MARY ANNING Y EL ORIGEN DE LAS COSAS

Por: Tomás Sánchez Rubio

La localidad de Lyme Regis, llamada también “La perla de Dorset”, se encuentra al sur de Inglaterra, en la conocida como Costa Jurásica, que fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en diciembre de 2001. Desde siempre han sido abundantes y notables los hallazgos de fósiles en estos acantilados y playas orientadas al Canal de la Mancha.

En Lyme Regis es famoso el espigón del puerto, construido en el siglo XIII para protección de la ciudad y su embarcadero. En este paisaje se desarrolla el argumento de la última novela de Jane Austen, Persuasión (1817). También en La mujer del teniente francés (1969), de John Fowles tiene lugar la acción en la bahía de Lyme. Este libro, que nos sitúa en el año 1867, comienza precisamente con un joven aficionado a la paleontología, Charles Smithson, que visita los bosques de la zona buscando vestigios prehistóricos de seres vivos…

En la actualidad, el municipio cuenta con unos cinco mil habitantes ─la mitad, pensionistas─ y sigue siendo un enclave privilegiado para las personas dedicadas a la investigación, coleccionistas y amantes de los restos fósiles.  En la calle Bridge Street, en el corazón de la ciudad, se encuentra el Museo ─”sencillamente una joya”, como lo definió acertadamente el científico y naturalista sir David Attenborough─, que acaba de cumplir cien años y que no ha dejado de ampliarse con ricas colecciones, así como de celebrar regularmente actividades y eventos diversos. Tal es el caso del Lyme Regis Fossil Festival, acontecimiento muy popular que se lleva a cabo todos años a comienzos del mes de mayo, y que ofrece a entusiastas de los fósiles de todo el país una combinación de excursiones, charlas, actuaciones musicales, funciones teatrales y talleres teórico-prácticos para todas las edades.

Convendría recordar, antes de seguir adelante, que definimos paleontología como la ciencia natural que estudia e interpreta el pasado y la historia evolutiva de la vida en la Tierra a través de los fósiles. Posee un cuerpo de doctrina propio y ramas diversas, compartiendo fundamentos y métodos con la geología y la biología, con las que se relaciona estrechamente. Respecto al estudio de esta materia en nuestro país, se considera al ingeniero de minas aragonés Lucas Mallada y Pueyo (1841-1921) el fundador de la paleontología española. No obstante, ya en el siglo XVIII el misionero franciscano granadino José Torrubia sobresale como precursor por sus interesantes investigaciones en este campo. La tradición ha sido fecunda en España, contando a lo largo de los siglos XX y XXI con personalidades de la talla de Lourdes Casanovas Cladellas, Juan Luis Arsuaga, Nieves López o Jorge Morales, entre otros eminentes expertos.

Pioneer fossil collector of Lyme Regis, Dorset. Oil painting by an unknown artist, before 1842. Golden Cap is visible in the background. Held at the Natural History Museum, London.

El caso es que, cuando se habla de Lyme Regis y de sus fósiles, a la mente de muchas personas, y no solo de Gran Bretaña, acude la imagen de una mujer brillante, excepcional, una paleontóloga de vocación ─yo más bien diría “de nacimiento”─ que dedicó literalmente toda su vida a recolectar, coleccionar y estudiar restos fósiles de manera autodidacta. Se trata de Mary Anning, acerca de cuya figura se estrenó en 2020 la película Ammonite, conmovedor y en ocasiones duro drama románticoprotagonizado por una muy solvente Kate Winslet, y dirigido por el británico Francis Lee. El realizador, que impactara a muchos en 2017 con su Tierra de Dios, un drama rural ambientado en los pastos de Yorkshire donde se trataba una historia de amor entre dos hombres, nos relata, con ritmo preciso e impresionante minuciosidad, la relación de Anning con la geóloga Charlotte Murchison ─interpretada en la ficción por Saoirse Ronan─.

Nacida el 21 de mayo de 1799 en Lyme Regis ─un día después que Honoré de Balzac y poco antes del descubrimiento en Egipto de la piedra de Rosetta─, Mary Anning pertenecía a una familia “disidente” ─como se llamaba despectivamente a los protestantes no anglicanos─ y de muy escasos recursos. Su labor de búsqueda de restos de seres vivos prehistóricos empezaría muy pronto, pues acompañaba a su padre, Richard, durante sus largos recorridos por los escarpados acantilados de su tierra natal, donde recolectaban fósiles para venderlos a los turistas. Siguió, en efecto, los pasos de su progenitor ─ebanista de profesión─ como coleccionista y comerciante, convirtiéndose en una precoz experta en los fósiles que se encontraban alrededor de la ciudad.

