador soberanismo nacionalista, con sus correlatos identitarios sexuales y lingüísticos de género, que hacen de las personas meras “islas de conciencia”[i] atrapadas en sus particularismos y en el consumo, la deuda y el miedo al futuro.

Transcurridas las primeras décadas del siglo XXI, se constata que el gran mercado planetario ha consumado el ideal de libertad concebido por el liberalismo, la filosofía del capitalismo. Una libertad que se enuncia como derecho natural, frente al cual no puede oponerse voluntad alguna y, por tanto, impone la ley del más fuerte, fundamento del darwinismo social, como norma de comportamiento en la sociedad; esta idea de libertad no refiere a los individuos sino a los territorios, cuyos habitantes americanos lucharon en el siglo XIX en sangrientas y engañosas guerras de emancipación. En ellas, estos habitantes ignoraban que no combatían por la libertad de sus comunidades, sino por la libertad de comercio en los territorios hasta entonces controlados por las metrópolis coloniales, y que luego, liberados de éstas y en manos de mercaderes y terratenientes locales acabarían parcelándose en naciones “libres”. En mercados de libre comercio, mientras las masas populares seguían sojuzgadas y explotadas por las elites patricias.

El desarrollo económico capitalista  inspirado en esta filosofía es acaso el principal agente que ha propiciado los grandes males que afectan al planeta y que ponen en peligro la civilización humana: la degradación de la biosfera, el desprestigio de la democracia, el aumento de las desigualdades y las injusticias, la precarización laboral, el incremento de las industrias bélicas, los excesos de los populismos, como el “trumpismo” en EE.UU. o el “bolsonarismo” en Brasil, el “caranchismo”[ii] político de algunos partidos o la obscena avaricia económica de las farmacéuticas con las vacunas contra el Covid 19, algunas de las cuales han sido financiadas con dinero público[iii], etc.

Pero, antes de la pandemia, el capitalismo especulativo ya había dado síntomas de colapso[iv], cuando las grandes empresas se vieron impotentes para superar problemas prácticos y se debatieron -aún se debaten- en una lucha feroz por el beneficio a corto plazo siguiendo el axioma de Milton Friedman según el cual “la principal responsabilidad de las empresas es generar beneficios”[v], mientras la economía productiva mundial, salvo para algunos sectores, entraba en caída libre y aumentaban el desempleo hasta registros difíciles de sostener por los seguros de desempleo en los países que lo tienen, y la precariedad laboral; se cerraban las fronteras y aumentaba la agresividad social, sobre todo la violencia machista y la xenofobia.

En la medida que la pandemia ha expuesto sin eufemismos la perversión del sistema, éste ha reaccionado activando mecanismos tecno-sociales que, con la ayuda de enormes cantidades de dinero público, le permiten recomponerse de sus crisis en una situación ventajosa sobre las masas impotentes de ciudadanos condenadas a consumir y pagar deudas propias y colectivas, generadas por el saqueo financiero[vi].

De hecho, tras la recesión de 2008, las fuerzas dominantes de la economía mundial impulsaron una soberbia redistribución de la renta acentuando las tendencias concentracionarias del capital provocando el “efecto Mateo”[vii], frase acuñada en 1968 por el sociólogo Robert K. Merton, en un artículo de la revista Science[viii]. Estas tendencias acumulativas y regresivas, generalmente las del capital especulativo, se asientan sobre una concepción instrumental de la democracia, enunciada y acelerada por las elites capitalistas a partir de 1989, en el llamado Consenso de Washington[ix]. Estos avances -debilitamiento del Estado mediante la privatización de sus recursos naturales, bienes y servicios estratégicos, y el desprestigio de sus instituciones; la “financiarización” de la economía, el creciente poder de los mercados, el incremento de las desigualdades, la polarización ideológica de las sociedades, etc.- sobre el sistema democrático han dado lugar a un capitalismo tóxico, indiferente a los grandes problemas que afectan a la humanidad, entre otros, la pobreza, el hambre y las emergencias sanitaria y climática.

Este soberbio poder alcanzado por el capitalismo ha sido posible, entre otros factores, por el adelgazamiento de los estados, la feudalización del mundo globalizado[x], la unidemensionalidad del hombre medio[xi] y la despolitización y debilitamiento de la clase trabajadora, cuyas organizaciones han acabado siendo funcionales al poder desde que sus dirigentes sucumbieron al aburguesamiento y abandonaron el principio de solidaridad internacional. Cabe pensar que ésta, probablemente, hubiese obstaculizado, si no impedido, la astenia de la fuerza laboral, las deslocalizaciones de las plantas fabriles siguiendo la estela de los beneficios fiscales y la escandalosa explotación de los trabajadores de los países pobres o subdesarrollados.

De modo que no hay que interpretar las convulsiones del sistema como crisis agónicas del mismo, sino como síntomas del reacomodamiento de las elites económicas, el reequilibrio del poder económico y, consecuentemente de su influencia política, entre EE.UU. y Europa por un lado, y Asia, con China a la cabeza, por otro. Estas tensiones, que se enuncian como “guerra comercial”, no suponen, sin embargo, una fractura del sistema ni mucho menos indican su agotamiento, ya que sigue operando con vitalidad para mantener su hegemonía político-económica a través del control férreo de “los mercados” y de las masas consumidoras, tal como se considera a la ciudadanía, orientándose hacia lo que algunos autores llaman “capitalismo de la vigilancia”[xii], que en realidad es expresión de la sociedad de control[xiii], que enunciaron Michel Foucault y Gilles Deleuze.

Esta variante del capitalismo, que la pandemia ha expuesto con crudeza, sobre todo a través de la recurrencia al teletrabajo y las clases on line, determina una mayor precarización laboral y el aislamiento e indefensión del trabajador, y supone una intrusión inmoral en su ámbito privado, con un control exhaustivo de su vida, conculcando muchos de sus derechos individuales y laborales., como el de la jornada de ocho horas. Este capitalismo de vigilancia significa un estadio superior de control y explotación de la clase trabajadora al tomar la experiencia humana privada como materia prima traducibles a datos, como lo son las hipotecas subprimes, que dieron origen a la recesión de 2008. Estos datos, una vez digitalizados, se convierten en productos predictivos de comportamientos personales, que se ponen a la venta en los mercados. Los servicios on line y las app gratuitos son en realidad recolectoras trampas de datos utilizados para generar consumos y comportamientos que moldean el futuro de las personas. La información de la que Facebook, por ejemplo, dispone de cada uno, le sirve para deducir, por ejemplo, a qué supermercado irá y qué productos, incluida su marca, adquirirá. Eric Schmidt, presidente ejecutivo de Google, no tiene pudor en declarar: “Si nos dan más información de ustedes mismos, de sus amigos, podemos mejorar la calidad de nuestras búsquedas. No nos hace falta que tecleen nada. Sabemos dónde están, sabemos donde han estado. Podemos saber más o menos qué están pensando”, algo que el filósofo surcoreano Byung-chul Han confirma señalando esta brutal vulneración de la soberanía individual cuando dice: “Pienso que estoy leyendo un e-book, pero en realidad es el e-book el que me lee a mí”.

Pero esto que la pandemia ha hecho evidente no es nuevo. Desde principios de este siglo, las grandes compañías, encabezadas por las empresas GAFA[xiv], llevan recopilando datos de millones de ciudadanos de todo el mundo sin control alguno. Se calcula que sólo Facebook trata trillones de datos al día que le permiten hacer seis millones de predicciones del comportamiento humano por segundo. Según informa Joaquín Estefanía, en el diario español El País, “en 2013 [Facebook] investigó cómo manipular con señales subliminales y mediante dinámicas de comparación social, microtargeting psicológico y dinámicas de premio y castigo”[xv].