Tras la muerte de Richard Anning en 1810, los miembros de la familia, con su viuda al frente, Mary Moore, de salud delicada, tuvieron que subsistir gracias a la caridad primero y, luego, al puesto que Mary y su hermano Joseph montaron en su casa, como hiciera su padre, y en el que vendían al público las curiosidades que recogían cada día. Ese mismo año, Joseph hizo un gran hallazgo: el cráneo de un ictiosauro. No obstante, sería la propia Mary quien descubriera el resto del esqueleto en The Spittles poco después. Siguieron otros notables descubrimientos de ictiosaurios, plesiosaurios incluso un pterosaurio, así como de cefalópodos y otras diversas especies extintas de peces.

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No obstante, no sería hasta 1818 cuando Mary despertara el interés de un acaudalado coleccionista de fósiles llamado Thomas Birch, al que vendió el esqueleto completo de un animal marino. Birch organizó una subasta de fósiles cuyas ganancias entregó a la familia Anning. Esto permitió a Mary obtener ya algún crédito entre la comunidad geológica y poder dedicarse con “relativa” mayor tranquilidad económica a la búsqueda de restos. Si embargo, muchos científicos ignoraron totalmente la contribución de Mary en estos hallazgos. Tanto el sexo, como la clase social y la confesión religiosa de Anning fueron razones insoslayables por las que se le impidió integrarse completamente en la comunidad científica británica de principios de siglo XIX, dominada por caballeros anglicanos de clase alta, no siendo ni siquiera citada por sus valiosos resultados. Aunque llegó a ser conocida en los círculos de geólogos de Gran Bretaña, Europa y América, tendría dificultades financieras durante la mayor parte de su vida, convirtiéndose esta en una lucha diaria por salir de los umbrales de la pobreza.

Vale la pena recordar el caso del cirujano Everard Home, quien, obviando por completo el nombre de la descubridora, en varios artículos en los que hablaba sobre el descubrimiento de aquel primer esqueleto de ictiosaurio mencionado anteriormente y vendido por tan solo veintitrés libras, no nombraba en absoluto el nombre de Mary. Incluso atribuyó la minuciosa limpieza y preparación del fósil al personal del London Museum, fundado por el naturalista, viajero y anticuario William Bullock, cuando en realidad había sido obra de Mary, tremendamente escrupulosa y pulcra en el cuidado de los restos.

A pesar de la sucesión de agravios recibidos por esta mujer, su figura fue considerada por reputados investigadores como el geólogo William Buckland, uno de los pocos científicos que nombraría a Mary como pionera en el estudio de los coprolitos: las heces fosilizadas, conocidas en aquel entonces como «piedras bezoar». También consiguió el aprecio del anatomista y paleontólogo Richard Owen, quien acuñaría el término «dinosaurio» en 1842; o el experto Adam Sedgwick, con el que mantuvo correspondencia y a quien vendería numerosos fósiles.

Mary Anning murió de cáncer de mama en marzo de 1847, año en que saldrían a la luz Jane Eyre, de Charlotte Brontë, así como Cumbres Borrascosas, de su hermana Emily. El trabajo de la investigadora se había reducido notablemente durante el último bienio a causa de la enfermedad. Tras su muerte, a los cuarenta y siete años, su amigo Henry de la Beche, presidente de la Sociedad Geológica de Londres, escribió un emotivo y sincero elogio fúnebre que sería publicado en las actas trimestrales de dicha institución. Normalmente, tal honor solo era concedido a los miembros fallecidos, siendo Anning no solo la primera persona que lo recibió sin pertenecer a la asociación, sino también la primera mujer. No hay que olvidar que la Sociedad Geológica de Londres no admitiría entre sus miembros a ninguna persona del sexo femenino hasta 1904. En cuanto a Henry de la Beche, por otro lado, debemos recordar que fue quien realizó en acuarela la primera representación pictórica de una escena de vida prehistórica basada en evidencias fósiles, un género hoy conocido como paleoarte: se trataba de Duria Antiquior, imagen basada en fósiles encontrados por Mary en la región de Dorset. La pintura, fechada en 1830, se encuentra hoy en el National Museum Cardiff.

Unos cuantos miembros de la Sociedad Geológica, tiempo después de su fallecimiento, sufragaron una vidriera en memoria de Mary Anning que se colocó en la iglesia parroquial de San Miguel Arcángel de Lyme Regis. En la inscripción del ventanal se menciona que fue hecho “en recuerdo a su contribución en el avance de la ciencia de la geología, y también a su bondad de corazón e integridad”. Charles Dickens escribió un artículo sobre su vida en la revista literaria All the Year Round, poniendo de manifiesto las dificultades que tuvo que superar, especialmente el escepticismo de sus vecinos de Lyme.

En la actualidad, como no podía ser de otro modo, la mayoría de los especialistas reconocen el valor científico de los descubrimientos de Mary Anning y subrayan el conjunto de los mismos como una de las aportaciones más importantes a los inicios de la paleontología. En el año 2010, fue reconocida por la Royal Society como una de las diez científicas británicas más influyentes de la historia.

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