El capitalismo no está en peligro de extinción. Sus supuestas crisis recientes del sistema siguen recayendo, como ha sucedido históricamente, en la mayor parte de los ciudadanos, quienes salen de ellas más pobres, más desiguales, más vulnerables[xvi] y precarizados aquellos que conserven sus puestos de trabajo, más endeudados y más despolitizados y desconfiados de la democracia y sus instituciones. Mientras tanto, las grandes corporaciones continúan acumulando ingentes beneficios y sus fusiones estratégicas les aseguran su hegemonía[xvii] en los distintos sectores donde operan. Esto significa que el capitalismo no sólo no está tocado por la pandemia ni por sus convulsiones que aparecen como crisis sistémicas, sino que transita, en una escalada sin precedentes en la historia, hacia una nueva forma de dictadura tecno-económica, en la que los ciudadanos serán sometidos masivamente mediante sus propias obsesiones y hábitos inducidos.



[i] Verso de Sílabas de arena, Antonio Tello, Candaya, Canet de Mar, 2004.

[ii] De carancho (Caracara plancus), ave carroñera de América del Sur.

[iii] La Vanguardia, 16/04/2021 – https://www.lavanguardia.com/vida/20210416/6927610/vacuna-astrazeneca-dinero-publico-patente-privada-farmaceutica.html

[iv] La quiebra en 2008 de Lehman Brothers, uno de los mayores bancos de inversión estadounidenses, puso en jaque al sistema y en duda la eficacia de la autorregulación de los mercados para mantener la salud de la economía mundial.

[v] Milton Friedman, “Capitalismo y libertad”, Síntesis, Madrid, 2012.

[vi] En Argentina, la administración Macri gestionó y obtuvo con apoyo de EE.UU. un préstamo de 50 mil millones de dólares del FMI que, todo parece indicar, se utilizaron de modo fraudulento.

[vii] Tergiversación de sentido de la frase bíblica “Porque a cualquiera que tiene se le dará, y tendrá más, pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado (Mateo, 13,12). En Argentina, a José Martínez de Hoz, ministro de economía de la Dictadura (1976-1983), se le llamó popularmente “Hood Robin”, porque, a diferencia del héroe literario, robaba a los pobres para darle a los ricos.

[viii] En Science 159 http://www.garfield.library.upenn.edu/merton/matthew1.pdf

[ix] “El mundo que vendrá”, ECM 901, del 29/04/2020

[x] Feudalización del capitalismo, de ciudadano a siervo. Antonio Tello, http://cuadernodenotasdeat.blogspot.com/2013/01/feudalizacion-del-capitalismo-de.html

[xi] El hombre unidimensional, Herbert Marcuse, 1964 https://monoskop.org/images/9/92/Marcuse_Herbert_El_hombre_unidimensional.pdf

[xii] La era del capitalismo de la vigilancia, Shoshana Zuboff, Paidós, Buenos Aires, 2020. https://www.marcialpons.es/media/pdf/44333_La_era_del_capitalismo_de_la_vigilancia.pdf

[xiii] “El mundo que vendrá”, Op. cit.

[xiv] GAFA, acrónimo de Google, Apple, Facebook y Amazon.

[xv] El dinero te vigila, Joaquín Estefanía, El País, 26/09/2020.

[xvi] En 2017, durante el gobierno de Donald Trump, murieron 158.000 trabjadores, según informan los profesores Angus Deaton y Anne Casse en el libro Muertes por desesperación y el futuro del capitalismo, Deusto, 2020.

[xvii] En España, la reciente absorción de Bankia por CaixaBank originará un “ajuste laboral” (despidos y prejubilaciones), que afectará a unos 8.000 empleados. La operación permitirá al presidente de la nueva entidad bancaria, José I. Goirigolzarri, triplicar su sueldo, que será de 1,65 millones de euros fijos anuales, más incentivos de 200.000 €.

2 comentarios en «CEPAS MUTANTES DEL CAPITALISMO.»

  • enero 22, 2022 a las 11:16 pm
    Enlace permanente

    Excelente analisis, una gran contribución al conocimiento de que no está pasando. Somos el insumo ¿No renovable? Del sistema.

    Respuesta

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.